Qué es un MBP y por qué deberíamos empezar por acá

En 2011 un hasta entonces no tan conocido Eric Ries acuñó la palabra MVP en su famoso libro Lean Startup. Para muchos de los que venimos trabajando en esta industria el término nos resulta tan familiar como un café Starbucks. Si ese no es tu caso, podríamos sintetizar el término de la siguiente manera:

Un MVP (Minimum Viable Product) es la versión más concisa y pequeña de un producto que desarrolla un equipo para obtener la mayor cantidad de feedback y validaciones con usuarios al menor esfuerzo.

Detrás de este concepto se escondía una enseñanza muy poderosa: antes de lanzar un producto o servicio al mercado debemos desarrollar una versión básica de la solución que permita poner a prueba la idea sobre un grupo contenido de usuarios potenciales. Las enseñanzas que podamos tomar de esta experiencia nos servirán para validar si vale la pena invertir esfuerzos y capital para su desarrollo oficial.

En poco tiempo el concepto de MVP adoptó mucha popularidad y Silicon Valley se encargó de hacerlo norma. En una cultura obsesionada con la filosofía “Move Fast and Break Things” una metodología que nos permite validar ideas con el menor esfuerzo posible llevó a que un gran porcentaje de emprendedores considere que es posible escalar una compañía Early Stage con un producto en pésimas condiciones. No me malinterpreten, hay productos mediocres que lograron pasar la prueba de la escala, pero estos no son la regla. Son la excepción.

Sucede que muchas startups iniciales suelen confundir simpleza y agilidad con velocidad. En vez de invertir esfuerzos en una buena experiencia y conocer a sus usuarios para entender el problema, creen que lo importante es salir al mercado con algo que funcione y que una vez que tengan feedback de los usuarios habrá tiempo para trabajar en una versión más trabajada y pulida.

Pero lo que para ellos es un MVP, para el usuario es una aplicación inservible y sin sentido.

Compañías como Medium, Slack y Stripe fueron capaces de anticipar esto y decidieron ir por el camino opuesto, ese en donde es menos probable que la regla de que 9 de cada 10 startups fallan no parezca estar a la vuelta de la esquina. Construyeron un producto simple, conciso y al poner al usuario en el foco de la experiencia y decisiones lograron captar la atención e interés del primero y segundo casillero de la curva de adopción:

Product Adoption Curve

La decisión de estas compañías de construir un MVP pensando en la experiencia y problemas reales del usuario antes de salir al mercado no solo les valió la fidelidad de su audiencia sino que junto con toda una ola de startups que pensaron igual crearon un efecto colateral:

Las personas comenzaron a volverse más exigentes con los productos digitales que consumían.

En 2014 el periodista y escritor Británico James Wallman publicó un libro en donde presenta un nuevo término para identificar una realidad que nos atraviesa a todos: “stuffocation”. En palabras del propio autor la define como:

La sensación que nace cuando tenemos que enfrenarnos a un montón de cosas que no utilizamos hasta encontrar lo que necesitamos, o cuando recibimos algo y nuestra primera sensación no es un “gracias” sino unn“¿qué te hizo pensar que yo usaría o necesitaría esto?”. En vez de seguir pensando en objetos materiales como algo positivo, ahora pensamos que más cosas equivalen a más problemas, más para gestionar y para prensar. Si nos sentimos abrumados y sofocados por las cosas, entonces estamos sintiendo “stuffocation”.
Fuente: Stuffocation — An Interview With James Wallman

El término me pareció fantástico porque finalmente le da un nombre a un comportamiento social que no podemos seguir ignorando: frente a un mundo saturado de estímulos y ofertas hemos desarrollado un rechazo a la acumulación de objetos sin sentido para dar lugar a aquello que realmente nos brinda utilidad. ¿Por qué tener un auto si podemos usar Uber? ¿O por qué tener una casa de verano si podemos alquilar un Airbnb en cualquier parte del mundo?

Según James Wallman, progresivamente la tendencia cultural del siglo 21 irá abandonando el materialismo para darle lugar a una nueva protagonista: las experiencias.

Estoy convencido de que Eric Ries tuvo muy en cuenta la importancia de crear productos que agreguen valor a las personas. A fin de cuentas es una de las razones por las que se creó la metodología Lean Startup y la esencia de la filosofía MVP. ¿Pero qué hacemos con la experiencia?

Say hello to the Minimum Beautiful Product

El término lo leí por primera vez en un artículo escrito por Hayden Bleasel en donde describe un concepto que también se lo conoce como MLP (Minimum Lovable Product).

Un MBP (Minimum Beautiful Product) es una invitación a replantearnos la manera en la que creamos productos digitales. Si integramos todos los beneficios que nos regala la metodología Lean con herramientas propias del Design Thinking podemos construir productos con mucho más valor agregado y hallazgos detectados sin comprometer significativamente los tiempos de desarrollo. El resultado será un producto mejor que aquellos que directamente fueron a la etapa de desarrollo sin tener en cuenta las necesidades y características de nuestro usuario.

A veces los emprendedores cometen el error de querer llevar su producto a todos los usuarios, cuando en realidad es mucho más valioso definir uno o dos perfiles de usuarios que estratégicamente contribuyan al crecimiento del producto en la instancia en la que se encuentra y progresivamente expandir su alcance. Teniendo en claro las características y necesidades de estos perfiles podemos detectar la utilidad principal que necesita nuestro usuario y orientar los esfuerzos en crear una experiencia única que enamore y aporte un valor real a nuestra audiencia.

No nos confundamos, cuando hablamos de adoptar una práctica orientada al MBP no pretendemos sacrificar valor por buen diseño y experiencia de usuario. Al contrario, se trata de complementar ambas fuerzas para construir una solución que tanto en lo funcional como en su experiencia resulta útil, simple y amigable. La única manera de llegar a esto es invirtiendo tiempo en conocer a las personas.

¿Cómo podemos hacer la transición a un MBP?

Existen muchas formas que contribuyen a crear productos que las personas aman usar, y aún así el condimento secreto que todas utilizan es siempre el mismo: poner al usuario en el centro de todas las decisiones. Dicho esto, podemos comenzar haciendo la transición de un MVP a un MBP de cuatro maneras:

1. Define un perfil de usuario inicial

Como mencioné anteriormente, no podemos crear nada que genere un impacto positivo en las personas si no tenemos en claro a quién nos estamos dirigiendo. Querer abarcar la mayor cantidad de perfiles posibles de un mercado es una decisión que puede significar el fracaso anticipado de tu proyecto (y no queremos que eso suceda).

Un primer paso puede ser llevar adelante una investigación cualitativa a través de encuestas y métricas que te permitan tener un contexto inicial sobre las necesidades y deseos de un nicho de mercado para luego pasar a una investigación cualitativa con entrevistas para profundizar lo recolectado con información detallada y valiosa para tu producto.

2. Soluciona un problema y soluciónalo bien

Es muy común caer en la tentación de sobrecargar el producto con funcionalidades extras con la intención de construir una herramienta más completa. Pero si en cambio mantenemos el foco en trabajar sobre el problema más importante de nuestros usuarios podemos ofrecer una solución más eficiente, validar ideas y progresivamente crear un producto completo que responde a necesidades reales de nuestra audiencia.

3. Los tests de usabilidad son la respuesta

No hace falta tener el producto funcionando para poner a prueba las decisiones tomadas.

Es muchísimo más valioso proponer ideas, hacer un prototipo y testearlo con usuarios que tomar decisiones aleatorias sin la garantía de que la propuesta conduce a la mejor solución. Este camino no solo nos ahorrará discusiones innecesarias sobre cuál propuesta es la indicada sino que tendremos una nueva oportunidad para acercarnos a las personas y obtener insights valiosos sobre cuál es la mejor manera abordar el problema que estamos trabajando.

4. El secretó está en los detalles

Retomando la postura de James Wallman, vivimos en un mundo en donde la experiencia es la norma, no la excepción. Aquellas compañías que logran crear emoción y conexiones sinceras con su audiencia son las que podrán marcar una diferencia en el mercado.

Una correcta ejecución del diseño en armonía con el contenido y la identidad de marca del producto contribuyen a crear experiencias memorables y placenteras.

Hagamos un ejercicio. Si tuvieses que elegir entre estas dos laptops por su presentación, ¿con cuál te quedarías?

Lo mismo pasa con los productos digitales.

Conclusión

Cuando Eric Ries creó el concepto de MVP nos compartió un arma poderosa para crear productos y servicios que agreguen un verdadero valor a las personas y que podría resumirse en una palabra: validación e iteración constante.

Construir un producto hoy no es igual a lo que fue hace 5 o 10 años atrás. Los usuarios se han vuelto cada vez más exigentes con lo que consumen y ante la sobre demanda de propuestas resulta más desafiante que nunca captar la atención de nuestra audiencia e influenciar en sus comportamiento de uso. En una cultura cada vez más visual e inmediata lo primero que pasa por el filtro de los usuarios es la simpleza y valor que aporta la herramienta a nuestras vidas.

Ser más estratégicos, observadores y atentos a los detalles nos puede abrir puertas que la ansiedad y la improvisación nunca pudieron. Tal vez es momento de ir más allá de lo viable y empezar a crear productos que la gente ame usar.