Velocé

NASA, ESA/Hubble & the Hubble Heritage Team

Era la mitad de un día de mediados del año, Velocé en cuclillas lloraba por que se sentía sola, se sentía decepcionada del mundo y de sí misma, la razón: aún ignota para ella. De pronto, de aquel lugar afuera de su hogar, se levantó y comenzó a correr en un suelo alfombrado de hojarasca; esquivaba las ramas y troncos de los árboles, sus cortas piernas le daban bastante impulso, su cuerpo blanquecino impermeable acumulaba pequeñas gotitas del rocío, sus grandes ojos negros se limpiaban por la velocidad de las lágrimas derramadas, su gran cabeza sin cabello (característico de los ellior) cortaba el viento, y desde los cielos los dioses veían a una pequeñita ellior moverse a toda velocidad entre árboles desnudos de hojas, tal y como Velocé estaba, ya que comúnmente los ellior no usan vestimenta.

Increíblemente, corrió durante horas y el lugar empezaba a transformarse; nunca se había alejado tanto de su hogar. Pétalos de flores caían sobre sus hombros, provenían de árboles parecidos a los alerces que si tenían hojas y, además, colores iridiscentes, lo que les daba una apariencia jovial. Al caer sobre el suelo, los pétalos se fundían formando someros chacos; un bosque nuevo y majestuoso aparecía frente a sus ojos, inconscientemente se dirigió a la tierra onírica. Abrió sus manos y dejó que los pétalos rozaran grácilmente sus palmas y el dorso de éstas; al entrar en contacto con su piel sentía un sobresalto divino, leve, y sutil en cada centímetro de su cuerpo. Volteó al cielo y vio que la cantidad de estos era mucho mayor de lo que se había imaginado: ¡llovían pétalos! Era una tormenta de ellos. Pisaba los charcos de colores violáceos, rojos y rosados, y sentía una frescura maravillosa cuando sus piececillos se ungían en ellos. “Este lugar es fantástico”, pensaba, y disfrutó abrazando los coloridos árboles, saltando de charco en charco, extendiendo sus brazos para agarrar pétalos; regodeándose, giraba extasiada de semejante espectáculo. Entre tanta vuelta y algarabía sus pasos la llevaron hacia una esfera gigante suspendida como metro y medio sobre el suelo. Una portezuela apareció de la nada en la esfera, y también unos escaloncillos. Velocé fue subiendo hasta llegar a la puerta que era exactamente de su tamaño. No tenía manija, así que la tocó suavemente con solo un dedo y la puerta se difuminó. Una luz blanca totalmente deslumbrante la impedía ver más allá de su nariz. Velocé aun así entró. El brillo disminuía y Velocé empezaba a distinguir lo que le rodeaba; se encontraba en una verdadera mansión de muchos metros cuadrados, el lugar no encajaba con la esfera a la que se supone había entrado; todo era blanco, el techo que llegaba a una altura bastante considerable, los muros de mármol y también el suelo integrado de mosaicos, no parecía haber ventanas y no se veían muebles, tampoco cortinas ni adornos; por dentro la mansión parecía, además de muy pulcra, tener una forma cúbica pero más bien era como un cubo deformado con salientes o desniveles en el suelo. Al dar un paso un sonido hizo estremecer a Velocé, retiró el pie para ponerlo de nuevo donde estaba, pero se llevó tremenda sorpresa cuando al pisar el mosaico en el que se encontraba inmóvil se oyó otro sonido, dirigió su mirada a sus pies, y pisó otro mosaico, y otro sonido resonó en toda la casa, el ruido curiosamente parecía llegar del centro de la mansión y no del suelo, pero definitivamente se escuchaba al pisar los mosaicos. Otro mosaico pisado y otra nota se hacía oír; aparte el suelo cambiaba momentáneamente de color al pisar los mosaicos. La nota duraba el mismo tiempo que el color que aparecía en el piso blanco, y también un color distinto para cada nota se vislumbraba aunque fuera muy suave el cambio. Velocé estaba dispuesta a pisotear una más cuando escuchó:

–¿Qué haces pequeña?

A toda velocidad Velocé retiró su pie y se quedó muy quietecita, pero al pisar para mantenerse en esa posición, el sonido que hasta ese momento parecía el de una cuerda, resonó como si fuera uno de viento, cuya intensidad aumentó, por lo que tratar de pasar desapercibida resultó completamente inútil. Su rostro lo decía todo, parecía una pequeña tratando de ocultar que había cometido una travesura.

Quien hizo la pregunta era un harand, tenía un rostro alargado que terminaba en una enorme boca con dos delgados y no muy largos tentáculos que pendían de su corta barbilla, su piel era café y tenía unos ojos más grandes que los de ella, pero similares en estructura: totalmente negros y sin parpados; a diferencia de los ellior, los harand si utilizaban ropas, y aquel personaje llevaba una camisa blanca, con encajes en las muñecas y el cuello. Sobre la camisa, un chaleco azul cielo de tela, un pantalón café y zapatos abiertos estilo sandalias; lo más llamativo era que estaba repleto de cadenas, collares, pulseras y demás adornos en todo su indumentaria.

–Veo que otra ellior nos visita. Mucho gusto, mi nombre es Bredan –Dijo con una voz tranquila que denotaba vejez–, y no debes avergonzarte, estás en tu casa, todos los ellior son bienvenidos aquí.

–P-perdón señor yo… este, mi nombre es Velocé y gracias por la bienvenida –por fin habló Velocé.

–¿Sabes por qué supe que te avergonzaste pequeña? –preguntó Bredan.

–No, ¿por qué?

–Pues por el sonido que resonó cuando pisaste ese mosaico. Todos los mosaicos tienen un único tono específico, ninguno de la misma frecuencia, pero su timbre se debe a la emoción que cada persona siente al instante en el que los pisa, y la intensidad de la emoción que ésta experimenta se escucha reflejado en el volumen, siempre y cuando su pie este descalzo. Por supuesto, la duración depende de la voluntad de la persona; cuanto tiempo deja su pie en cada baldosín.

–¡Woaaaa! ¡Increíble! ¿Me permite pisar otros? –dijo admirada la ellior.

–Por supuesto, Velocé, ya te dije que esta es tu casa.

Velocé comenzó a caminar pisando diferentes mosaicos, su jubilo paulatinamente crecía y los discretos pasos cambiaron a desinhibidos brincos. Comprobó que podía acomodar los baldosines con la disposición que ella quisiera de acuerdo a su creatividad.

Y después de que Bredan le permitió jugar un rato, dijo:

–Supongo, Velocé, que ya sabrás la regla de hay entre ellior y los harand por visitar nuestros respectivos pueblos.

Velocé seguía saltando.

–¿Una regla?… No, no conozco esa regla. ¿Cuál es?

–La única regla por visitar nuestro pueblo es que aquel ellior que lo haga, debe otorgar algo a cambio; lo que sea, o mejor dicho, lo que considere que es valioso tanto para él como para el que lo recibe. Se lo puede dar a cualquier harand que encuentre y al que quiera, mientras no lo haga, no debe regresar a su pueblo.

–¿Qué pasa si alguien no da nada a cambio? –preguntó Velocé mientras seguía saltando.

–Curiosa pregunta. ¿Es acaso que no deseas entregar nada, Velocé?

–No, claro que no, sólo tengo inquietud de saber.

–Pues nunca me ha pasado que algún ellior no entregue algo a cambio, de hecho esta regla sólo aplica para ustedes y los Norithy, porque en realidad son muy honestos, a diferencia de otras criaturas quienes tienen que pagar una cantidad fija dependiendo del tiempo y las cosas que vayan a hacer. ¡Y ya no hablar de los Grindenors a quienes les está vedada la entrada!

Por fin dejo de moverse Velocé.

–¿Qué es vadedos?

–Se dice vedados. Vedar o vetar es cuando se le prohíbe algo a alguien –le explicó Bredan.

–¿Y por qué los Grindenors están vetados en este lugar?

–Los grindemoldsgrindenors no pueden estar en estas tierras por su tremenda necesidad de violencia y destrucción, este lugar los altera más de lo que ya están; , son muy malvados. Tan sólo nombrarlos me traen malos recuerdos. a mi mente y no preguntes porqué por favor.

De pronto

Velocé parecía angustiada, enseguida dio unos cuantos pasos y en la mansión resonaron notas melancólicas; eran desagradables, Bredan no lo soportaba.

–¿Pequeña, qué pasa? ¡No hagas eso! –Bredan se exaltó un poco, la pequeña Velocé se detuvo inmediatamente.

–Lo siento, señor, no era mi intención, es que salí corriendo de mi hogar sin ningún regalo para ofrecer, y no sé cómo voy a pagar.

–No te preocupes, no es necesario dar algo material, ya que no es un pago, debe ser un regalo de voluntad, por lo tanto puede ser de cualquier índole.

–Espero no volver a hacer sonar así los “cuadritos”. Sí se escuchó muy feo.

–Lo sé, pequeña, a todos nos sucede, pero para evitar esos horripilantes sonidos yo uso este calzado –y le mostró unas chinelas de lo más extrañas–, mejor siéntate, pequeña, disfrutemos de profesionales que nos diviertan un rato.

–Bueno –dijo simplemente Velocé.

Un pedazo del suelo se abultó y formó un sillón de igual manera blanco y de diseño tortuoso pero agradable.

Bredan llamó a algunas harand hembras que vestían unos tutús irisados y leotardos blancos igual que su piel. Todas ellas tenían una pequeña cabeza redonda y eran delgadas pero de alguna manera eran muy bellas y realmente exhibían mucho glamour, clase y estilo.

Sendos movimientos desplegaron las bailarinas con sus brazos, muñecas, manos y dedos, inclinaban el cuerpo de hermosa manera y posteriormente sus muslos se movieron dando lugar a los pies con los que se empezaron a deslizar sobre los mosaicos, cada zapatilla daba un sonido diferente, el suelo destellaba multicolor, todas las bailarinas coordinadas formaban de manera augusta una armonía sin precedentes en los sentidos de Velocé, a veces adoptaban una formación que las hacía parecer un único ente con muchos pares de brazos y piernas, a veces lo suficientemente separadas como estrellas en la bóveda celeste, era un sueño contemplar eso. Las luces de la mansión que al principio provenían sólo del suelo, progresivamente se expandían sobre los muros hasta llegar al techo: todo cubierto de luces, todo resonando melodiosamente, abrigando a Velocé en una sala inconcebible que le arrebataba el aliento. Apenas una emoción la estrujaba y ya otras muy potentes y gratas asechaban en el medio. Las contrastantes luces, así como las bailarinas, se plasmaban en un fondo oscuro debido a la atención tan inmensa en la mente de Velocé que solo captaba la magia del baile, sonido y esplendor que sus sentidos recibían, todo lo demás quedaba opacado; todo esto aunado a los bellísimos zapatos de las harand moviéndose con imponente versatilidad sobre el piso, además de la fascinante coreografía, lograron conmover a Velocé.

El ballet de ensueño culminó de manera gloriosa, Velocé y Bredan aplaudieron efusivamente, y con un ademán de gratitud las bailarinas se retiraron por el mismo pasadizo por el que llegaron, sin hacer mucho ruido.

Velocé tenía en su mirada una luz de complacencia, por lo que Bredan ni siquiera le pregunto si le había gustado; era obvio que sí. ¡Más que eso!

–Bien, pequeña Velocé, es hora de dormir, ya es tarde –le indicó Bredan–. Este sillón será tu cama si así lo deseas.

Bredan se levantó y se dirigió a un muro que se transformó en escalera, subió por ésta y antes de desaparecer por otro muro le dijo a Velocé:

–No te preocupes si más tarde necesitas ir al baño o se te antoja algo, acércate a cualquier muro, piensa en que quieres, cualquier cosa: si quieres abrir la puerta de un baño o la de un frigorífico, ¡o lo que se te ocurra! Y No importa cuánto ruido hagas, en la habitación a la que voy no puede escucharse nada externo. ¡Adiós! Al despertar te llevaré a un magnífico lugar.

Velocé sólo mencionó.

–¡Gracias, señor Bredan, que descanse!

A Velocé se le ocurrió algo y comenzó a bailotear en aquel singular piso e hizo de las suyas. Hasta que se sintió muy somnolienta se acercó a un muro, abrió la puerta que apareció y entró a una recamara acogedora de cuyo piso salió una grandiosa cama blanca y allí cayó rendida.

Después de unas horas (ya que de día era y de día seguía siendo cuando durmió y despertaron) Bredan llamó a Velocé antes de bajar las escaleras sin notar que Velocé estaba justo enfrente del primer escalón ya lista para viajar al sitio que él había mencionado.

–¡Vaya! No pensé que estuvieras preparada tan pronto. ¡Muy bien! ¿Quieres algo de desayunar? –le dijo Bredan.

–No, gracias, ya entendí como funciona esto: pensé en la puerta de un frigorífico y tomé lo que se me antojó, pensé en una mesa y ésta apareció, pensé en que todo estuviera preparado y entonces los platos y cubiertos estaban en la mesa junto con el banquete que imaginé –respondió Velocé con una tierna serie de pantomimas que acompañaron a sus palabras.

–¡Aprendes rápido, pequeña! Pues hecho todo eso, habrá que ponernos en marcha.

–¿Usted no va a desayunar? –preguntó Velocé un tanto consternada– ¡Lo siento, no pensé en usted!

–No te preocupes, Velocé. –Bredan abrió una puerta pequeña que apareció de la nada en el muro y cogió una especie de tubérculo y lo comió.

Estas raíces tienen todo lo que necesito para no pasar hambre por hoy. Y del muro-puerta también sustrajo un bastón.

–¿También necesito yo uno de esos?– Preguntó ella.

–No, tú estás muy joven, resistirás muy bien la travesía así.

–¡Bueno! –exclamó contenta la pequeña ellior.

Y Velocé y Bredan salieron al bosque de pétalos. Ya no llovían más de éstos pero aún quedaban charcos que reflejaban a las nubes su color carmín.

Bredan mostró a Velocé el horizonte donde se encontraba una eminente montaña. Ya desde aquella distancia, Velocé alcanzaba a vislumbrar que había vegetación en la ladera, más arriba la neblina no dejaba ver más de la imponente montaña.

Bredan que era bastante alto caminaba con la bajita Velocé a su flanco derecho. Después de un largo recorrido de varias horas llegaron a las faldas de la montaña, varios Harand estaban ahí pero también había muchos otros ellior y unas cuantas criaturas más de otros pueblos. En general cada criatura que no fuera del pueblo iba con uno sólo harand, esto hacía a los harands como los guías de una expedición, aunque a ellos no les gustaba que los catalogaran como eso.

Por la cantidad de gente parecía que este recorrido era muy cotizado, y ampliamente popular, pero Velocé no sabía con exactitud por qué.

Como siempre, se escuchaba a humanos quejándose, y a harands que trataban de razonar con ellos.

Velocé y Bredan comenzaron a subir la pendiente y desde el principio aparecieron cosas peculiares, de vez en cuando pequeñas rocas rodaban cuesta abajo como era naturalmente comprensible, pero sucedía también que otras parecían rodar ¡hacía arriba!

Y como si eso no fuera suficientemente extravagante: cuando de repente una de las rocas se encontraba con otra, una subiendo y otra bajando, eso daba lugar a un inocente estallido. Chispas saltaban o pedacitos salían despedidos y si alguno de estos llegaban a Velocé, esto le provocaba una risa singular.

En el camino cualquier cantidad de animales y plantas pintorescos se veían, muchas de esas plantas tenían flores. Bredan le explicó que el viento arrancaba los pétalos de aquellas flores y por eso a veces llovían pétalos, y que las sustancias del suelo provocaban la fusión de los pétalos haciéndolos líquidos.

Velocé iba disfrutando, aprendiendo y observando. Una pequeña oruga amarillenta le cayó en el brazo, Velocé la veía moverse: despacio, tranquila; su sosiego le admiró. Una criatura tan hermosa que aspira a ser más hermosa aún y no tiene prisa por serlo. Repentinamente se posó en su extremidad y con entereza caminó para retornar muy posiblemente al árbol en donde se preparaba para ser una crisálida. Calmada y sin descuidado arrebato seguirá su camino. Velocé la deja en el suelo para que ella haga su senda. Pasadas algunas horas, el crepúsculo se hizo notar pincelando el cielo de marrones, rojos y muchos anaranjados; el ambiente que les rodeaba ahora tenía un marco más lustroso. Luego quedó extasiada con una flor del tamaño de un oso, cuyos pétalos movió para adentrarse en ella y vio sus enormes estambres. Ahí dentro sentía cobijo en la oscuridad que sólo era parcial porque sobre ella aún entraba luz del sol filtrada por esos pétalos rojos. Se recostó sobre uno de ellos, era muy suave y de textura y aroma muy gratificantes.

Jugó con Bredan: entré los dos se aventaban fragmentos rocosos con los que no paraban de reír por su efecto de delicada causticidad. También observó algunos organismos que al principio confundió con paraguas flotantes, por su similitud con éstos, pero con más atención se dio cuenta de que eran animales que prácticamente “nadaban” en el cielo; tenían colores diáfanos y le parecían ingentemente atractivos.

El cielo empezaba a desplegar colores de atardecer más persuasivos, la puesta de sol comenzaba por fin, aunque esta tardaría en marcharse casi hora y media. Mientras el sol se notaba paralelo a las montañas lejanas.

A cierta altura nieve ardiendo caía del cielo pero no quemaba al tocar la piel, era como si cientos de malvaviscos brotaran sobre su cuerpo; otra obra deleitosa de este pueblo, Velocé no dejaba de pensar eso.

Frente al tronco de un árbol poco iridiscente, Bredan se detuvo y lo golpeó con su bastón, el tronco era hueco, y con sus manos hizo crecer la apertura quitando fragmentos de madera hasta hacer un hoyo tan grande para que la cabeza de Velocé cupiera.

Ven pequeña, asómate aquí y voltea hacia arriba.

Velocé obedeció y metió su cabeza en el tronco, todo estaba oscuro, pero pronto miles de pequeñas caras azules se prendieron; al menos eso le parecían a ella que eran, en cualquier otro momento y lugar Velocé hubiera sentido miedo por aquello que parecían rostros extraños azulados, pero en ese momento sentía mucha curiosidad y algarabía.

–Ahora retira tu cabeza –dijo Bredan a la osada ellior.

Y cuando ella obedeció, miles de mariposas de piel oscura salieron de aquel tronco, siendo sus alas lo que parecían antes caras, y Velocé de nuevo quedaba maravillada. Las mariposas en conjunto volaron por encima del árbol, el azul de sus alas se entremezclaba con el amoratado del cielo; un olor afrutado se manifestaba entre la escena, las mariposas dieron una pirueta en la copa del árbol y se metieron de nuevo por un orificio que no alcanzaban a ver ni Velocé ni Bredan. Inmediatamente después de ello, Bredan giró su bastón, desenroscó la punta de éste y saco un tubo que contenía una especie de aceite que untó con sus manos en la parte donde hizo la abertura; el tronco se regeneró mágicamente.

Ya habiendo subido por mucho tiempo, a Velocé se le ocurrió preguntar:

–¿A quién vamos a ver?

–Eres muy perspicaz. ¿Cómo sabes que vamos a ver a alguien y no algo?

–Hemos estado viendo cosas tan increíbles, que yo ya estoy satisfecha, sin embargo tú sigues subiendo tratando de encontrar la cima decisivamente, no creo que sea por algo, creo que es por alguien… creo que es por un dios –dijo Velocé.

Bredan viró su cabeza para ver a Velocé y le sonrió de cariñosa y a la vez de astuta forma. Velocé le regresó tan expresiva sonrisa con una suya muy pícara.

–Dracorea. A él vamos a ver –Le dijo Bredan.

–¡Qué raro nombre! No había oído hablar de él.

–Preferimos decirle así, en lugar de Horsigehtasseuecto, ya te imaginarás porqué.

–¡Oh, claro!, de él si he escuchado, el dios que parece dragón.

–Así es. ¡Mira Velocé! –Y Bredan señaló hacia el cielo. Las auroras boreales de Harand siempre han sido las más bellas.

La aurora ataviaba el cielo de los Harand, Velocé ya no creía ver algo más espectacular hasta ese momento. ¡Pero eso lo superó todo! ¡Simplemente magnánimo! Y al voltear hacia abajo notó miles de puntos coloreados, era el pueblo de Harand visto desde donde los dioses lo hacen; teñido de todas formas. El mundo harand nunca había parecido tan excelso como desde esa perspectiva. En la oscuridad aun moza del cielo se arremolinaban luces en diversas direcciones; parpadeaban, unas más intensas que otras, dándole vida al cielo inerte. Se desplazaban en bandas acariciando la atmosfera una y otra vez. Cuando se unían las bandas de luz, el vehemente brillo parecía guiñarle a Velocé, mientras al otro extremo otras bandas se extinguían. El cielo le coqueteaba galantemente.

–¡Velocé ven! He encontrado el camino a la cima. ¡Acompáñame! –gritó muy animado Bredan.

Velocé guardó aquel recuerdo en la mayor cantidad de neuronas para que nunca olvidara semejante pintura, desactivó fugazmente su retina, dio un profundo suspiro y se echó a correr para ir a la par de Bredan.

–¡Lo hemos logrado! ¡Por fin llegamos a la cumbre! Tal vez ya lo hayas oído pero en verdad es muy difícil encontrar un camino que termine aquí, la montaña es un laberinto sinuoso siempre cambiante hacia arriba, por lo que algunos riscos o rocas hacen imposible seguir subiendo, y si intentaras circundar la montaña sólo te arriesgarías a que un animal te ataque, perderte para siempre o hasta ilusiones como oasis en los desiertos que hacen enloquecer y perder la noción del tiempo-espacio. No es la primera vez que llego pero si la más fácil y placentera que me ha parecido. Dracorea debe estar de buenas por habernos facilitado el camino. Y ahora observa bien porque en cualquier momento aparecerá.

Velocé escribió después.

“La neblina a esa altura impedía ver bien el cielo o la tierra, pero era absolutamente asombroso estar ahí. Cada segundo parecía multiplicarse exponencialmente, el frio congelaba mis manos y pies, además del rostro, pero seguía inmóvil e impaciente esperando que un dios se presentara en aquella cumbre frente a mis ojos. De pronto enormes alas abrieron las nubes desde abajo y una silueta femenina asomó. Primeramente tenía la apariencia de ángel; quedé un poco desconcertada porque yo tenía entendido que Dracorea, como lo llamaban los harand, era un dragón. Pero pese a ello, la angelical silueta me pareció muy hermosa con sus alas desplegadas que sí parecían las de un dragón.

Después salieron de las nubes sus piernas, pero el ángel siguió subiendo y debajo de éste parecía haber la nariz de un reptil, el ángel rotó hacia la derecha y pude apreciar que lo que realmente parecía ser un ángel era el punto medio de la cejas y la frente del dragón, pero como su piel en ese punto del rostro tenía una cutícula gruesa y de otro color que la del resto, se creaba la ilusión de estar viendo un ángel. La piel real del dios era verde azulosa, tenía gigantescos ojos amarillos como los de un reptil, su cuerpo era como el de una serpiente: tan largo que no se veía el final de él, con escamas más abultadas en el dorso. Las alas del ángel realmente eran del dragón pero como su cuerpo estaba totalmente recto cuando se presentó estas aparentaban ser de la silueta. Su respiración se hacía sentir a pesar de estar todavía a más de una decena de metros, la calidez de ésta era reanimadora después del esfuerzo consagrado por estar ahí.”

Horsigehtasseuecto sacó su enorme lengua y la puso frente a las diminutas criaturas (Velocé y Bredan). Comparándolos eran como dos pulgas frente a una anaconda. Velocé retrocedió un poco cuando vio tan imponente músculo acercarse a ella escurriendo plastas gigantescas de saliva.

–La leyenda dice que si tocas la lengua de Dracorea, harás que él pruebe tu sabor, y a la vez te permitirá que sientas lo que él siente. Así que no tengas miedo en tocarlo –Mencionó Bredan.

Bredan y Velocé se acercaron y sincronizados trataban de poner sus manos en la lengua de Dracorea. Velocé observaba como sus deditos distendidos se alejaban de sí misma hasta llegar a la lengua de Dracorea; su lengua era pulposa, irregular y hasta rasposa, sentía que atrapaba su manita; luego ya se sentía más acolchonada, la saliva suavizaba la piel. Velocé aplicaba mayor presión con su manita y al hacerlo de pronto todo su cuerpo se estremeció de placer. El dios y ella estaban conectados. Su cuerpo comenzó a sudar -lo que no es muy común en los ellior-, sus grandes pupilas se dilataron más que nunca; millones de pensamientos, figuras, personajes y criaturas pasaron por su mente, así como lugares, paisajes, y momentos; todos agradables, todos emocionantes. Pasaron como una ráfaga por su cerebro. Y de pronto Velocé veía lo que Dracorea veía: la montaña desde más arriba que antes. Sintió como si ella fuera el dios y desplegó sus alas para emprender el vuelo. De un impulso dejó la montaña a lo lejos, veía como el cielo se despejaba ante ella; su cuerpo se ondeaba y sentía un vértigo superior al que había experimentado como “mortal”. Ahora ella reinaba los cielos. Ahora tenía poder ilimitado para viajar a donde quisiera. Ahora no había obstáculo que no pudiera enfrentar y sobrepasar.

A toda velocidad caía en picada y hundiéndose en el mar se sintió espléndida. Veía la vida en el Océano Parmasco: los peces y toda la fauna eran desplazados por la onda de agua que anunciaban su imponente y largo cuerpo; en su viaje sólo veía miles de puntos dejados atrás. La velocidad aumentaba, el cansancio era inexistente, la libertad se presentaba como única protagonista, sobresaliendo a cada latido; emergió, insistió en rondar un poco más los cielos. Se aproximaba a los pueblos de toda “Asilenbept”. Uno sólo de sus rugidos amedrentaba a los animales más temidos, un solo batir de sus alas y se alejaba a miles de metros de la decadencia mundana. ¡Era libre, más libre que nadie! Con un poder tan asombroso que llegaba hasta un punto empíreo. Capaz y desinhibida se erguía ante el mundo. Mostrando el dominio que ejercía por sobre todo el universo, salió de la atmosfera de Asilenbept y vio trillones de estrellas, parecía que incluso podía modificar su tamaño a conveniencia, pues la parte del cuerpo de Dracorea que abandonaba el planeta era más inmenso ahora. Veía las estrellas como pelotas pequeñas, ahora ella era tan grande que la cola aún estaba en Asilenbept mientras que su hocico olfateaba el espacio interestelar. Podía agarrar las estrellas con sus enormes patas, cuyas falanges tenían enormes garras; y sentía como algunas estrellas centellaban en sus manos, eran las palpitaciones de cuerpos celestes; ardían, pero su espíritu lo hacía con mucha más fogosidad. Una estrella le llamó la atención más que las demás; centellaba también y tenía una textura distinta a la de las otras. Después de la brusca euforia en la que había entrado, esa estrella la apaciguó; la tomó y sintió una empatía reparadora; sintió recuperar algo perdido. Velocé vio cómo su pata de pronto ya no era de escamas, parecía blanquecina y de tez delicada, como si fuera la suya realmente y no la de Dracorea, pero aumentada varias veces de tamaño, y su mano absorbía lentamente aquella estrella. El lugar adornado con las demás estrellas por doquier se convertía en una habitación cúbica; el universo se encogió y apretujó, quedando como los muros de un cuarto. Velocé enrolló su cuerpo y permaneció en ese lugar tan apacible: un rincón del universo sagrado donde hacía mucho no sentía tanta seguridad; tanta calma, como si todo estuviese en su lugar y nada en desorden. ¡Todo equilibrado por fin, nuevamente! Su corazón y la estrella palpitaban ahora al unísono, ese sentir fue muy profundo y restaurador pero muy familiar al mismo tiempo, lo cual resultaba extraño porque era la primera vez que ella y Dracorea se conocían; pero poco importaba el sentido en ese mundo surrealista que al final parecía brindar respuestas emocionales que jamás se habrían podido comprender de manera fría y racional.

Se movió de ahí y se proyectó hacía el sol: sintió su temperatura confortante. ¡No había más! ¡No había nada igual a eso! ¡Nunca nadie la iba a poder entender porque Eso no es posible describirlo!

Cuando Velocé despertó del trance en el que entró, se dio cuenta de que viajaba apaciblemente sobre el lomo de Dracorea, y dentro de su mente escuchó como el dios se comunicaba con ella.

“Por fin despiertas, Velocé. Bredan lo hizo hace mucho y lo dejé en la puerta de su hogar, haré lo mismo contigo.”

–¡Eso fue muy gratificante! — dijo Velocé con una amplia sonrisa en su rostro que transmitía total satisfacción.

–¡Pero todavía no, Dragoncito, todavía no puedo ir a mi casa! ¡Necesito darle mi regalo a Bredan!

“Está bien.”

Dracorea dio excelsa vuelta en el aire en dirección a la casa de Bredan.

En el camino, Velocé iba tocando las coloridas nubes. A una le arrebató una enorme parte que se echó a la boca, y descubrió que tenía un sabor fabuloso, así que decidió probar otra de otro color.

–Sabes, Draco, este lugar es mejor de lo que había soñado. ¡Gracias por permitirme estar aquí! –dijo Velocé embriagada de honesta fruición.

“A mí no me tienes que agradecer nada, yo sólo soy un dios”

–¡¿Qué dijiste?! –Velocé reaccionó ante eso último que creyó escuchar de Dracorea; parecía una noticia bastante impropia de un dios. Pues se supone que ellos son los mandamases de todo: los dueños, amos y señores de la vida de los mortales. ¿Por qué un “dios” diría que “sólo es un dios”, si un dios lo es prácticamente todo?

Dracorea bajó justo en donde vivía Bredan, se quedó suspendido en el aire con el batir de sus majestuosas alas. Tomó con sus gigantescas patas anteriores a Velocé extendiéndolas sobre el suelo para que ella pudiera bajar de forma sencilla.

“Adiós, Velocé. ¡Gracias a ti!”

Velocé se quedó de pie frente a la esfera policromática de Bredan, pasmada, viendo como Dracorea se alejaba a toda velocidad de aquel lugar por los mismos cielos que ella ya había surcado sólo algunos instantes antes. Todavía antes de dormir y emprender este viaje, cuando Bredan estaba en su habitación, Velocé (mientras bailaba y jugaba sola) había hecho aparecer un armario que resguardaba todos los zapatos que Bredan y sus bailarinas tenían; se probó varios pero hubo unos que le encantaron. Bailó y practicó con ellos; pensaba dedicarle una melodía a Bredan, pero en ese momento sus intenciones cambiaron. Entró por la misma puerta por la que desde un inició entró, los mismos escaloncillos bajaron y de igual manera los subió. Ya en la mansión, Bredan la esperaba y ella le dijo.

–Anoche estuve practicando porque te quería obsequiar una sonata con unas zapatillas que me gustaron mucho, pero ahora ya me arrepentí.

Bredan se quedó sorprendido, de pronto pensó que en verdad Velocé no le daría nada a cambio. Él no deseaba recibir algo, pero las palabras de la pequeña le hicieron sentir que ella no había pasado un rato agradable con él.

–Ya no voy a bailar con las zapatillas. Antes me daba pena hacerlo descalza porque no quería abrir mis emociones con un extraño, pero… ¡Sabes, Bredan, ya no lo eres! Así que lo haré así tal como soy.

Y Velocé bailó descalza dejando que sus pies mostraran la gratitud, el respeto y la alegría que sentía por el grandioso comportamiento que Bredan, sin esperar nada a cambió, había tenido con ella. Velocé comenzó muy lento, con quietud movía su cabecita de lado a lado y cruzaba sus piernecitas, daba brinquitos; su baile se hizo muy rítmico, aun tranquilo, alzaba sus manitas y giraba, los colores conquistaban ternura. Ese baile no era común, tenía la magia de la entrega, de la sinceridad y amor por lo que sentía ella de sí misma, de lo que había vivido y de quienes habían estado junto a ella en ese momento tan especial. El baile de Velocé fue hermoso. Bredan quedó encantado; ella le hizo recordar a la única nieta que había tenido, la cual lamentablemente murió cuando su pueblo fue atacado por un ejercito de grindemoldsgrindenors para extraer alucinantes potentes de la fauna onírica.

Con lágrimas en sus ojos Bredan se acercó a Velocé, la abrazó cariñosamente y beso su frente; curiosamente a Velocé ese acto de Bredan le hizo recordar a su abuelo, quien ya tampoco estaba presente en Asilenbept. Esa fue su despedida.

Velocé iba camino a casa bajo una noche plena, excelente para el momento. El sitio también estaba acorde a lo que en ese instante ella era. Pasando por el bosque de pétalos, que tenuemente se veían, toda la ansiedad había desaparecido, se esfumó de su ser en donde se encontraba atrapada, y fue liberada como en las estrellas se libera la presión del interior y termina por expulsar lo que ya no le confiere para continuar su ciclo; así en ella esa tensión acumulada crecía como crecían las complicaciones que ella misma atraía; despojarse al fin de eso era un alivio; lo sabía y amaba eso. Miró hacia el cielo y recordó cuando ella era Dracorea; recordó cuando tomó la estrella. En Asilenbept y en muchos otros lados existe leyenda que dice: “Todas las criaturas tienen designada una estrella en el universo, cuando la criatura muere la estrella que lo representa empieza a centellear porque la chispa de su vida es trasladada a ella por los dioses”. Recordando todo esto, Velocé entendió a quién representaba aquella estrella que ahora está palpitando animosamente junto a su corazón.

Su abuelito estaba de nuevo junto a ella.

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