Esperar

Con los años he aprendido que no se debe esperar nada.

Miento, decir “con los años” es un absurdo para hacerlos creer que la inteligencia emocional es elevada en mi cerebro.

Aún hoy sigo practicando el autocontrol y el razonamiento antes que la impulsividad de los pensamientos.

Pero es difícil. Quienes padecemos de impaciencia impulsiva sabemos lo que implica esperar un mensaje por horas, mensaje que posiblemente no llegará.

La noche anterior a un paseo.

La expectativa de la segunda cita.

La imprecisión del futuro.

El tiempo que no nos da las respuestas que buscamos.

No estamos dejando que la vida nos sorprenda. Tratamos de calcular todo, de medir cada detalle para que todo salga perfecto, lo presionamos tanto, que no lo dejamos ser.

En cada situación amorosa, familiar, amistosa… tener expectativas es un error. No podemos esperar de alguien lo que nosotros queremos que suceda.

Tomando en cuenta que los dos somos diferentes, sentimos en tiempos diferentes, pensamos de forma diferente… no es posible esperar un resultado igual al nuestro, en nada, en nadie.

Hacer eso sólo provoca frustración. Pensamientos negativos y masoquistas.

“No me quiere”, “no le intereso”, “encontró a alguien mejor”, “hay gente mejor que yo”,“no soy tan bueno en eso”…

Como que nos gusta sabotearnos, lastimarnos.

Si tan sólo utilizaramos toda esa energía negativa de forma contraria, potenciaríamos todas las vibras positivas y haríamos que las cosas sucedieran, pero solas. Sin presiones, sin intensidades, sin impaciencia. Sólo porque ya estaban predestinadas a ser.

Es imposible controlarlo todo.

Es imposible sincronizar pensamientos y opiniones. Si, algunas coinciden pero la minoría del tiempo.

Intentemos empezar a sentir y dejar de controlar las situaciones.

Hagamos las cosas bien y que solitas tomen su curso, enfoquemos nuestros pensamientos positivos en desear que sucedan y así si no pasan no nos culpabilizaremos si salieron mal.