Volutas


Ya he perdido el olor de los duraznos

Mis ojos ven fantasmas en la gente al pasar

Ya he cambiado de piel en estos días

Hoy soy otro

Y cuando paso no me ven

(Miguel Abuelo)

Yacía acostado en la cama, medio atravesado, como a quién no le importa nada. A ésa hora, después de trabajar, todos los días, había una botella de cerveza sobre la mesita de su habitación. Y, al lado de ella, como un escudero vikingo, peticito y rubio, un vaso lleno.

Acostado. Con la mente derramándose –y su cuerpo también- como el agua de los baldazos que alguien gigante arroja a la costa desde el medio del mar. Dibujando con su cuerpo, en una danza inmóvil, el horizonte. Fumando, quieto, pensando y dibujando tal paisaje de trigales secos, padeciendo la misma quietud, la de los trigales inmensos abarcando el horizonte.

Vivía solo, no hace mucho. Ésta es la segunda vez, tan distinta a la primera cuando era soltero. Cuando era una aventura. Hoy, separado de Carla y de la hija que tuvieron juntos, está acostado terminando su cigarrillo rubio y su cerveza pilsen iluminado por la tenue luz de un velador.

Y la punta del cigarrillo, en la penumbra, es una luciérnaga que desaparece tras el borde del colchón en cuanto deja caer el brazo. Se va como el sol del atardecer y reaparece para pitar de nuevo. Mientras, en la mesita, la botella se eleva como si Don Quijote se hubiera escapado de las páginas amarillentas y, acompañado de su escudero, lo miraran fijo como a una víctima de sus armas. Y, atrás, el velador, con la luz cálida y tenue a la vez (Porque tenue y cálida no son antónimos), le daba a las volutas una imagen más tangible, una sensación de que eran duras y filosas.

Ahí acostado, sin música, sin radio y sin tele, sólo podía soñar despierto. Cerrar los ojos e imaginar al sol bañando las hamacas baratas de colores chillones, a Silvina en un vaivén y sobre ellas; y a Carla ahí. De nuevo una familia. Pero, cuando abrió los ojos un instante, llamó a la luciérnaga de atrás del colchón, llamó a ese cigarrillo que volaba como un hada madrina de aspecto infantil hasta sus labios. Y, otra vez, vestida de blanco, se fue al borde de la cama. La botella y el vaso seguían con su aspecto nórdico patrullando la mesa. La mesa se convertía, para él, en una atalaya de juguete. Y las volutas la rodeaban desencajando así el ambiente lúdico que formaban. Volutas que seguían floreciendo del cigarrillo tirado, sin aplastar y en el suelo.

Todo mal. Soledad. El último de la noche y no fumo más. Como un cohete espacial, sosteniéndolo por el filtro y encendiéndolo con la otra punta hacia abajo, en forma vertical, empezó el otro cigarrillo. Miró a la mesa, tomó un trago y, mientras bebía, una catapulta lo lanzó a la cama de un piedrazo. Era la culpa en sus pensamientos. Así lo trataban sus sentimientos. Y ahí, en medio de esa batalla medieval, con un caballero, su escudero y ahora una catapulta que no sabemos en qué parte de la oscuridad de la habitación está, decidió quedarse en la cama.

En la ventana, la luna era sitiada por las volutas del tabaco. Tanto fue así, que parecía bailar con un vestido hecho de humo emulando a las bailarinas clásicas, a las princesas de Disney, a los personajes de los cuentos que Carla le leía a Silvina.

Nada en la habitación era capaz de hacerme feliz sin la abstracción.

Comenzó a contar para poder dormirse; se propuso llegar a los veintidós millones. Pero, parte de toda la abstracción que venía haciendo — como decir que la cerveza es Don Quijote — fue crear una alegre melodía para su cuenta creciente y lograr dormir. Pero no se puede cantar en medio de una batalla, menos en el medioevo. Mucho menos con esos dos en la mesita tan cerca. Uno, dos, tres…

Y las curvas que dibujaba el humo se volvían más tangibles. No en un sentido figurado, sino de verdad, sentía como le acariciaban el brazo.- ¡Qué bueno! Ahora puedo cerrar los ojos e imaginar que es Carla — pensó. — O mejor no. No sé, la verdad es que no sé.

Y el esbelto Don Quijote con su escudero– que no era Sancho sino un rubio peticito–, en la atalaya mirando la escena. Las volutas de humo se elevaban tomando forma de garras. Cada vez más parecidas a una sola cosa con forma de mano con garras. Y, acomodándose debajo de la cama, el humo del cigarrillo se volvía más tangible, más espeso, más material.

Era un cuadrado con cuadrados adentro. Vista desde arriba, la habitación era eso. Una mesita, cuadradita, que estaba a la mitad exacta de la longitud un rectángulo que tenía un colchón. Un escritorio hecho de dos cuadrados –siempre mirando desde arriba-en un costado y un amplificador.

De abajo del colchón, casi artísticamente, una mano. Una mano hecha de humo de tabaco. Pero mucho humo de tabaco. Tanto, que se podía tocar y cobraba el color de los filtros de los puchos cuando uno los termina de fumar. Una mano que tomó entre sus dedos los laterales de la cama. Cama color pino sin barnizar. Y él, el fumador, no se enteraba de mucho.

La mano de humo tomó a la cama cono si fuese un paquete de cigarrillos. La alejó, la corrió, dos centímetros de la pared. De ésta forma tendría más cómodo el pulgar. La realidad es que la mano ignoraba si había alguien o no en la cama, simplemente la corrió para estar más cómoda. Luego, tanteó con su gigantesco índice para saber qué había sobre el colchón. Y en ésta búsqueda rozó el cuerpo del fumador. Tal roce sólo logró excitarlo un poco; la suavidad del humo le recordó la piel de Carla. Medio borracho y solo, comenzó a masturbarse. Se llevo lentamente la mano izquierda a la entrepierna y con la derecha acarició otra vez todo el costado que la mano de humo tocó sin querer.

La mano, en su inquisitiva venida al mundo, tantea y, aunque es recién nacida — nacida debajo de esa cama– detecta los inconfundibles movimientos del onanismo del fumador. No es bueno estar en esa situación y menos en un primer despertar al mundo. Asco, desesperación, impotencia. Es gigante, pero es solamente una mano. ¿Cómo escapar? Además, si el cigarrillo de debajo de la cama es su madre, él es su padre. Supongo.

Ante tal situación, la mano, intentó interrumpirlo. Lo golpeó y lo golpeó con sus dedos, pero el hombre alucinaba que Carla lo tocaba y que estaban juntos en la cama. La suavidad de las nubes. La mano, por más enojada que esté, tenía la suavidad de las nubes y eso hacía que el fumador se abstraiga más. La mano no sabía que más hacer. Se dio vuelta, apoyó sus yemas y su palma en el suelo. Casi resignada. No soportaba el sonido de los jadeos, los leves movimientos del elástico… Saber que todo contacto que tuvo con él fue para que él disfrute más, le daba una sensación de suciedad, de ultraje.

Palma contra el suelo, la mano decidió retorcerse con fuerza doblando los dedos y apoyando sus uñas color tabaco en el suelo haciéndolas sonar contra las baldosas. Sonó como un chillido agudo, como un llanto.

Mientras se masturbaba, con la cálida mirada de la luna como voyeur, sentía más y más real la presencia de Carla hasta que, de repente, sintió un sonido agudo. Casi como un deja vú, como si estuviera en su casa, con su esposa, teniendo relaciones y fueran interrumpidos por el llanto de la nena. Y el reflejo fue instantáneo. Un reflejo, como cualquier otro; si llora la nena hay que parar y ver que quiere. Él estaba en el cielo, pero oyó ese llanto y descendió, con la misma velocidad de siempre, de ése éxtasis, para despertar en su departamentito, solo y con la pija en la mano y con mucho humo alrededor. Bastó abrir los ojos para darse cuenta de que la realidad era otra. Hacer fuerza para entender que Carla no estaba ahí y que no iba a volver. Iban a volver a verse para poder pagarle la plata de cada mes. Los sábados, Silvina iba a descender con Porota por el ascensor. Tampoco existía la posibilidad de no verla nunca más. A fin de mes, cuando el recibo de sueldo esté firmado y se haya acabado lo del mes anterior, se verían de nuevo. Media vuelta y a abrazar a la almohada, como quien abraza a la mamá cuando tiene cinco años, y a intentar dormir. Apenadísima, la mano, lo abraza entre sus dedos. Y así transcurrió la noche. Y la mano, de alguna manera que no me interesa, se durmió.

Cada vez que uno sirve un poco de cerveza rubia en un vaso, la botella se vacía un poco del líquido que contiene y se llena un poco del aire. Nunca está realmente vacía. Así funciona el tabaco. Llena el espacio vacío. Entonces, si el vacío del espíritu se llena con humo, el vacío existencial de las volutas de humo amarillentas se debe llenar con espíritus.

Soy una mano. ¿De dónde vengo y hacia dónde voy? Nada puede enseñarme ese filtro aplastado que me parió sobre la vida. Estoy solo. Soy una mano hecha de humo y no tengo destino.

No tenés futuro, como pregonaban los punks. Y se drogaban. ¿Con qué te podés drogar vos? No hay nadie más acá para que descargues tu odio amarillento. Sólo te acompañe él.

Así, nuestra mano hecha de humo, con el color de los libros abandonados, invadió la mente de él, metiéndosele por la nariz. Y se encontró con muchísimas cosas abstractas como un carro tirado por tres caballos. Uno de los equinos tenía la cabeza desproporcionadamente grande, otro se destacaba por su inmensa barriga y, al tercero le sobresalían incómodamente las pelotas. Y vio también a dos hombres exactamente iguales de rostro discutiendo; uno de pelo largo, desnudo y con un sánguche en la mano y otro peinado a la gomina, muy serio. Y una vagina gigante con sus bellos púbicos sosteniendo a un hombre, atándolo de pies y manos. Y un obelisco.

Ante toda ésta serie de cosas dispuestas desordenadamente dentro de este hombre dormido, la mano, compuesta por humo y nada más que humo, arremetió contra el obelisco. Y lo arrancó. A la mañana siguiente, al despertar, el varón se sintió raro. Se afeitó y se preocupó por quedar bien afeitado. Tardó mucho en vestirse y salió a su trabajo. Y se sentía raro pero, de alguna forma, más libre.

Así, viéndolo salir por la ventana, la mano entendió el poder psicológico de sus actos. Sin pensar mucho al respecto, la mano permaneció sola en la casa todo el día. Contempló la mañana por la ventana y vio como dos personas mudas conversaban con señas. Dedicó todo ese tiempo a aprender ese lenguaje que ignoraba.

El primer ente hecho completamente de humo de cigarrillo en el mundo permanecía en el departamento donde nunca corría el aire. Supo de su poder cuando logró provocar un cambio en éste hombre. Poder psicológico. Pero la psicología no existe para ella. Está flotando en un departamento azaroso entre todos los departamentos. Pensó, en sus primeros días, que quizá la psicología sería el plano en el que debería moverse. Llegó a ésta conclusión después de observar ese cambio. Pero eso es violencia. Y hoy, después de tanto pensar, concluyó que la psicología no existe. Tampoco existe el humo, el humo me necesita a mí para existir, como la madera necesita a las mesas y el aire necesita quien lo respire.

Porque la mano aprendió a leer, aprendió el lenguaje de las señas y aprendió a indagar ocularmente en el interior de una persona, conoció sobre el subconsciente y sobre la epistemología. Aprendió que todo eso que vio era el espíritu; todas esas imágenes en ese interior humano. Y así decidió que no eran útiles para otra cosa que no sea consumirlas. Poco a poco, se fue alimentando de todo lo que ella consideró espíritu. Pero esa alma y ese espíritu, no eran de ella. Y la sensación de plenitud y la sensación de placer eran efímeras. Quizás, el motivo era que se alimentaba de un espíritu en mal estado, como quién como carne podrida.

Y así, consumiendo todo lo que tenía el en su interior, poco a poco, lo llevó a un estado inhumano. Un estado animal. El primer cambio se notó cuando decidió consumir su lenguaje. La facultad de comunicarse. No dejó de hablar, pero dejó de hablar como él, y sólo él, solía hacerlo. Y ya no sentía tristeza por no poder ver a Carla o por volver a verla. A pesar de toda esa pobreza, nunca dejó de ir a trabajar. La inteligencia no depende del espíritu.

Pasaron los días y el hombre, cada veza más vació de todo, sólo fue un cuerpo y un intelecto andando por el mundo; alimentándose y yendo a trabajar.

Hasta que una semana, la culminante de todas las que transcurrieron, dejó caer el arena de su reloj de vidrio hasta que llegó el día domingo. Un domingo sin responsabilidades. Y estaban ahí en la mesa la botella de cerveza y su vaso medio lleno. Ya no eran Don Quijote y su escudero. Ya no eran una fantasía artística erigida en la mesa del departamento porque la mano, hecha de humo, se comió el arte. Ya no quedaba nada con qué drogarse -o alimentarse; para un ente hecho de humo es lo mismo- en el interior de él. Y él no tenía nada en el interior.

En ésta situación, el hombre abrió la puerta, salió y nunca más volvió. Murió. Se suicido de alguna de las tantas maneras posibles en una ciudad. El humo que tenía forma de mano, capaz de asir cosas livianas se quedó solo en la habitación. Sin ojos para fundir con otros ojos, sin corazón, sin alma, sin espíritu, sin sexo, sin pasado, sin vínculos. En el mismo estado que éste hombre que acaba de morir de alguna forma allá afuera en la ciudad.

La mano, hecha de humo y nada más, ignorando quizás lo valioso del lenguaje que había aprendido, apoyó su palma sobre el suelo e hizo repiquetear sus gigantescos dedos sobre el borde de la cama. Después de pasar un momento haciendo eso, tiró la botella de cerveza al suelo con su meñique del tamaño de un galgo y se acercó a la ventana. Buscó uno de sus bordes y empezó a deslizarse para poder salir al exterior a morir; a disolverse en el resto del aire que rodea a todo éste planeta enorme y quizás mezclarse con la lluvia y caer y volver a subir.

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