Gente pulseadora

Sí, esa que le estorba cuando hace un semáforo.

La que le sirve la comida en un restaurante y la igual humilde que se la cocina.

La que con sus gritos lo ataranta en las calles cuando vende bolsas de tubérculos fritos.

La que le deja el carro limpio. Y la que se lo cuida mientras usted se va de fiesta.

La que usted no agradece cuando le cobra el peaje en Escazú, aunque a diferencia suya, ella lleve más de cinco horas de pie.

Gente pulseadora que madruga para hacer empanadas y venderlas en las afueras del COSEVI, o en el parque.

La señora que antes de que usted se levante, tiene los dedos entumidos de frío esperando vender periódicos en la rotonda.

Gente que limpia los baños que usted deja orinados o con toallas sanitarias en el piso.

Gente que la pulsea y vende por catálogo. Hace manualidades inútiles a sus ojos. Esa que le hacía ruedo a sus pantalones de colegio.

Gente ignorada, discriminada. Vista con desprecio y lástima.

Esos no se quejan. Esos no se molestan si no hay plata para el café gringo o para la artesanal.

Ellos comen pollo en el bus, imagino que mucha veces lo hacen ahí, a escondidas de su familia, con la que no les alcanza para compartir.

La pobreza no minimiza la condición de persona, la pobreza no le quita las ganas de vivir ni el deseo de tener un espacio mejor para ocupar, a alguien.

Es gente amable, gente que no se estruja y sigue adelante aunque su vida sea más dura que la suya y la mía.