Qué nadie se me vaya

Qué no quede en mi cuerpo el vacío del corazón destrozado y en mi vida la ausencia corporal de alguien querido.

Pudiese escoger el momento y lo cambiaría por perpetuidad intra y extra terrenal. Acompañamiento absoluto de mis elegidos, decenas de ellos desfilarían diariamente frente a mis ojos, para siempre.

No quiero tener que decir adiós. Quisiera de la forma más egoísta atesorar momentos y abrazos. Qué nadie me los quite, qué nadie se los lleve, no se atrevan.

No quiero incertidumbre, no quiero fragilidad, no quiero quedar expuesta entre la ruina y la tristeza. Sólo quiero amor, dar amor, sentir amor.

Pero no puedo tener el control de todo, en realidad no lo tengo de nada. Generando entonces la impotencia más absurda, la más dolorosa y ahí sí, la más perpetua.

Nada de lo que siento es eterno. Nada. Nada de lo que tengo me pertenece. Ni a mi ni a nadie.

Pero no hace falta que deje una moraleja, ya cada uno sabe lo que le toca. Ya cada uno sabe qué decir y qué hacer.

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