LA ÚLTIMA SALIDA A CHICAGO
Mi madre soñaba hasta la fiebre con visitar Chicago e imaginar que era la chica guapa amenazada por el gángster feo, ¿lo logró?

2002. DF.
Mamá era un gran viajera, feliz, inquieta… tensa e intranquila. Treparse a un autobús o, mejor, a un avión, y conocer los rostros de ciudades propias y culturas nuevas, misteriosas y palaciegas, era para ella un nutriente renovador. Y fantaseaba, fantaseaba muchísimo: eso era lo mejor de sus aventuras. Cuando vio por primera vez la Torre Eiffel, se imaginó, con tacto vívido, ir vestida a la usanza de principios del siglo XX, viajando en un carruaje tirado por hermosos caballos. En la plazoleta de Palenque, sintió cómo la llevaban en un sillín al palacio de Pakal para luego conducirla a la cámara mortuoria. Eran tan intensos sus ensoñaciones, que un par de veces cayó en desmayo: en la Plaza Roja de Moscú, y el jardín Boboli de Florencia, donde lloró horas al oler el perfume salado de sus tilos. El desgaste emocional y físico le pegaban duro: el jetlag, las desveladas, las malcomidas y las carreras en tours exprés: no importaba el costo: quedarse encerrada en casa la marchitaba.

A partir de ver una película de gángsters, en la que ella era la chica en desgracia, mamá se programó para ir a Chicago a como diera lugar. ¡Chicago, con sus calles trepadas sobre pasos a desnivel, ciudad flotante en el aire, las playas del Lago Michigan, el Art Institute con su insólita colección de impresionistas franceses, las guaridas de blues y las pizzas gigantes!
Eve había emprendido su profesión viajera al separarse de papá y ver partir al último hijo de casa. Para ella, viajar era una forma de llenar, con el mundo, los vacíos de quien se va.
Pero los vacíos son una enfermedad autoinmune que vencen cualquier voluntad. El dinero enflaquecía hasta quedar reducido a una pensión volátil, y los encierros de mi madre aumentaban de peso y tamaño. Comenzó a entristecer más de lo recomendable. En una charla llena de zozobra, le platiqué de esto a mi padre, y él, poderoso y guapo, a la voz de «No te preocupes, aquí estoy yo», tomando fuerzas de pasado, comenzó a cortejar por segunda vez en su vida a mi madre. En un viaje a Huatulco en el que se desposarían por segunda vez, mi amá volvió a perder el conocimiento de tanta felicidad: ella por fin colmaría su vida de compañía y asomos al mundo.
Pero, ¡maldita sea!, lleno de celos y mala voluntad, el señor Destino les cerró el paso una madrugada en la que mi padre despertó pegando gritos: su médula espinal se había infartado en un trauma repentino, cultivado en silencio durante años. Y quedó inmóvil en su cama, condenado a ser una cosa inanimada, una voz y una conciencia ancladas a un cuerpo inservible. Terminaron, por supuesto, los viajes. Y mamá, tarde tras tarde, revisaba sus álbumes de fotos en las que se veía, sonriente, detener con la mano la torre de Pisa, y nadar en las pozas de Xilitla. Soñando siempre con ser una arqueóloga en Monte Albán o una waitress en un pub de Soho; llorando por su marido clausurado, sollozando por el encierro, por saber que el mundo estaba a la vuelta de la esquina, sobre todo ese Chicago que esperaba a Eve como la chica en desgracia de una peli de policías y ladrones.
Chon, mi padre, en sentido contrario, resistiéndose a su suerte, decidió someterse a la dificultad y los dolores que una terapeuta le obligaba a aguantar. Y salió de cama por propia fuerza hasta que un día de primavera, lo vi pintando la fachada de la casa.
Mamá volvió a florecer.
Los viajes regresaron, pero debían ser a lugares cercanos, nada de avión, nada de loca aventura y desgaste óseo.
Mamá se conformo con esto, al grado de olvidar, por un momento, a Chicago… pero sólo fue un momento: una antigua compañera de viajes, le había marcado por teléfono una tarde infausta:
— Eve, ¡hay una oferta fantástica para un viaje a Chicago, la ciudad de tus sueños! Con que demuestres que eres pensionada y adulto mayor, el viaje te saldrá como a ir a Ixtapa de la Sal. Yo no voy, así que te las verías sola; pero no desperdicies esta oportunidad… que puede ser la última, ya sabes…
¡Vaya «amiga»! Claro que exageraba, pero el precio del viaje todo incluido sí que era de risa, y nosotros, su hijos, le echaríamos la mano. Mamá se comenzó a sobre excitar, a emocionar de más de lo soportable: luego de años, éste sería su primer viaje sola. Sola. La chica desvalida de la peli de gángsters comenzó a comprar dólares y hacer maletas.
Y vinieron las largas noches de insomnio, el vómito y los mareos, los ataques de angustia y las jaquecas. La idea de dejar a su recién recuperado marido, solo en casa, la azotaban con ideas catastróficas. A una semana del vuelo, mamá tuvo una crisis que la llevó al médico: no, no podía viajar en esas condiciones, pero tampoco podía renunciar a su último gran viaje.
Con el corazón estrujado, sin dejar ver la emoción en mi cara de palo, le dije:
«Amá, tienes que renunciar al viaje». Ella necesitaba esta confirmación, el regaño, la imposición. «Perdón, pero Chicago te va a matar.»
En llanto, canceló su viaje. Cesaron los vómitos y los mareos, los cuales fueron sustituidos por una melancolía profunda que no le hacía peligrar su salud, pero que la sumieron en una oscuridad que de golpe la marchitó.

2018, CDMX. Papá ha muerto y mamá ve, noche tras noche, esa película en la que una chica es una hermosa víctima en el caos de Chicago.
Ahora, en su vívida imaginación, ella sigue siendo una exploradora del mundo, y se ve tendida en un lecho imperial del Escorial y comiendo currys picantes a un lado del Ganges. Y es que mamá es un gran viajera, feliz e inquieta, sí…, pero tensa, intranquila y un poco triste.
Nota publicada originalmente en la Revista de Interjet.