Lo que aprendí en Hiroshima

Nikkeis en el Monumento a la Paz de los Niños (Genbaku no Ko no Zō)

A todos nos enseñaron en la escuela sobre las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, y siempre que el tema entraba en discusión en el salón, todos me volteaban a ver para asegurarse de no tocar fibras sensibles mientras estábamos en clase, como si yo — por ser mitad japonesa — fuese a tener algún familiar fallecido en dicho evento. Afortunadamente ningún familiar mío falleció el 6 de Agosto de 1945 en Hiroshima, ya que mis antepasados provienen de la prefectura de Kumamoto que se encuentra a 2 horas de ahí.

La experiencia más cercana que tuve a la Segunda Guerra Mundial fue a través de mi obachan a quien le tocó vivirla en carne propia. Recuerdo que cuando éramos chiquitos, mi mamá nos contaba que mi abuela tenía que esconderse bajo tierra cuando sonaba la alerta y la única comida que llevaba al escondite era la cantidad de arroz que cabía en su mano.

Este relato me parecía irreal cuando era más chica y hasta hace poco me resultaba difícil de imaginarme esa situación. Gracias a las clases de historia en la escuela pude saber un poco más de la Segunda Guerra Mundial en Japón, pero digamos que todo seguía sintiéndose como de película porque creo que dentro de mi, yo no quería imaginar a mi abuela así.

El tiempo pasó y los relatos comenzaron a tener más detalles pero igual era un tema que preferíamos no tocar; uno de ellos es que mis bisabuelos les enviaban comida desde México a Japón y allá sus abuelos la repartían a sus vecinos para que tuvieran algo que comer durante la guerra. Cuando nos sentábamos mi mamá y yo a ver películas en Netflix con mi obachan, siempre me recordaba antes que a ella no le gustan las películas sobre la Segunda Guerra Mundial para no ponerlas.

Cúpula Genbaku en Hiroshima, antes era el Product Exhibition Hall

Todos estos relatos se hicieron reales cuando fui a Hiroshima en febrero de este año. Lo primero que noté al llegar es que era una ciudad hermosa con altos edificios, restaurantes, bares, tiendas… Y no parecía que hace tan sólo 71 años había estallado una bomba atómica ahí y que además había destruido casi toda la ciudad. Pero lo que más me impresionó fue el Hiroshima Heiwa Kinen Kōen o el Monumento a la Paz de Hiroshima que es literalmente un parque cuyos monumentos se relacionan a la caída de la bomba atómica como la Cúpula Genbaku, la Estatua de los Niños de la Bomba Atómica, Monte Conmemorativo de la Bomba Atómica, Cenotafio de las Víctimas Coreanas, el Cenotafio Conmemorativo, con la inscripción «Descansad en paz, pues el error jamás se repetirá», la Llama de la Paz que permanecerá encendida hasta que la amenaza de la aniquilación nuclear desaparezca, la Campana de la Paz que los visitantes pueden tocar en honor a la paz, la Sala Nacional Conmemorativa de la Paz de Hiroshima, las Puertas de la Paz y el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima.

Haber visitado de uno a uno todos estos monumentos hizo que me transportara a ese día en que miles de personas murieron, hizo que mi empatía se basara en experiencias reales, pero lo peor no sucedió en el parque, sino en el museo.

El Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, foto de Japan Guide

Al entrar al museo sentí mucha pesadez, realmente no quería entrar, pero los que me conocen sabrán que soy muy fan de los museos así que después de pensarlo un par de veces por fin lo hice. Recuerdo haber entrado al museo con Hisae y ya casi no tenía espacio en mi celular para tomar fotos, así que en cuanto comenzó la exhibición le pedí que las tomara por mi y después me las pasara, cosa que no hicimos porque después recordé que son fotos que no quisiera enseñarle a mi abuela.

Esta era la segunda vez que Hisae iba al museo, para mi era la primera. La exhibición estaba llena de hechos históricos, vestigios de la bomba, pero lo que más me llegó fueron los testimonios de los sobrevivientes de la guerra y cómo describían aquel día. El que más me impactó fue el de un sobreviviente que dijo que era todo tan horrible que podías ver la carne de las personas desprendiéndose de los huesos mientras caminaban, o la gente que para aliviar el dolor que le provocaban las quemaduras por la radiación, corrían al río y sin saber, terminaban muriendo ahí por la reacción que tenían los químicos con el agua.

Uniforme escolar conformado por las prendas de 3 estudiantes de Hiroshima: Eiichi Tsuda, Hajime Fukuoka y Masayuki Ueda.

Mientras caminaba, llamó mi atención un uniforme escolar que estaba en la exhibición. El uniforme era pequeño, quizá de un niño que tenía 11 o 12 años de edad. Al leer la descripción supe que el uniforme en realidad era de 3 niños que estudiaban secundaria: la gorra pertenecía a Eiichi Tsuda de 13 años, la camisa y cinturón era de Hajime Fukuoka, y las polainas y pantalones de Masayuki Ueda. En cuanto leí el apellido me quedé helada y fue difícil contener el llanto, en ese momento muchas cosas pasaron por mi cabeza… El apellido de mis dos abuelos es Ueda, ambos provienen de Kumamoto, a sólo 2 horas de Hiroshima y fue aquí cuando pensé “podría haber sido mi abuela, podría haberle pasado a ella”…

Y no estaba tan errada, Estados Unidos había elegido a Hiroshima de entre una larga lista de ciudades porque nunca había sido bombardeada y sería fácil que se notaran los efectos de la Bomba-A en el lugar. En Abril de 1945, la lista de posibles regiones a atacar con la bomba también incluía a: la Bahía de Tokio, Kawasaki, Yokohama, Nagoya, Osaka, Kobe, Kioto, Hiroshima, Kure, Yahata, Kokura, Shimonoseki, Yamaguchi, Kumamoto, Fukuoka, Nagasaki y Sasebo. En Mayo, la lista se acortó a Kioto, Hiroshima y Niigata. En Junio se removió a Kioto de la lista y se agregó a Kokura, quedando esa ciudad junto a Hiroshima y Niigata. Finalmente, en Julio se decidió que Hiroshima sería el target principal, en Agosto se atacaría en el siguiente orden: Hiroshima y después Nagasaki.

El pensar que la bomba pudo haber caído en Kumamoto me sigue aterrando: Hace un par de meses, entre sueños, confundí una tormenta en la madrugada con la caída de una bomba atómica y me desperté con pánico. Corrí a mi ventana para abrir las persianas y asegurarme de no ver el cielo rojo o alguna nube en forma de hongo.

Haber pasado por ese museo y por fin ponerle cara a todas esas personas que fallecieron por la bomba atómica hicieron que me conectara de manera surreal con una parte de la historia que en México sentimos muy lejana y sólo podemos tocar en los libros de historia.