El paño rojo
Me he despedazado en llanto, tratando de ignorar tu recuerdo. Logro hacerlo y luego como enemigo, empezás a rondar mis pensamientos.
El negro saco que vestías ese día no lo logro sacar del subconsciente. En mi vida he hecho cambios pero con vos la página pasar no puedo.
No sé si debe al color de tus labios o al olor que emanaban tus rodillas. Tengo entre la nariz y el pecho el aroma a tu cuerpo y me resuena en las costillas los tonos graves que salían de tu boca, a pesar del daño que me fue hecho.
Eran buenos años. Jóvenes y rebeldes ansiábamos vivir en la playa. Recuerdo cuando nos fuimos en bus hasta Doña Ana. La carretera a Caldera era apenas un trillo lleno de cafetales y árboles de jugosas manzanas de agua. Vos con las bermudas caqui, la guayabera blanca y el sombrerillo negro, en ese entonces ya estabas fumando mucho, te decía hasta al cansancio que un paquete por día era demasiado, pero me callabas tiernamente con un beso y un tercio del cigarro Derby duro que siempre comprabas. Yo solía vestir aquellas enaguas que te encantaban, la que tenía rayas blancas y rojas en la parte del frente ¿recordás?.
Ese día era domingo, cargamos en el bus la canasta con sanguchitos de pan blanco, mantequilla y mortadela. Íbamos súper emocionados porque era nuestro primer paseo –a pesar de llevar dos años juntos-, nuestros papás no sabían dónde estábamos y yo solo llamé de un público para avisar que llegaba tarde porque estaba donde Silvia, a sabiendas de la regañada que me esperaba.
Pagamos cincuenta colones en la entrada. La arena ya empezaba a pegar en los zapatos, así que decidí quitármelos, sacudir el talco que tenía entre los dedos y caminar en la humedad del suelo.
La brisa ya me había revuelto el pelo. Llena de nudos según vos los quitabas con tus dedos. Sacaste el tapete y lo pusiste bajo el árbol que años después marcaríamos con nuestros nombres. Nos sentamos sobre la tela protectora de hormigueros a ver el cielo, a escuchar el mar y pedir deseos.
Traías una botella de vino en el maletín. No teníamos con qué abrirla, así que duraste media hora caminando por toda la playa preguntando quién tenía un sacacorchos, hasta que un señor de camisa azul que vendía pipas te dio un martillo con el que quebraba los cocos. Se quebró media botella, pero con cuidado bebimos unos sorbos de ella. Nos embriagamos a los minutos y ya podía sentir la yema de tus dedos sosteniendo mis pupilas.
Decidimos ir a nadar un poco. Con una sábana envolvimos todo y la amarramos a una palmera que estaba más cerca de las olas. Corriste hasta el agua y con los brazos abiertos me esperaste a que llegara. Me metiste mar adentro a pesar de mi miedo al océano. Logré perder la visión entre la espuma blanca y con los ojos enrojecidos fui a parar a la orilla, vos te carcajeabas de verme hecha un manojo de nervios tratando de limpiarme la cara con las manos llenas de sal y ajustar al mismo tiempo la tira derecha del bañador que se había desacomodado. Despacio te fuiste acercando, supongo que probando mi capacidad de supervivencia ante lo que para mí era una catástrofe. Traías el paño rojo con mariposas morpho y me cubriste la cara con el reverso de la tela.

Nos metimos de nuevo pero esta vez en la orilla. Me explicabas la causa de los vientos alisios y la diferencia del oleaje con el mar Caribe. Me quedé contemplando tus palabras ante la inteligencia que ellas contenían. Frase por frase ibas amarrando un monólogo de conocimientos y yo como la más enamorada me imaginaba tus pensamientos.
A las doce menos quince decidimos almorzar. Nos levantamos con las piernas llenas de arena y la piel pegajosa. Bastaron cinco pasos para darnos cuenta que la sábana donde habíamos dejado envueltas nuestras pertenencias ya no estaba. Nos habían robado o fue una mala broma. Corrimos hasta la rama y verificamos alrededor. A la izquierda había una familia, le preguntamos y todos dijeron no haber visto nada.
Estábamos entonces, en media playa, a ciento cincuenta kilómetros de la casa. Sin dinero, sin comida, sin ropa más allá de nuestros trajes de baño y el paño rojo con mariposas morpho.
Caminamos unos metros en busca de nuestras cosas. Entre agobio, preocupación y tristeza, detrás de una palmera un señor con un radio de baterías en la mano cantaba entre voz y sollozo: “si tu me dices ven, lo dejo todo, si tu me dices ven, será todo para ti. Mis momentos más ocultos también te los daré, mis secretos que son pocos, serán tuyos también”.
Tomaste mis manos, las pusiste sobre tus hombros y como todo un caballero pediste permiso para bailar conmigo la famosa canción de Los Panchos. Debajo del tibio sol pusiste tu mejilla sudorosa contra la mía, “Te amo, Maricela”, dijiste. Con los ojos vidriosos miré los tuyos sin pronunciar palabra pero con el más profundo amor en la mirada. Bailamos lentamente toda la pieza, me diste un suave giro y antes de terminar cerraste el bolero con un cálido beso en mi frente.
Habíamos olvidado toda preocupación, no tener cómo regresar a casa no importaba, estábamos juntos, enamoradamente locos. Me sacaste la lengua cual mueca tonta de niños y empecé a reír mientras se me secaban los labios.
De repente, una ligera lluvia amenazaba nuestros pasos de baile y caímos en la realidad. Como una bofetada paternal asumimos la situación aunque evidentemente no sabíamos hacerlo.
Corrimos hacia la caseta del guarda, las gotas ya punzaban la piel, aunque la lluvia siempre bendita alimentaba el alma. Al menos con agua llenamos nuestro cuerpo por un momento. Me diste el paño para esconderme de los ojos lujuriosos de los hombres y las miradas curiosas de las señoras; años después me di cuenta que quienes debían esconder sus malas intenciones eran ellos, y que vos me escondías de la gente al igual que lo hacías con ella.
La recuerdo. Era mi amiga, supuestamente la mejor desde la pubertad hasta el inicio de mis veintes. De viernes a sábado me quedaba en su casa, fin de semana por medio nos reuníamos luego de las melcochas, ella disfrazada de inocente utilizaba las más hermosas palabras para hacerme creer que vos eras el mejor de tu especie. Caballero alto, detallista, amable y amigo de mis padres. Me hacía quedar como una loca cuando intentaba reclamarte algo. Me prestaba el vestido negro con flores que tanto amabas que me pusiera, te encantaba bajarme el zipper y tirarme de espaldas en la cama. Solías decirme que ella me quería, que me trataba como una hermana. Una vez encontré tu número en la agenda que ella llevaba al teléfono público a hacer llamadas, junto con una bolsa llena de monedas de veinte colones. La sospecha empezó a acrecentarse. Ya no me hablaba de vos, ya no seguí quedándome los fines de semana en su casa. Ya vos no me decías que Silvia era como mi hermana. La última vez que fui a su casa encontré dentro de un bolso que me iba a prestar una cajetilla de cigarros con trazos de lapicero azul, con tu letra y la leyenda: “algún día vendré por ti, preciosa”. De inmediato la rompí frente a sus ojos, sin pedir explicación, sin decir palabra. Salí de su casa, me despedí para siempre de doña Juana y te llamé. Debes recordar esa conversación, fui lo menos grosera posible porque ante la agresión que yo creí era normal, preferí no decir mucho para que no te enojaras y te fueras. Pobre ilusa, igual te fuiste.
Me dijiste que no eras vos. Que esos cigarros se los habías regalado a Edwin, y él te había pedido que escribieras el mensaje en ella. Decidí creerte, no porque fuera cierto sino porque creí conveniente seguir a tu lado a pesar de saber que no eras lo suficiente, que tus vicios, tu mentira y el engaño profesado por tantos años, iban a salir a luz algún día, razón tenía mi madre al decir que no debía quererte, pero mi frágil corazón y mi baja autoestima llevaron las riendas de tantos años juntos.
Afuera de la entrada de Doña Ana empezamos a pedir dinero para irnos en bus hasta San José y ahí vos llamar a Edwin para que fuera por nosotros en el carro que el papá le prestaba los fines de semana. Cubriéndonos de la lluvia, con las manos derechas extendidas, avergonzadamente muertos de la risa estábamos ahí, los que habían planeado un paseo perfecto, pidiendo ochenta colones para llegar a San José.
No inventamos excusas, de por sí ya estábamos semi desnudos, bajo la lluvia, con la nariz roja por el sol, pidiendo dinero. Sin resultados positivos.
Pasaron las horas y una pareja de señores preguntó nuestro destino, coincidimos geográficamente y decidieron llevarnos en carro hasta la capital.
Era un carro fino, un Corolla, cómodo. Nos sentamos en el asiento de atrás, yo con miedo por no conocerlos, vos conversando para hacerlos sentir amigos, decías vos que cuando un desconocido te cree tu amigo ningún daño te hace.
En el camino todo bien. El señor que decía llamarse Jorge, manejaba un poco lento, le costaba enfocar el camino más porque ya empezaba a oscurecerse y la carretera a San Ramón nunca tuvo buena iluminación. Doña Digna, la esposa, me ofreció un abrigo el cual decidí ponerme por más ridículo que se me viera, te burlaste cuando me viste bajar del carro en pleno San José con el abrigo, el pelo alborotado y chancletas. Nos regalaron un paquete de galletas a cada uno. Las mejores Nevadas que habíamos comido, sabían a siete horas sin probar bocado.
¿Están casados ustedes, son novios? Novios, dijiste sin dudarlo. Hoy cumplimos dos años, replicaste. Nos desearon buena suerte y doña Digna -quien dijo tener ojo clínico- vaticinó que nos casábamos en dos meses. Y así fue.
Planeamos una boda. Algo sencillo y humilde. Nuestros padres no habían tomado como buena noticia el que yo estuviese embarazada sin haber contraído nupcias. El papá de Edwin ya te había dado trabajo en su taller y mi madre había conseguido una casita donde podíamos vivir por unos años mientras nos estabilizábamos.
Fueron pocos los invitados. En la iglesia de Taras hicimos la ceremonia, ya teníamos decorado el salón comunal para los treinta y cinco invitados, el arroz con pollo y la música para el Baile del Billete. Admito que estuvo precioso, aunque cada diez minutos salieras a fumarte un cigarro. Cuatro meses de embarazo ya eran notables y más en el vestido que me había prestado aquella vecina talla ese.
Al mes siguiente, mientras leía las cartas de amor que me enviabas cada vez que cumplíamos meses, sentí un gran dolor de estómago. Me llevaron al hospital de emergencia al mismo tiempo que vos estabas donde Chico tomándote un respiro semanal como le llamabas. Mis papás llamaron un taxi y yo sudando frío en el asiento de atrás iba casi descompuesta del dolor abdominal. Las lágrimas empezaron a salir mientras me revolcaba dentro del carro. Al llegar al hospital y luego de esperar diez minutos para que me dejaran ingresar, la sangre ya bajaba por mis piernas, desesperada supliqué por atención, no podía más. El cuerpo me temblaba en un intento fallido de salir corriendo por miedo. Entre dos enfermeras y la mano de mi madre me ingresaron en camilla a un cuarto verde, me pusieron una vía en la mano derecha, el doctor, que llegó rápidamente, me abrió las piernas y sin mucha explicación me dijo que debía hacerme un legrado. Lo había perdido. Fue un martes, me llegaste a visitar al hospital con un ramo de flores y olor a guaro con tabaco, vistiendo de nuevo aquel negro saco que tanto había odiado.
