Recuerdo bien aquella tarde: la primera de las últimas. Con tu mano en mi nuca atrajiste mi cara hacia la tuya. Sentí tus labios latir débilmente entre los míos y quise entender cómo una boca tan común ya para mí, me hacía sentir una sed tan diferente.
Era urgencia lo que traías aquel día. Una prisa rara.
Cada luz roja repetías la escena esa de tu mano y mi nuca y nuestras caras, y con el verde volvía rápidamente la distancia a establecerse entre nosotros. Nunca había puesto tanta atención en los semáforos. Nunca les había tenido tanto miedo. Rojo. Sin palabras intentabas decirme cosas tristes. Verde. Algo estaba cada vez más lejos. Rojo. Buscabas motivos pero no los encontrabas. Verde. Algo estaba cada vez más roto.

Rojo. Tu lengua trataba de alcanzar algo que yo no llevaba dentro. Toda yo era un hueco que empezaba por mi boca.

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