Blanca mentira

A estas alturas de la vida es difícil saber cuál fue la primera mentira que dijimos. Tal vez fue una donde culpamos a nuestro hermano por lo que hicimos o un inocente «se me olvidó».

Si las mentiras tuvieran color según lo que encubren, podríamos decir que las blancas son las más inocentes y las negras, pues las que guardan todo menos inocencia.

En ese caso un «se me olvidó» podría ser una mentira blanca si por flojera no fuimos a comprar un encargo; pero sería negra si el mismo encargo no hubiera sido hecho porque en realidad gastamos el dinero en cigarros. Bueno, eso sería más bien gris, pero la idea es esa.

El asunto está en recordar en qué momento una blanca mentira pasó por todos los colores hasta ser negra, porque debió haber algo que deformara la sinceridad.

Tal vez fue después de un enojo, luego de una decepción o (léase con ironía) al descubrir una mentira.

Lo cierto es que detrás de las mentiras hay motivos que podrían desaparecer si nos diéramos cuenta que no son buenos, porque estar enojados, decepcionados o engañados no es bueno para nadie, desencadenan tantas emociones negativas que cambian a las personas, las hacen duras y desconfiadas.

Tal vez no recordemos la primera de la vida, pero ¿cuántas tristezas evitaríamos si a la siguiente mentira que digamos nos diéramos cuenta que no queremos mentir?