Ahora estoy pensando en el silencio. Fue propuesta del insomnio. Fue culpa de esta madrugada y su vacío que yo haya descubierto mi estrechísima y añeja relación con la ausencia de sonido. Tantos años. Quizá todos. Todo lo que es y lo que ha sido. Casa, puñetazo, paréntesis, garra. Huésped aferrado de mi cuerpo. Versátil utensilio. Hacha. Puede ser síntoma, código, señal, significado. Muchas veces forma. Tristemente fondo cuando está enraizado. Gastado recurso cuando quiero parecer el más inhóspito lugar sobre la Tierra. “No son bienvenidas las visitas”: letrero grande, luminoso, mil veces caído y levantado.
He callado de repente solo para sentir que el otro se quedó esperando una palabra. Que brevemente soy dueña de algo que le falta. Una vez ahogué para siempre los ladridos frente al amo para ver si se aburría de su perro mudo. Para que soltara de una vez por todas el maldito lazo. Y todavía me callo cada vez que siento que estoy a punto de entregar las vísceras envueltas en papel para regalo.
Tantos años. Pero el silencio aquí también ha sido promesa, caricia, rendija, puente. Y sobre todo, música en potencia, poesía latente.