London calling: verano en Central Saint Martins.

Hace dos meses, escribía en este Medium que estaba a punto de irme a Londres a hacer un curso de verano en la Central Saint Martins. Y ahora estoy aquí para contaros mi experiencia.

Todos los veranos, la Universidad de las Artes de Londres (UAL), propone unos cursos de verano que duran entre unos días y varias semanas. Estudiantes de todo el mundo viajan para tener clase con muchos de los mejores profesionales en el mundo del diseño. Central Saint Martins es referente para cualquier estudiante de diseño y durante mucho tiempo soñé con estar algún día dentro de esa fábrica vieja que es ahora la escuela.

Después de haber acabado la carrera y tras un curso de innovación y un máster de negocios, sentía que mi ritmo de productividad se había frenado, que dedicaba todos mis esfuerzos al trabajo, y que mi potencial creativo necesitaba un empujón. Fue ese el origen: un hormigueo que me indicaba la necesidad de pasar tiempo haciendo algo que me inspirase. Y fue como encontré el curso de 100 design projects.

La premisa ya es de por si emocionante. Durante cinco días, se realizan numerosos assignments de distinta naturaleza, pero con un denominador común: muy poco tiempo para realizarlas. En el post anterior, os conté que el profesor del curso sería Rod Judkins. Pues bien, si leer sus libros fue toda una aventura, conocerle en persona fue simplemente un regalo.

Rod tiene una concepción del tiempo y la obra artística muy influenciada por Pablo Picasso, quien trabajaba en su estudio en varias obras simultáneamente. Pintar durante un rato corto y luego retirarse a hacer escultura, le permitían tener una mirada fresca al volver a enfrentarse al cuadro que había dejado previamente, llenándole de energía y ayudandole en la construcción de su obra.

A lo largo de los cinco días de curso, esto se hizo patente, ya que teníamos tareas asignadas en las que la más larga podían suponer 20 minutos, y la más corta, no más de 5. Esto hacía que tu cerebro se esforzase al máximo por conseguir alcanzar el objetivo de cada pieza. Tanto, que incluso en alguna ocasión, la voz de Rod para anunciar que finalizaba el tiempo parecía la de un hipnotizador que te saca del trance.

Para que entendáis mejor de lo que os estoy hablando, os cuento directamente cómo fue la semana allí, desde que mi avión despegó de Barajas hasta el último día de curso.

Salí un día antes para poder acomodarme en mi apartamento de Finsbury Park, a tan solo dos paradas de King’s Cross St. Pancras, el metro más cercano a la UAL. Con las prisas, no hice bien el cálculo y llegué demasiado pronto al aeropuerto. Y así, con cara de sueño, ropa de viajar y una maleta me acudí a mi puerta de embarque.

Después de coger un tren desde el aeropuerto de Stansted llegué a mi destino. Salí de la estación y me dirigí a conseguir mis llaves a un casillero con contraseña. Cuando ya por fin conseguí entrar en el apartamento, dormí un poco y gasté el resto de la tarde en explorar la ciudad.

Ahora sí, empezamos con lo bueno.

Por ser el primer día, los alumnos teníamos que llegar antes para poder acreditarnos. Tenía ganas de aprovechar un poco la mañana así que salí a desayunar fuera y a dar un paseo desde la abadía de Westminster hasta la escuela.

Para acceder al campus de Granary Square, tienes que atravesar un puente, que más tarde aprendería que era lugar de reunión a la hora del almuerzo. Tardas unos cinco minutos desde la estación y la plaza donde se encuentra la escuela es esta:

Una explanada con cuatro fuentes, food tracks y el propio edificio de la Central Saint Martins, un antiguo granero reconvertido.

¿Os parece alucinante por fuera? Pues mirad por dentro:

El hall de Central Saint Martins

Atravesé las puertas de cristal para que me dieran mi carnet de la universidad. ¡Iba a ser oficialmente estudiante de la Saint Martins!

Ya era mío. El personal de la escuela me indicó que debía buscar el cartel con el nombre de mi curso y esperar.

Llegué la primera así que me dediqué a curiosear el edificio y observar a los estudiantes que podrían ser mis compañeros de clase.

Los cursos de verano solo permiten un máximo de 15 alumnos, para garantizar que es lo más personalizado posible.

Cuando estuvimos todos, apareció Rod, el profesor. Se presentó y nos llamó uno a uno para comprobar que no faltaba nadie. Las nacionalidades eran diversas: Hong Kong, Bélgica, Rusia, Estados Unidos, Vietnam, Brasil…

Y entonces llegó el momento de atravesar los tornos para poder acceder a las aulas y empezar el curso.

Rod hizo que nos presentáramos, diciendo de donde veníamos, que habíamos hecho anteriormente y porqué nos apuntábamos al curso. Sólo otra chica y yo habíamos leído su libro. Nos puso en contexto sobre el curso. Y empezamos.

Para romper el hielo y entender las dinámicas, nos repartieron un carboncillo y unos folios llenos de letras en diferentes tipografías. Las instrucciones eran sencillas: el profesor elegía una letra, por ejemplo una “A” y nosotros buscábamos una tipografía que nos gustase y la dibujábamos en nuestro papel, sin indicaciones del tamaño o la orientación. Tras repetir esto con varias letras, nos levantamos a exponer nuestras composiciones.

Primer ejercicio

No voy a extenderme a lo largo del post explicando cada uno de los ejercicios. Primero porque sería un rollo y segundo porque si alguien quiere ir a hacer el curso no quiero destripar todo lo que hay.

Lo que si quiero es dejar claro que es lo que se busca y lo que se obtiene. Fijaos en este ejemplo tan sencillo la de variaciones que hay. Todos tenemos una H, una A, una S, una C y una O. Pero no hay ni un solo dibujo igual.

Este fue el pistoletazo de salida del curso. A lo largo de los cinco días, hubo tareas más de diseño, otras más artísticas y otras más técnicas. Pasamos por numerosas categorías, desde cartelería hasta packaging.

→ El resto de las tareas de ese día fueron: crear un mapa de lo que habíamos hecho esa mañana antes de ir a la escuela, diseñar la tarjeta de crédito de nuestros sueños, maquetar la portada de una revista de tipografía, idear la nueva escultura que se alzara en lo alto del National Bank, reinventar los billetes de nuestro país, crear un nuevo logo para la ciudad de Las Vegas y diseñar una tipografía solo con dos elementos geométricos básicos.

Una locura.

Pero lo más bonito y lo más interesante, es que mientras dura la tarea, todos tus sentidos están concentrados en conseguir el mejor resultado para cada uno de los enunciados.

Cada día, hacia las cinco, todos colgábamos nuestras creaciones, y empleábamos una hora en verlas detenidamente con el profesor, para analizarlas y explicarlas. Esta fue mi parte favorita.

Excepto el primer día, el resto de los días tuvieron un tema. Durante el primer rato de clase, el profesor nos hablaba de distintos artistas y era en cierta manera como repasar Historia del Arte, antigua y contemporánea.

El material de este día fueron las temperas. Trabajamos sobre colores, eligiendo cuales eran aquellos tres que nos representaban. Los usaríamos a lo largo de toda la sesión.

→ Las tareas de ese día fueron: crear un logo para tu imagen personal, generar doce patrones con los tres colores, elegir uno de esos patrones y estampar un mensaje polémico en un bolso, explicar con un visual thinking lo más detallado posible quién eres, de donde vienes, que has hecho, que te interesa.

Una de las cosas que más me gustó del curso es que, exceptuando el día anterior, en general los materiales eran libres y los formatos también. Esto hacía que cuando colgábamos todo en las paredes, muchas veces no supieras qué trabajo era cada pieza. Era realmente interesante ver cómo cada uno elegía las técnicas a su favor, para poder producir de la manera en la que sintiera que iba a funcionar mejor.

Crescendo | Subito | Forte | Repente.

Como yo estaba ahí para probar, intenté elegir técnicas en las que nunca me he sentido muy cómoda, como el collage. Me sorprendí a mi misma cogiéndolo con ganas y experimentando.

→ Las tareas de ese día fueron: diseñar un cartel en contra de las redes sociales, como sería el escudo de Bill Gates, o la bandera de Internet; también pensamos como sería el dibujo que le dejaríamos a los marcianos, diseñamos un tatuaje para un robot, repensamos el nuevo símbolo del infinito, creamos un cómic con personajes geométricos y construimos nuestro reloj soñado.

El cuarto día nos hicieron salir a la calle e intervenir un poco la ciudad. Con elementos plásticos, el profesor nos pidió que en grupos, acudiésemos a un barrio cercano a la universidad e hiciésemos un poco de arte urbano.

→ Otras tareas de ese día fueron: aprender a construir, coser y pegar un libro, diseñar la portada de nuestra autobiografía, dibujar a todos los personajes de la universidad, intervenir un billete de 10 libras, diseñar un cartel para que la gente aprenda a leer, crear un logo para libros de fotografía, hacer un objeto en 3D que fuera un trampantojo y diseñar una estantería.

→ Las tareas de ese día fueron: inventar nuevas señales de tráfico para representar casos como “Poets Crossing” o “Time Portal”, diseñar una colección de sellos para Marte, escribir e ilustrar un hate-mail, construir una casa solo con elementos recortados, inventar como sería un juguete que nos representase, pensar en un puente que uniese Oriente y Occidente y dibujar lo que más amasemos u odiásemos de Londres.

Sinceramente, no quería que se acabase.

Rod Jundkins y yo

Creo que hay tres cosas muy bonitas que me ha dado esta experiencia:

  • Hay tantas soluciones como personas. Todos somos diferentes y con herramientas distintas los resultados pueden ser completamente dispares. Aprender de cada uno de ellos, entendiendo como habían enfocado su tarea ha sido lo más enriquecedor.
  • No tener miedo a experimentar. A veces es bueno salir de tu zona de confort y buscar otras maneras de enfocar las tareas, especialmente en los campos creativos. Tanto los cambios de técnica como la producción distribuida en tiempos cortos me ha hecho reflexionar sobre la manera en la que produzco.
  • Construir el camino. Escuchar cuando necesitas algo que te ayude a crecer, darte la oportunidad de probar cosas y exponerse a aquello que te produce curiosidad.

Además de cursar, me dió tiempo a ver bastantes cosas de la ciudad, y aunque esta era mi cuarta vez en Londres, ha sido mi favorita. He visto la Tate Gallery otra vez, fui a South Bak Gallery, pasee por el puente de Londres, subí a Sant Paul’s Cathedral, intenté tomar té en Fortum&Maison y vi el Design Museum.

Además, las estrellas debieron alinearse y resultó que en la misma semana se realizó en Londres la primera Conferencia Internacional de Diseño en Gobierno. El evento estaba organizado por los chicos de GDS, referente mundial en temas de Service Design in Government.

Estoy particularmente interesada en diseño centrado en el ciudadano y pertenezco a un grupo de práctica que investiga y escribe artículos sobre este campo.

Por lo tanto, por las mañanas acudía a las clases y por las tardes a la conferencia. Podéis investigar todo lo que pasó a través del hashtag #GovDesign en Twitter.

En resumen. Vaya pasada de viaje. Lo pasé genial y aprendí un montón.

Todo esto ha sido posible gracias a Celera, la asociación para acelerar el talento de los jóvenes españoles que me hizo parte de la familia hace tres años y que tanto voy a echar de menos cuando se termine el programa. Esta formación se corresponde con La Gran Oportunidad, un regalo que me han hecho para que pueda seguir creciendo y construyendo mi camino profesional.

Gracias también a Designit, que me ayudaron con presupuesto de formación y a todas aquellas personas que me animaron y me siguieron durante mi aventura.


Originally published at medium.com on September 13, 2018.