No más condenación

por ariiavalosm

“Ya no existe más condenación para ti”

Ante esta frase vienen a mi mente los recuerdos de todas las predicas que alguna vez escuché en la iglesia. Cada vez que la escuchaba las lágrimas cruzaban mis mejillas, y mi corazón se retorcía de dolor. Yo no podía creerlo, ¿Cómo es que se atrevían a decir libremente que ya no existía la condenación para mí? ¿Y que de lo que yo estaba viviendo? ¿Y que de todo lo que alguna vez hice? ¿Y lo que me hicieron? NO ERA POSIBLE PARA MI. Quizá para el de mi lado derecho, quizá el solo mintió. O aquella chica, fácil y su pecado fue más pequeño que el mío. Yo miraba mi vida y la culpa de los pecados que había cometido hacían que anduviese cansada de vivir. La culpa y el dolor que tantas veces traté de adormecer con pastillas y adicciones.

La verdad es que, efectivamente, ya no existía condenación para mí; ni para mi vecino, ni el otro, ni ella, ni NADIE. Ya no la había. No solo lo decían quienes predicaban, la biblia lo decía. Pero yo, por falta de conocimiento y miedo, no me atrevía a mirarla. Apenas y leía versículos de promesas de restauración futura, más no podía mirar lo que era mi presente. La falta de conocimiento mata, y a mí iba matándome lentamente en el hoyo donde me encontraba, cada vez más lejos de la solución para mi vida. De Aquel quien hizo la locura de amor más grande, solo para tenerme de regreso a su lado.

Cierro los ojos, y puedo imaginar aquella tarde donde un hombre acepto tomar un lugar el cual no le correspondía. El camino más difícil, el más sangriento e inexplicable de recorrer. ¿Por qué lo hiciste?

“Porque te tuve en mi mente y en mi corazón. Cada paso hacia el calvario lo valió.”

La cruz, un elemento de tortura hecha un megáfono de amor y esperanza por la sangre de un inocente. E hizo a una pecadora como yo una nueva criatura; pura, santa, justificada, amada. Posicionada en la victoria que El obtuvo por mí el día que fue a mi rescate, aun cuando ni siquiera yo existía en la tierra, pero si en su mente y en su corazón. Su sangre, el toque de su amor, pudo convertir lo más horrendo en lo más hermoso y eso sucedió con su muerte; horrenda e inhumana convertida en la muestra de amor más grande. Ahora lo veo en mi vida, cuando mis peores cicatrices fueran hechas símbolos de su amor.

Y por esa razón ya no existía más condenación para mí, y estaba destinada a reinar por lo que Él había ganado por mí. Pero, como toda persona acostumbrada a una vida de opresión, tenía un problema muy grande: No lo podía recibir. En mis escasas fuerzas lo quise lograr. Total, era lo cual había estado acostumbrado a vivir todo este tiempo; a lograr todo. Tratar de merecerlo, pero esa no era la forma de Dios. Viví atrapada en este pensamiento durante muchos años, y empeoró cuando ya estaba en los 20 años. En mis últimos intentos trate de no solo salvar mi vida a mi manera, sino trataba de agradar a Dios y que de alguna forma, a pesar de todo lo que yo había vivido, consiguiese obtener su perdón, la vida era terriblemente agotadora. Terminé cansada, frustrada y sentí que estaba lejos del cielo. El tema de gracia iba siendo enseñado en la iglesia, mas no lo creía para mí. Fue demasiado difícil tener que quedarme quieta durante casi un año para poder sentarme a los pies de Jesús donde Él me enseñó a quitar mi mirada del “yo” y ponerla en el “YO SOY”. Pude sentir mis dedos deslizarse por sus manos que alguna vez atravesaron clavos y donde su amor hacia mí fue lo que mantuvo a Jesús sostenido en la cruz cargando no solo mi culpa, sino recibiendo toda la ira de su Padre para yo ya no tener que recibirla JAMÁS y solamente pudiese recibir amor, amor y más amor.

Puedo imaginarme por un momento que Jesús, al cerrar sus ojos, nos vio a cada uno de nosotros posicionados en la victoria que Él obtuvo en ese momento, en esa vida en libertad la cual anheló darnos y por una relación real y sin ataduras con Dios, la cual hizo que Jesús diera cada paso cargando esa cruz. Y luego Él pudo gritar: ¡Consumado es!

Es algo que hasta ahora vivo a diario, pues, cuando trato de hacer las cosas a mi manera, El solo me dice “quédate quieta”. Pienso en Martha y María. Solía ser Martha y en un tiempo me centré tanto en el hacer y tratar de aguantar que perdí completamente el enfoque real. Me perdí de disfrutar de Jesús, de conocerlo, y al final no terminé bien. Decidí ser más una María, y puedo ver que todo por lo cual luchaba para que se hiciese, Dios se estaba encargando de todo. Estoy en ese proceso de ser María, la que se sentaba a los pies de Jesús a adorarlo, aun cuando estoy en constante movimiento y haciendo cosas. No quiero perder su presencia, no quiero perderlo a Él. Y sé que Él se quiere encargar de todo. Así como se encargó de mis pecados, quiere encargarse de mi vida para siempre, porque su anhelo es que viva en su presencia con Él en la mejor relación que tengo en esta vida. Tengo una sola vida, y sé que pasaran cosas, buenas o malas, pero tengo la promesa de que El ya venció y por eso, puedo sentarme en a sus pies, aun cuando hay veces que me levanto y me pongo ansiosa. Pero sé que Jesús me está enseñando a sentarme a sus pies, pues su obra ya está terminada.

Mi parte en todo esto es solo confiar en su obra y recibir la abundancia de su gracia y el regalo de su justicia. Ahora puedo abrazarlo y es asombroso. Puedo decir ahora que ¡ya no existe más condenación para mí!

Y tampoco la hay para ti.

Posteado originalmente en “El sicomoro secreto”

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