Zanahorias

Por un largo periodo Carlos había dejado las frutas.

Le resultaba una idea desesperada andar probando sabores y disfrutando placeres sin tener hambre, sólo por lo apetitosas que se veían en la canasta.

Carlos veía como Juan se llevaba una naranja, Ricardo una fresa y Valeria una papaya. Se daba cuenta que por más que escogiecen cual llevarse, era una fruta al fin.

A veces llegaban personas desconocidas, metían su mano en la canasta, despreciaban las maduras y las golpeadas. Algunos las abrían para ver si estaban malas por dentro, les daban un mordisco y con rostro asqueado las tiraban de nuevo junto con las otras.

La mamá de Carlos insistía en su alimentación, servía las frutas picadas en un platito y el, con cara de pocos amigos sellaba sus labios apretándolos con los dientes. Era impenetrable al sabor dulce y ácido de la naturaleza.

Lo regañaba constamente, recordándole como antes disfrutaba de las fresas, las papayas y los duraznos. Como sus amigos repetían constantemente su favorita y el no podía siquiera hacerlo con una.

Carlos se encerraba en su mundo y en su cuarto. Dedicaba gran parte de su tiempo a esconder su más grande secreto: su amor por las zanahorias.

En el cieloraso había colocado una lámina falsa, lugar donde tenía oculta su propia canasta, llena de zanahorias frescas. Gruesas y largas zanahorias. Eran sus favoritas.

Pasaba varias horas al día mirándolas, palpando su textura pero no se atrevía a probarlas. Hacerlo era incorrecto. Sus maestras, sus amigos y su familia habían dicho siempre que los hombres comen frutas, no zanahorias.

Era una vergüenza admitir su preferencia, sería juzgado ante la sociedad como un ser inadaptado que debía esconder sus placeres en cuatro paredes por el temor a las palabras de la gente y sobretodo de su madre.

No puedo comer zanahorias. No puedo.

Carlos repetía esta frase todos los días a las seis de la tarde cuando se encerraba en su cuarto con una mandarina en la mano derecha, logrando pelarla, despegar los gajos pero sintiendo repulsión en el primer mordisco.

Lo intentaba pero no podía.

Para que su madre no dijera nada, algunos días exprimía el jugo en el inodoro y tiraba las estopas al basurero, así no tenía mucho que preguntar.

El lunes, Carlos va camino al colegio. En su acostumbrada travesía ha aprendido a lidiar con los insultos, las bromas y las burlas por su resistencia a los cítricos y los refrescos de sirope de kola con frutas.

Luego de finalizadas las dos primeras lecciones, suena el timbre para el recreo.

Carlos, acostumbrado a andar solo por los pasillos, fija su mirada en el suelo y lento camina entre los amplios corredores del colegio mientras los otros juegan fútbol y las otras los miran coquetas.

De repente, alguien toca su hombro.

Preparado para una burla, Carlos no levanta la cara del suelo y sigue caminando. De nuevo, un dedo índice derecho toca su hombro.

Carlos voltea su cuerpo entre molestia y desconcierto…

Era Rodrigo, traía en su mano izquierda una bolsa de papel llena de zanahorias.

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