El victimario

Photo by Nicolas Ladino Silva on Unsplash

Raúl salió de la casa, tomo el bus más cercano abriéndose paso entre la inmensa ciudad, una ciudad gris y rutinaria. Poco a poco se alejo del lugar donde vivía, variando como era de costumbre los sitios que frecuentaba. Al bajar, caminó por largo tiempo hasta llegar a un barrio de calles estrechas y mal olientes, de casas construidas al ras de los abismos, un barrio de laberintos sin fin. A lo lejos unos cuantos árboles se agitaron silenciosamente. Eran las diez de la noche; esperó paciente cerca de un callejón. Se sentó en el andén y de la chaqueta desgastada sacó un cigarrillo y lo fumó, jugando aparecer y desaparecer pequeños anillos de humo. La luz de los postes era escasa fundiendo su cuerpo con la oscuridad existente. Un dolor de cabeza lo aturdía por momentos. Había bebido de manera exagerada la noche anterior. Por lo demás era un día frío, sin lluvia.

La espera fue poca, en el fondo del callejón se aproximó la silueta de una mujer alta y joven. Tenia el cabello recogido de modo que su rostro quedaba expuesto, era un rostro común, nada exótico: finos labios, frente amplia, pequeños pómulos y unas piernas un poco gruesas y bien formadas, quizá demasiado para una mujer común , pensó él. Cosa que atrajo su atención. Le siguió el paso sigilosamente hasta llegar a una casa que parecía deshabitada. La mujer avanzo con rapidez. Antes de que ella pudiera doblar la esquina, Raúl la increpó colocando el filo de una navaja en el cuello, conduciéndola a un matorral cercano.

Vio el rostro de la mujer pero no hubo ninguna emoción de llanto o desesperación, apenas una pequeña mueca que simulaba una sonrisa. Le dio ira y la tiro al suelo. Con violencia le quito las prendas de la cintura hacia abajo, luego la desnudo completamente, la mujer no opuso resistencia, tan solo se estremeció. El frío de la noche era denso. Sus senos turgentes quedaron el aire, la gravedad hacia lo suyo. La tomo con fuerza, lamió sus pezones endurecidos y paso la mano por el sexo húmedo, la observó sentada apoyada en los antebrazos esperando el siguiente acto.

Extrañado pero arrastrado por sus instintos, se despojo de la ropa y se abalanzo sobre ella, apretó sus nalgas firmes y deseo que el tiempo fuera inagotable, para hundirse en la noche y en ese cuerpo que se le ofrecía. No se detuvo hasta saciarse por completo. La soledad amortiguo los gemidos de la mujer que ahora se agitaba, mientras se hundía en un éxtasis sórdido y sucio. La mujer se divertía. Se detuvo un instante y la observó perplejo, quiso levantarse pero no lo logro; las piernas lo abrazaban por la cintura como un pulpo húmedo y baboso. La mujer reía y jadeaba intentando permanecer en la oscuridad; y obligando a que el se hundiera con ella.

Raúl busco la navaja con la mirada, intento alcanzarla. Inclino el peso de su cuerpo sobre el de ella. Estiro el brazo, los dedos, pero las piernas de la mujer apretaron con más fuerza hacia las costillas, dejándolo sin aire. Poco a poco se fue desvaneciendo. Cerro los ojos. Cuando despertó la madrugada era fría, estaba solo. Busco sus pertenencias pero ya no estaban en el lugar. Allí él y su desnudez, y entre el musgo el brillo de la navaja.