Maldito amigo

Cerré los ojos. Estaba ahí.

Frente a mis mayores miedos transformados por Morfeo en pesadillas.

Quería huir entre la abstracción de los minutos que pasaba dormida pero no podía. En mis adentros algo me impedía despertar inmediatamente y no postergar la ruina de mis sueños.

Estaba harta de mis dificultades para conciliar el sueño. Antes de cerrar los ojos forzosamente, parecía que mi cerebro se acordaba repentinamente de alguna situación que me provocara angustia, con el único afán de reducir mis horas de sueño y de durante el día transformarse en una pesadumbre que me seguiría acompañando a la noche siguiente.

Internet, por ejemplo, nunca ha sido mi mejor amigo. Cuando de molestias se trata parece ese mal amigo consejero que me instiga a buscar en alguna página la dolencia física que sintomatizo, aunque esta sea una ocurrencia antojadiza de ese necio amigo.

Es que me hace ingresar a resultados virtuales que arrojan los peores pronósticos, las peores enfermedades. Entonces el me dice: “claro, eso es lo que tenés, esa sos vos” y yo, como nunca he sido de muchas amistades decido creerle a mi amigo nocturno, al que le gusta verme despierta e inquieta a las dos de la mañana.

Decidí hace unos días despacharlo de mi habitación. Nada tiene que estar haciendo un mal amigo en la cama con uno. Ha sido difícil porque cuando he logrado olvidarlo toca la puerta de mi habitación y me pide que lo deje entrar. Hay días en los que estoy muy cansada, ya cayendo del sueño cuando lo escucho llegar, y como estoy en ese proceso de separarlo de mi vida, me cuesta decirle que no, cuando se asoma a mi puerta.

Y lo dejo entrar. Me empieza a preguntar cómo me siento, si estoy bien de salud. Si hay algo que me preocupa o me angustia. Cuando le digo que no, empieza a recordarme situaciones que mentalmente creí haber superado, pero sigue recordándomelas y me las repite toda la noche. Ya el sueño que tenía empieza a desaparecer porque me pongo a ponerle atención y así empieza de nuevo a fastidiarme la vida.

Me hace imaginar múltiples escenarios ante escenas sencillas. Me hace sentir culpable por hechos del pasado que creí haber superado. Me instiga a buscar diagnósticos médicos en internet. Me empieza a soplar las piernas con aire a bajísima temperatura. Me hace cuestionar lo que soy y lo que tengo, restándole mérito a mis logros. Y simplemente: lo odio.

Odio que me controle, me hostigue, me angustie. Me haga sentir triste, se lleve toda mi energía para hacerse más grande a costa mía.

Ya no lo quiero en mi vida. Si me visita de nuevo no le voy a abrir la puerta.

Debo aceptar que el pasado es simplemente una estela de experiencias y conocimientos en mi vida. Un cúmulo de errores que me engrandecen como persona y un puñado de alegrías que son los únicos pasados que pueden ser recordados en la vida.

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