El necesario silencio y las palabras innecesarias

Aprender a callar es una virtud, defecto tremendo hablar sin pensar, pensando luego en lo que se acaba de decir.

Desde el origen de nuestra vida, estamos condicionados por la primera palabra: nuestro nombre.

Todo pronunciamiento implica la ejecución de una letra que junto con otras forman texto, texto que con la facilidad de la comunicación hacemos inmediato en la contestación de un mensaje, de una opinión.

Me quiero referir en este caso al primero, el mensaje, el que en cuestión de segundos es leído por nuestro receptor, y que con base en este se hace una opinión de lo dicho.

Basta ese menos de un minuto para que la hayamos o no cagado.

En mi caso particular que soy sumamente impulsiva, el impulso de la pena me da inmediatamente después de enviar el mensaje, pero ya no hay nada que hacer, arreglarlo implica jugarse el chance de cagarla más, y es entonces cuándo recuerdo las palabras de mi mejor amiga: “¡usted es demasiado atacada!”, pero es que ¿qué hace uno cuando quiere todo ya?.

Esta vez no es la excepción. Mala maña de cuando alguien me interesa no sólo por su físico sino por su intelecto, mandarme con todo, decir palabras innecesarias, en lugar de dejar que el silencio juegue, haga lo suyo e invite a la espontánea conversación en otro momento, y no que el último mensaje haya sido de desesperación sin 24 horas después haber recibido respuesta.

Ahora, debo esperar a que mi “sugerente” mensaje sea olvidado, o más bien sea yo la olvidada.

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