MI AMIGA LA TRANSFORMER


Yo tenía una amiga que se transformaba. Y no se transformaba en algo bonito o en algo bueno, no; mi amiga era una Decepticons.

Al principio no sabía cuando se iba a transformar, me tomaba por sorpresa; yo podía estar normal con ella, viendo una película, disfrutando los dos, llegaban los comerciales y aprovechaba para entrar al baño un momento pero cuando regresaba, encontraba en la cama a la niña de “El Exorcista” vomitando barbaridades en contra del protagonista de la película por haber dejado plantada a la novia. Además, por algún misterio en el universo femenino, yo por ser hombre, tenía algo de culpa, así que también recibía parte de las putiadas, y sacaba a discusión trapitos y reproches que no tenían nada que ver, como el día que le serví primero la cerveza a su hermana que a ella.

Llegué a pensar que sus transformaciones eran por culpa de su visita mensual, de su periodo, que menos mal ya le dicen así, no hay palabra más fea en el castellano que menstruación, tanto que yo de niño pensaba que las mujeres se transformaban en monstruos una vez al mes, después crecí y comprobé que era verdad. Pero no era por eso que cambiaba, llegué al punto de llevarle registro de su calendario hormonal para tratar de evitar sus transformaciones, pero nada.

Ya las transformaciones de, llamémosle “Carmen” para no decir su nombre verdadero y además, porque no hay nombre más perfecto para una transformer: CAR — MEN. Bueno, ya sus cambios pasaron de ser simples pataletas a ser transformaciones completas de personalidad: a la Carmen normal le gustaba el rock, el pop, baladas americanas, etc. La Carmen Decepticon solo oía reggaetón y vallenato. A la Carmen normal le gustaban series de t.v. como The Walking Dead o Game of Thrones, la Carmen Decepticon veía Jersey Shore. La Carmen normal era muy relajada, tanto que si pasaba una mujer bonita por al lado, me hacía señas para que la mirara. La Carmen Decepticon no hacía sino hacerme preguntas trampas, esas que no sabes qué responder:

-¿Oye, viste cómo estaba de linda hoy Caro?

-¿Quién? (la primera opción es hacerte el pendejo)

-Carolina, se le veía bonito ese jean nuevo, ¿no?

En ese momento mi cerebro entraba en huelga, y yo caía en el eterno bucle del “sinonosisi”

-¿Si?, no, no, ¿si?, no sé.

Cualquiera fuera mi respuesta salía perdiendo. Con el tiempo aprendí que lo mejor en esos momentos era ponerte en “Modo Avión” y dejarla que hablara sola. Quedaba como estúpido, pero nunca perdía una pelea.

Decidí andar con mucho cuidado para evitar que mi amiga se transformara: no dejaba nada de ropa sucia por ahí regada, siempre subía la tapa del inodoro, porque no hay algo que más odie una mujer, que un hombre que no suba la tapa. Es es un trauma incrustado en su ADN, claro que por ahí hay unos hijueputas que no suben la tapa ni para tomarse un yogurt.

A pesar de todos los cuidados que yo tuviera, mi amiga siempre encontraba una razón para transformarse, así que resolví ir siempre al baño de la tienda de la esquina, esos baños con torniquete y de entrada a $200 si es para el 1 y a $1.000 si es para el 2, en un tipo de PAY PER CAGA.

Intenté de todo para saber cuál era la causa que hacía que Carmen se transformara, pero nada, ni Robert Langdon, el del Código Da Vinci, pudo descifrarla. Así que ahí sigue, transformándose cada día más seguido y sin razón alguna, eso sí, bien lejos de mí. Opté por alejarme y seguir oyendo rockcito y viendo The Walking Dead desde la tranquilidad de la soledad.

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