De cardúmenes y patos

Pasan lento entre silencio y alboroto con la inconsciente idea de dejar rastro porque es sencillamente lo que hacen a diario.

Sutiles movimientos en grupo hacen que quiera individualizar a alguno de todos, eso de ceñirse con el único fin de lograr sacarlo de su hábitat.

Olvido -o quiero olvidar- que hacer esto al principio le parecerá divertido, querrá conocer el mundo y me pedirá que lo acompañe tomados de la mano, sin considerar que el querrá regresar.

Su cautivadora forma de ser, su excentricidad en lo privado, el ahínco por desmembrarse del bando, lo convierten en una excepción a todos los que han chocado contra esta roca.

Porque parece que disfruta de mi compañía, endulzando cada instante con gotitas de agua que por las noches me dice va a sacar del estanque. Pero tranquilos, no se queda. El sólo va a saludar a sus pares, y yo le creo, sé que lo engrandece más mi compañía (pobre ilusa).

Es entonces, al principio, cuando todo es temporal y parece eterno, cuando lo común se vuelve particular y la irreverencia se disfruta dando paso a la confianza y libertad, cuando debemos recordar que en la tierra ni los peces ni los patos son perpetuos.