Cuando leo “El vuelo de la inteligencia”

Por: Arlette Pichardo Muñiz

El vuelo de la inteligencia” es un libro de un autor a quien empecé a leer hace ya muchos años: José Antonio Marina. Desde la primera lectura me impresionó el uso de la expresión “aprender a aprender”, a la que sigue recurriendo cuando indica “la inteligencia es capacidad de aprender a aprender en todo momento, no sólo de libros, sino de la vida misma, de los sentimientos y de las emociones, de las experiencias, de las relaciones con la realidad” (p. 12).

Se trata de un libro dirigido a público abierto, esa es la novedad, pues como dice Margarita Riviére en el Prólogo, es un ensayo para ser leído en el metro (sin que por eso pierda fuerza o calidad), un imprescindible libro de cabecera (Pág. 14) y el autor la complementa: «o mientras se espera el autobús o cuando se ha apagado la TV por aburrimiento» (p. 18).

Marina es un filósofo, ensayista y pedagogo español nacido en 1939 (https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Marina), quien ha dedicado su vida a la comprensión de la inteligencia y los mecanismos de la creatividad y entiende a ésta, la inteligencia, como mezcla de sentimientos, razón, habilidades, imaginación, memoria y otros misterios.

Entre su vasta producción se encuentran Elogio y refutación del ingenio (Premio Anagrama de Ensayo, 1992 y Premio Nacional de Ensayo, 1993), Teoría de la inteligencia creadora (1995), Ética para náufragos (1996), El laberinto sentimental (1998), Diccionario de los sentimientos (1999), El misterio de la voluntad perdida, La selva del lenguaje, La educación del talento, Los secretos de la motivación, Escuela de parejas y El aprendizaje de la creatividad.

El propio Marina en un autorretrato de su pensamiento, dice que cada libro, artículo o proyecto es como la isla de un archipiélago. Parecen independientes, pero son las crestas visibles de una cordillera sumergida (http://www.joseantoniomarina.net/) (mayúsculas del original del autor).

La primera isla del archipiélago es una TEORÍA DE LA INTELIGENCIA. La función de la inteligencia no es conocer, sino dirigir bien el comportamiento, aprovechando la mejor información posible, gestionando las emociones, y ejecutando las decisiones. Está, pues, orientada a la acción, y por eso no trata sólo con conocimientos, sino con pasiones; no sólo con lo real, sino con lo posible; no sólo tiene que actuar, sino también elegir el mejor modo de hacerlo.

Este bucle prodigioso nos lanza a una aventura en la que podemos acertar o fracasar, por lo que necesitamos unos criterios que permitan orientar nuestra acción. La inteligencia es inquieta y va continuamente más allá de lo que existe. Anticipa el futuro. Mediante los proyectos descubre posibilidades. La realidad está aún sin terminar, esperando que la inteligencia humana decida qué hacer con ella. La CREACION y sus mecanismos ocupan la segunda isla.

La tercera isla trata de la INTELIGENCIA COMPARTIDA. Nuestro cerebro es social y necesita de la interacción con otras personas para desarrollarse. Después de vivir la emocionante era de la genética, vivimos la no menos apasionante era de la epigenética. El entorno social nos constituye. La inteligencia social produce la cultura que influye en cada uno de nosotros. La cultura es creación compartida, y de la calidad de esa cultura va a depender la calidad del ser humano. Esa cultura es una manifestación de nuestras necesidades y aspiraciones. Somos seres que pintamos, componemos música, buscamos explicaciones, creamos religiones, inventamos técnicas, planteamos y resolvemos problemas, construimos sistemas políticos y establecemos normas de convivencia.

La cuarta isla es la FILOSOFIA DE LA CULTURA. Su meta es estudiar cómo emergen cada una de esas creaciones de la fuente común que es la inteligencia.

Si la cultura constituye y rediseña la naturaleza humana, la EDUCACION, encargada de la transmisión cultural adquiere una relevancia ontológica: es la encargada de cuidar y dirigir la evolución. Es la vertiente práctica de la filosofía y constituye la quinta isla. Entre las creaciones culturales hay una que destaca por su grandiosidad. El ser humano es una especie aún no fijada, que está buscando su definición. Somos animales listos que queremos convertirnos en seres dotados de dignidad.

La sexta isla es el GRAN PROYECTO ÉTICO, que no es un mero conjunto de normas, sino una decisión constituyente que nos lleva inevitablemente a la acción, porque sólo se mantiene mientras la mantengamos.

El vuelo de la inteligencia se aparta siempre de lo vulgar, de lo confuso, de lo cruel y lo hace siguiendo tres grandes rumbos: Transfigurar, Conocer y Transformar (p. 163). El arte, que transfigura las apariencias de las cosas. La ciencia, que conoce mejor lo que sucede. La ética, que transforma la realidad humana. Y, en ese sentido, nos aconseja “saber mirar ese el secreto” (citando a Degas, p. 167) y “hay que aprender a ver” (Eduardo Galeano, p. 173). Y, por ahí sigue con Pablo Neruda, Antonio Machado y Tomás de Aquino.

La inteligencia resuelta avanza con resolución: (1) inventa soluciones y (2) marcha con decisión. Ambas cualidades debe tener la inteligencia humana, que no es una computadora, ni un espíritu puro, ni una máquina de resolver ecuaciones, sino una mezcla de conocimiento y valor (p. 17–18). La inteligencia es nuestro gran recurso, nuestro gran riesgo y nuestra gran esperanza (p. 19).

El inicio del vuelo: el gran salto mental, continúa diciendo prestar atención a lo que queremos. Éste es el gran salto, aquí se inicia el despegue. No estamos como el animal pendientes del estímulo, sino que elegimos el estímulo. Uno de los grandes logros de la inteligencia humana: prever lo que va a suceder, dirigir la acción con arreglo a una meta pensada, evaluada, decidida (necesitamos un proyecto para desarrollar nuestra inteligencia) (p. 30).

Nuestra inteligencia es lingüística. Pensamos con palabras, hacemos planes con palabras, nos comunicamos con palabras. El lenguaje se ha convertido en el gran protagonista del vuelo de la inteligencia (p. 50). De ahí que la gran transfiguración de la inteligencia aparece cuando somos capaces de iniciar, controlar y dirigir operaciones mentales.

Se trata de una capacidad aprendida que ahora estamos empezando a saber educar. Por voluntad se entendía una facultad innata. La «nueva idea de voluntad» no es una facultad, ni es innata. Es un conjunto de habilidades inventadas, construidas laboriosamente por la inteligencia, que tienen que adquirirse (p. 53) y que se desarrolla en etapas: (1) la detención del impulso, (2) la deliberación, (3) la decisión y (4) la ejecución, la realización, la comprobación.

La inteligencia no se detiene. Crea y aprovecha sus creaciones para crear más. La inteligencia no se parece a una colección de fotografías, sino al bello transcurrir de un río. Río e inteligencia «discurren» (p. 78–79). Debemos recuperar la sana estrategia de infantes que preguntan continuamente: ¿Qué es?, ¿Por qué es así? ¿Y usted cómo lo sabe? (p. 81).

Un proyecto de inteligencia. Para que sea aceptable tiene que ampliar nuestras posibilidades vitales, nuestra habilidad para resolver problemas y nuestras opciones para ser feliz. La inteligencia tiene que saber aprender y, sobre todo, tiene que disfrutar aprendiendo. A la inteligencia le gusta aprender, conocer, estar activa y crear cosas nuevas. A pesar de las apariencias, los seres humanos soportamos muy mal la inactividad. Hay, sin duda, personas perezosas para quienes cualquier esfuerzo supone una aflicción, pero posiblemente en estos casos interviene subrepticiamente algún elemento físico o psicológico que bloquea o entorpece ese impulso natural (p. 91).

El gran vuelo de la inteligencia fue y es un logro social. Un fruto de la inteligencia compartida (p. 123). La inteligencia construye siempre cosas grandes con elementos muy pequeños. Inteligencia compartida: “organizaciones que aprenden” u “organizaciones inteligentes” se trata de conseguir que un grupo de personas no extraordinarias produzcan `resultados extraordinarios” (p. 130). Hay proyectos que sólo pueden emprenderse y conseguirse mancomunadamente. Y hay proyectos personales que sólo pueden conseguirse integrándolos en proyectos mancomunados (p. 131). Trabajar en equipo, con una visión compartida, exige desarrollar destrezas intelectuales y afectivas (p. 132).

La inteligencia se mide por la capacidad de inventar proyectos y de resolver problemas que su realización. Su valor finalmente dependerá de la dignidad (p. 146). Los problemas más trascendentales para el ser humano se refieren a la consecución de la propia felicidad y de una convivencia digna. Una sociedad es inteligente si resuelve el máximo número posible de problemas que afectan a la felicidad personal (p. 147).

La gran creación de la inteligencia humana es la ética, que no se trata de un repertorio de prohibiciones, deberes, obligaciones, sino de un brillante conjunto de soluciones y posibilidades. La ética es el gran proyecto que la inteligencia humana hace sobre si misma. Un proyecto de humanidad inteligente (p. 148–149).

Cuando leo “El vuelo de la inteligencia” me doy cuenta que se trata de un texto argumentativo, con función poética del lenguaje, en el que abundan las figuras retóricas, incluidas metáforas llamativas y el uso de ejemplificaciones para ordenar el discurso y «adornar» la expresión emotiva. Con una inigualable prosa literaria, una mediación pedagógica filarmónicamente ensamblada y una maravillosa forma de presentar una bibliografía comentada y anotada. Gracias a José Antonio Marina por impulsarnos a trascender para entender el mundo que nos rodea.

Nota: “El vuelo de la inteligencia” es una edición de bolsillo publicado en el 2000. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial.

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