CYL
Carlos dejó a Luis.
Tirado en la esquina noroeste del barrio del oeste.
Borracho, oliendo a vómito con una lata de Bohemia en la mano derecha.
Sin celular, sin billetera, sin destino. Dos y veintiséis de la mañana marcaba el Casio.
Una nariz rota fue lo mejor que le pudo pasar.
Carlos ha huido, desconsolado.
Todo está mal.
Dos años y seis meses a la mierda. En una noche, en media hora.
No entiende, no logra comprender cómo las copas pueden producir tanta fragilidad y justificar el error.
Como si la cobardía para enfrentar los problemas fuese seducida por una cerveza.
La embriaguez reseca los ojos y empapa las axilas. El vómito envía la señal de huida.
Carlos se detiene, respira profundo para contenerlo, es imposible. Nariz amarilla, sensación de ahogo, doble canal de evacuación, parece peligroso.
A los cien metros Luis logra ponerse de pie. Cae al suelo. Se levanta, vuelve al cemento. Lucha contra ese dominante ser extraño y lo logra, le da ventaja el impulso de un brazo desconocido.
Se golpea los cachetes para despertar. Escupe hacia el suelo. Percibe su mal olor. Solo quiere seguir.
Va pensando en la estupidez que hizo mientras una pareja lo empieza a molestar. Se tambalea buscando pelear, es inútil.
Carlos, sentado en la banca del parque vomita su camiseta roja. Se recuesta sobre el concreto del asiento. Cabecea, suspira y ríe. Frustración. Llora y odia hacerlo. Introduce su mano en la bolsa derecha del pantalón. Dos billeteras. Abre la de Luis, encuentra una foto de los dos, sonriendo, felices. Llora de nuevo. Maldice el momento, maldice las malas intenciones del alcohol y jura nunca más tomar. No como promesa de resaca, lo hace sinceramente.
El viaje a Venecia, el candado cursi en París. Comprando los boletos de tren sin entender una palabra pero irrefutablemente contentos.
Han pasado quince minutos. Lo extraña.
Luis aprieta el paso. Chiflido con sonido conocido. Corre.

