Deseclipse que no

Ari J. González
Aug 26, 2017 · 4 min read

En las ciudades lunáticas un eclipse es argumento para el júbilo. Un júbilo que algo tiene de locura. Una locura como locus, y este lugar como un centro intocable que crece en espirales sobre nuestras cabezas sacrificadas.

En Acapulco, una de las capitales mundiales del sacrificio, el eclipse del pasado veintiuno de agosto no aconteció como una noche plena en medio del verano, sino como un símbolo de la noche latente. Un latido de corazón enfermo, una porción del sacrificado que llevamos dentro. Esta fragmentariedad, de la que Acapulco ya no puede salvarse, tiene una relación directa con el constante fragmentar el cuerpo como un ejercicio de violencia. En los acapulqueños que todos los días son llevados a la piedra de los sacrificios, vemos las variaciones de esta fragmentación: decapitados, desmembrados, descuartizados, desollados. Ronda sin aullido una manía lupina frente al mar que ensangrienta las avenidas; en las madrugadas, la marea limpia como puede. El alarido lo escuchamos en nuestros sueños.

Los fenómenos meteorológicos han sido parte de las explicaciones que en diversas épocas se han dado al origen de las enfermedades. En su artículo “La muerte negra”, José López Jara cuenta cómo en el año 1348 miembros de la Facultad de Medicina de la Sorbona, explicaron ante Felipe VI que la causa de la Peste Negra había sido la alineación planetaria de Saturno, Júpiter y Marte, ocurrida en 1345, un año antes del brote de la pandemia. Una de las preguntas que podemos hacernos es si los gobernantes actuales tendrían el suficiente cinismo para pretextar las desgracias por causa de los eventos astrales. Si partimos de la facilidad con la que olvidan, tal pareciera que sí.

Según lo que sí se registra, en el pasado mes de julio en Guerrero, el promedio de asesinatos al día osciló en siete personas (El Sur, 2 de agosto de 2017). Entre esas muertes, hubo dos en Acapulco por causa de otra variante de la fragmentación violenta: el descalabro por dilapidación (Notimundo, 19 de julio de 2017 y Agencia Periodística de Investigación, 26 de julio de 2017). Esta clase de homicidio paleolítico, confrontado con el eslogan del actual gobierno municipal en Acapulco, que finca su mensaje en las ideas de “construcción” y de “novedad”, puede resultar bastante incómodo cuando relacionamos de manera involuntaria la palabra “construcción” y la palabra “piedra”.

Acapulco es por demás, lugar de las analogías fatales. La numerología, parienta de la astrología, nos jugó otra asociación dolorosa también el mes pasado. La reciente masacre en el penal de Las Cruces dejó como saldo oficial 28 reos muertos (Proceso, 6 de julio de 2017) y veinte días después –“una veintena de reos se fugaron durante la matanza”­– concluyó la temporada de cruceros en el puerto, periodo en el cual se contabilizaron 28 embarcaciones de gran calado visitantes (El Sol de Acapulco, 27 de julio de 2017). Las Cruces, los cruceros. Cuerpos maniatados, cruceros de gran calado. Siete muertos en promedio de rutina. ¿Cuántos días para Marte, viejo dios romano de la guerra, tuvo el mes de julio? Cuatro. Siete por cuatro: veintiocho.

Cuatro suena a cuarentena, el régimen al que los pueblos se someten cuando la enfermedad acecha. ¿En qué clase de cuarentena estamos los habitantes de Acapulco? ¿es latente o evidente? Tal vez esa parte del sacrificado que nos habita, es el hueco en donde falta el corazón que fue ofrendado a la brutalidad de los dioses. A cincuenta días de la matanza en el penal de Las Cruces, resuenan todavía muchas preguntas sin contestar. Una de ellas la formuló el periodista Roberto Ramírez Bravo en su columna Veladero: “el gobierno decidió dar una información falsa: dijo que solo habían fallecido cinco personas, cuando ya sabía que al menos eran 28. ¿Por qué? ¿Para que la ciudadanía se fuera acostumbrando a la gravedad de la situación antes de conocer la cifra definitiva?” (La Plaza Diario, 10 de julio de 2017). La falsedad institucional y el acostumbramiento ciudadano de los que habla la discusión de Ramírez Bravo, tienen sin duda un revestimiento enfermizo. Así como también deviene en pandemia la familiarización creciente con la barbarie y la indiferencia colectiva que queda como ganancia.

En uno de los textos de Extracción de la piedra de la locura, Alejandra Pizarnik nos regala las siguientes líneas: “En un muro blanco dibujas las alegorías del reposo, y es siempre una reina loca que yace bajo la luna sobre la triste hierba del viejo jardín. Pero no hables de los jardines, no hables de la luna, no hables de la rosa, no hables del mar”. Sin quererlo, este delirio de Pizarnik me habló también de Acapulco. ¿Pero cuál es el lugar de una ciudad enferma en esta alegoría? ¿está en la blancura del muro de la ceguera por encandilamiento, por tanta refracción que hiere? ¿es en el viejo jardín, alguna vez glorioso y ahora decadente? ¿o es acaso la ciudad entera esa reina loca que mira obnubilada al firmamento anochecido? Cualquiera de las elecciones que tomemos, silencia los ánimos para hablar de todo aquello que alguna vez nos pareció íntegro y encomiable. Tal vez debamos deshacernos de la idea de Acapulco como una ciudad solar y reconocer que Acapulco es una ciudad lunática.

Los eclipses en las temporadas modernas de la locura, no nos dejan olvidar nuestra condición de abandonados. Y es que el origen de la palabra eclipse ya guarda una ausencia de por sí. Qué manera más triste de evitar la conjura que nos acecha a través del sacrificio rutinario. Tal pareciera que buscamos curar el abandono por medio de un “Deseclipse del firmamento”, como lo nombra Diego Maquieira: “subíamos a acabar los eclipses del firmamento /subíamos como una cerilla que desataba la luz /y encendía un faro entre las estrellas”. Pero este deseclipsar no acaba, tal vez nunca llegue. Mientras tanto y para enfermedad nuestra, todos nuestros desaparecidos, todos nuestros eclipsados, ascienden en espirales violentas a cumplir una tarea que a pesar de la luz que aparenta abundar, está llena de oscuridad.

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    Ari J. González

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