Propósitos

… Y otros autoengaños

Hay gente que cada 31 de diciembre o primero de enero, se propone cumplir ciertos propósitos. Su pretexto es el año nuevo claro. Iniciar un nuevo ciclo nos permite pensar en los cambios que queremos para nuestra vida y los vicios que queremos abandonar. Y como ya todos para el último día anual estamos bien gordos, la culpa empieza a brotar y nos inclina a prometer(nos) metas para ser una mejor persona.

Puff.


La primera vez que yo dije un propósito fue como a los 15 años. Mis tías me obligaron mientras me atragantaba con 12 uvas, un atole, pastel de carne, pasta de coditos y ensalada de manzana (alcohol no, porque entonces no me daban ganas de beber entre familia) y unas papitas de botana. Creo que tomé escuer para pasarme los bollos y engañarme como si bebiera tequila. Entonces me auto-exigí dejar de masturbarme. A más de una década de ese propósito puedo festejar no haberlo cumplido ni un solo día.

Desde entonces he estado al pendiente de los propósitos de otros. Yo no tengo la culpa, ellos son los que me cuentan. Me dicen “Pinche Oscar, este año ya no la voy cagar con mi vieja”. Y bueno, me acuerdo que es mejor haber fracasado en la ridícula imposición de no masturbarme tanto y le doy una palmada a mi amigo. “Ándale sí” en tono de Tío borracho.

Sin embargo 2016 fue algo raro. No me propuse nada y terminé cumpliendo cosas que ya deseaba hacer desde hace mucho. Mandar a la mierda los prejuicios -propios y ajenos- por ejemplo. Las pequeñas victorias tardan años pero llegan y no dependen de comer frutas durante cada campanada.

Este año, que ya cumple 11 días, sí tengo una lista de cosas que quiero hacer y pendejadas que quiero evitar. Algunas regresarán estos 12 meses, lo sé. Ni modo, pero muchas otras las puedo suprimir lo sé, porque sinceramente ya no me divierten o ya no van conmigo ni mis perspectivas hacia lo que quiero vivir o llegar a ser por mínimo. Decía entre broma y sarcasmo (para disimular que es en serio) que en 2017 ya no quiero ser tan cabrón. El “tan” me escuda de ser completamente un tonto e ingenuo, pero me limita a abandonar completamente un rictus diario que no pedí, pero que uso con alevosía y ventaja como cualquier sádico encontrado un masoquista para acompañar sus veladas. Yo soy látigo, pero quizá haya encontrado a un león que me devore. También necesito dinero para ser una mejor persona; lo digo como directriz irónica aunque en el fondo no me caería mal una lana para ayudar a mis padres.

Lo de cabrón es una broma (o no), pero hay metas que sí quisiera saldar más que conquistar o cumplirlas. Las veo como deudas adquiridas para mí mismo, con mi familia, hacia mis amigos, desde el amor mismo y con un deber de la vida. Al momento no puedo decir si van bien o mal porque todavía no llegamos a la primera quincena. Pero llevo doce días sin fumar, lo que supongo ya es algo. Y no es que yo fuera un fumador empedernido, pero las oficinas sirven de pretexto para adquirir muchos hábitos nocivos: inventar chismes, envidiar a quien no conoces, pensar que eres superior o criticar nalgas artificiales. Fumar es el menor de estos vicios, pero por algo se empieza y quizá se acabe abandonando toda pretensión de superioridad y actitud de amargura y desencanto metafísico.

Me tengo que ir porque otra meta/deuda/propósito/proyecto a largo y corto plazo/ y/ deseo anual es escribir más pero no tan azotado. Quiero pensar que voy bien con eso, aunque ya no sé ni puedo adivinarlo. Solo sé algo con seguridad y certeza: que este año, ya no me importan los propósitos que involucran propósitos ajenos.


Ah, por cierto. Sí, tengo una hojita con proyectos para este año pegada encima del calendario 2017. En ella incluí cosas muy graciosas. Si la completo, seré el primero en elaborar una burla a tan ridículo ritual. Déjenme, todos tenemos derecho al autoengaño y la crítica mordaz de decirnos “ponte verga wey, ni que fuera tan díficil”.