No me gustan los abrazos, pero muero por tener uno. Me da miedo sonreír a la gente en la calle, pero me agrada cuando alguien lo hace. No sé aceptar cumplidos, pero diariamente los hago. Puedo decir que «odio a todos», pero por dentro no tengo ni una pizca de maldad.

Que no tenga la capacidad de poder expresarme correctamente, no me convierte en una persona fría y obstinada. Las apariencias engañan. Demasiado.

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