La magia de escribir

Escribir lo hace cualquiera. Sentir cada trazo aunque este sea digital, muy pocos lo sienten.

La verdadera motivación para hacer un texto no radica en sentarse horas frente a un computador, o propiciar momentos con uno mismo en una cafetería o un bar -aunque admito que lo he hecho- para que surjan las ideas; las letras están siempre ahí, las palabras dan vueltas en nuestra cabeza y hasta el trayecto más aburrido en bus o la fila en un banco, sacan a colación nuestros más brillantes textos, relucen y permean nuestro cerebro, siendo que luego de cada punto y aparte sintamos ese cosquilleo en la piel -que por cierto es bien sabroso eso de ir amarrando párrafos, viene siendo como una partitura perfecta a nuestros ojos y en nuestras manos-.

No se trata de creerse el mejor escritor, ni tampoco de leer muchísimo para que nuestro vocabulario sea más rico y más interesante al leer, a veces las palabras sencillas son más empáticas que sinónimos rebuscados en un diccionario; y eso es lo que importa, primero que a mi me agrade, luego si es posible, impactar a otros.

Escribir es un arte. No importa no ser el mejor, no importa que todos lo hagan, lo importante es hacerlo con pasión, es sentir entre letra y coma un viaje lleno de puntos suspensivos, donde todos los días se construye, se borra y se comienza.

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