¿Por qué no se fue a la primera?
Una pregunta que retumbó en mi consciencia durante mucho tiempo. No sabía la magnitud ni lo que implicaba mi pregunta hasta que entendí que era la violencia de género.
Por mucho tiempo me lo pregunté, me cuestionaba cada situación violenta que presenciaba, ¿por qué mi mamá no era capaz de captar que las situaciones en las que su esposo la ponía no son normales ni son formas de demostrar amor?
Pasé tanto tiempo meditando posibles respuestas, incluso me cuestioné si estaba exagerando las circunstancias para excusar que mi mamá no decidiera dejar esa relación que poco a poco la consumía.
Sin embargo, me di cuenta años muy tarde después de haberla juzgado, después de haberla cuestionado que ella no lograba entender que lo que vivía era un odio disfrazado de amor, violencia vendida como romance. Ella nunca se dio cuenta que estaba siendo violentada.
Todas lo percibíamos, notábamos sus estrategias, sus maneras de manipulación, su forma de encerrarla en un círculo donde él controlaba quien entraba y quien salía. Ella creía que era protección.
Incluso cuando le prohibía vestir ropa ajustada, o cuando le tenía que esconder con quien salía, a donde salía y cuando salía. Cuando me pedía que la cubriera. Cuando le pidió que renunciara y que nunca más volviera a trabajar.
Ni siquiera cuando le rogaba a su hijo de 10 años y menos que le mintiera a su padre para que ella pudiese ir a correr. Cuando le gritaba en el carro porque decidió ponerse una licra tallada. O cuando le pedía a sus amigos que la siguieran para ver qué hacía.
El miedo aumentó, tanto en ella y en mí cuando un día discutiendo rompió la banca en la que ambos se sentaban. A mis 12 años eso fue una señal clara, una luz que me hizo entender que dentro de este hombre había un deseo gigantesco de estarle haciendo lo mismo a su esposa, a aquella que le prometió estar en las buenas y en las malas.
Incluso en aquel momento que todavía retumba en mi memoria y abre una herida profunda en lo más adentro de mí no hizo que mi mamá entendiera que cada objeto que hacía pedazos con sus manos estaba externando el deseo que sentía de hacérselo a ella.
Han pasado mucho años y hasta el día de hoy no sé si la violencia alguna vez se volvió física, desconozco si alguna vez abusó o golpeó a mi mamá. Quiero creer que ella reconocería este último acto como el punto suficiente de esta relación.
Aunque la violencia física se presentase o no se presentase no quiere decir que su autoestima no estaba pisoteada, su confianza, ni que sus miedos saciaron porque incluso cuando no estaban juntos la manipulación, el acoso y la agresión psicológica estuvo presente.
Noches donde ella no podía conciliar el sueño, donde nos advertía que nos dejáramos las llaves mal puestas, que no la prestáramos, que no las perdiéramos. Días donde sí algún objeto estaba en el lugar incorrecto llegaba la paranoia y el miedo de que aquel hombre hubiese entrado. Tal vez era la propia mente que jugaba un mal rato debido al miedo internalizado con el que vivíamos de que un día mi madre fuera una víctima más de ma máxima violencia de género.
No hemos logrado salir de ese ciclo. No hemos logrado que mi mamá comprenda que la relación que está viviendo dejó de ser una relación hace mucho tiempo porque no hay una equidad de pares, hay una posesión.
A veces surge la pregunta, se queda en la superficie pero comprendo que yo soy capaz de percibir estos actos violentos porque no he sido víctima de violencia psicológica. Que las relacionas abusivas son un ciclo, una promesa de cambio, una esperanza de que todo va a estar bien aunque las actitudes siguen perpetuándose. Endulzando las acciones violentas con palabras románticas que hacen que vuelva a creer en que el hombre del que se enamoró sigue ahí.
No nos toca a nosotras ni a ellos culpabilizar a quienes se encuentran en relaciones de desigualdad. Quienes sufren en silencio violencia machista, quienes son agredidas. No debemos señalar ni juzgar, hay que acompañar y ofrecer ayuda. Hay que acuerpar y empoderar para que el día que estas mujeres comprendan que sus vidas, su integridad y su bienestar se está viendo amenizado no se sientan avergonzada ni solas.
Hay que generar consciencia, las personas que vemos violencia en las relaciones no debemos callar, no debemos esconder ni excusar al agresor porque no sabemos si algún día nuestra conocida puede pasar a ser una cifra más.
Hablemos de violencia machista, cortemos actitudes violentas desde la niñez, acompañemos a las mujeres en sus procesos tanto de ciclos de violencia y cuando logran salir de estas. Recordando que estas mujeres son víctimas por ende no pueden ser responsables de sus propias heridas.
Eliminemos las preguntas, los cuestionamientos, las frases que culpabilizan a la víctima. Corrijamos a quien hace comentarios machistas, construyamos una sociedad donde ser mujer no sea un riesgo, cuidémonos y eduquémonos porque vivas nos queremos.
