Calláte y mirá

Dejé de hablar pavadas hace unos días, después de discutir un rato con mi amiga Alicia sobre si el paro de mujeres era una decisión acertada, si no confrontaba conceptualmente con la sindicalización, o con el reclamo de derechos y condiciones laborales. Así. Después de pensar un rato más, abstraído, mientras las conversaciones grupales continuaban, empecé a hablar de manera muy medida. Cierta vergüenza, que ahora confieso, me llevó a esa posición. Y me fui silenciando con el paso de los días, casi sin proponérmelo, cuando surgía el tema de la lucha por igualdad de los derechos de las mujeres. ¿Quién era yo para estar opinando sobre los métodos de lucha por los derechos vulnerados de un colectivo al que no pertenezco? ¿Acaso integro una especie de vanguardia de pelotudos iluminados? No soy parte del colectivo social, no soy víctima de la vulneración de esos derechos. Quizás pueda ser víctima indirecta por ser padre de hijas, esposo de una mujer, hijo de una madre, hermano de mis hermanas y amigo de mis amigas, pero es casi un detalle hoy.

Cuando, por la manaña, empecé a detectar el batallón de mujeres de negro que caminaban por la calle, me sentí interpelado. No soy yo el acusado, el que cercena, encarcela, censura, desprecia, menosprecia, ignora, tortura, asesina. ¿O sí? Habrá que ver, todo es cuestión de gradualismo. Tal como muchas mujeres empezaron a identificar la violencia a la que estaban sometidas en referencia de otros casos de otras mujeres, a detectar que lo que no advertían como un hecho de violencia machista en realidad lo era, tal como ocurre eso, yo voy identificando mis preceptos machistas e intento de analizar hasta donde llegan. Claro que prefiero verme como no machista, pero del deseo a la realidad hay un trecho.

¿Qué hago entonces cuando ellas putean, marchan, se visten de negro, hablan de la problemática de género? ¿Acompaño? En todo caso, si me piden que acompañe. ¿Apoyo? No me queda claro que alguien necesite mi apoyo, no sé si soy tan útil para el caso, creo que no. ¿Es una lucha mía? No, sería hipocrecía ponerme tan lejos de los victimarios, la rémora cultura me condena. No me necesitan para nada a mí ni a vos, amigo, para dar la pelea.

En estos momentos mis compañeras de trabajo están juntándose para hacer efectivo el paro, gritar un poco, lanzar consignas. Yo me voy a buscar un sánguche al comedor y a comerlo en silencio, calladito la boca, con un sentimiento de orgullo por las mujeres que quiero y que luchan. Y también con cierta confusión por ver moverse toda la estantería social de manera tal que, parece, perdió su punto de equilibrio.