Carta abierta a los juliostrujillos y en defensa de las que prefieren mantener el anonimato,

Hace unos días hice una denuncia anónima para contar un poco de lo que sucedió cuando trabajaba con Julio Trujillo. Al ver el valor de otras compañeras y amigas, me sentí lista para ir más allá de eso. Fue muy difícil escribir este texto, sin su apoyo no lo hubiera podido hacer.

Yo trabajaba como freelance en la Dirección General de Publicaciones, en el área de corrección de estilo. Había estado también en el departamento de edición, por lo que identificaba y convivía con muchas personas de ese lugar. Conocía a Julio desde antes, no era mi amigo, pero sí lo consideraba un colega cercano.

A mí me tocaban mayormente los bomberazos, es decir, los libros que requerían un último vistazo, rápido, antes de enviarse a imprenta. Una noche, justo el día que me habían entregado un trabajo urgente, me llegó un mensaje de whatsapp para saludarme. Era él. Al principio pensé que se trataba de una cuestión de trabajo. Por la urgencia del libro. Y contesté el saludo. Luego vinieron una serie de mensajes confusos, que incluso corrigió, pero insistentes; todos para invitarme a su casa a tener relaciones sexuales. Quise dejar de contestar, pero me dio miedo: que se fuera a enojar, que a la distancia, sin estar cerca de mí, pudiera lastimarme. Le dije que no, repetidas veces. Intenté bromear con él. Creí que así me dejaría en paz, que no tomaría represalias contra mí o contra mis proyectos, colectivos y personales. Cuando pensé que ya se había calmado, volvió a escribirme, pero ya no contesté.

Ya no pude trabajar esa noche. Estaba desconcertada.

Al día siguiente me escribió para decir que lamentaba sus mensajes. Fue breve, rápido, y yo también, quería despachar eso lo más pronto posible.

Lo peor vino después.

Le conté a quien consideraba mi amigo en ese lugar y me pidió que no le mostrara la conversación, porque cambiaría su perspectiva de él. Les conté a algunas amigas y también me pidieron que no las hiciera parte de eso, pues no querían que él actuara en contra de ellas. Al final, un poco resignada, pero con la sensación de malestar, de soledad, de abandono, le pregunté a un amigo más. Me dijo que si quería le decía algo, que si yo denunciaba seguro Julio ya no podría trabajar nunca más en el gobierno federal, que qué quería hacer. Decidí dejarlo por la paz. No denunciar. No decir nada, hacer como si no hubiera pasado nada.

Meses después, cuando yo ya no trabajaba ahí, me encontré con Julio. Lo saludé, pero en lugar de devolverme el saludo, puso cara de enojado. Entonces supe que algo había pasado y le pregunté a mi amigo. Me contó que un día se había encontrado a Julio y le reclamó, le dijo que qué le pasaba, que cómo no entendía si Julio tenía una hija. Yo me había quedado callada para que “todo siguiera normal” y ahora me sentía avergonzada y enojada al mismo tiempo. Me daba miedo encontrármelo, la vez de ese encuentro estábamos en un espacio abierto y yo estaba con una amiga, ¿pero y si me encontraba con él sola? Mi amigo me pidió perdón por haberle dicho y aunque yo sentí que en efecto no debió decirle, al mismo tiempo sentí que por fin no estaba sola. Me sentí acompañada.

Me lo he encontrado de nuevo un par de veces, pero en ambas volvió la sensación. De temor y vergüenza, de no saber qué hacer. ¿Tendría que saludarlo normal? ¿Como si no me diera miedo verlo? ¿Como si fuera yo que la estuviera esperando que él decidiera perdonarme? Me causó tanta repulsión que no le conté a nadie cuando me lo encontré.

Los meses que siguieron fueron de mucho estrés. Me di cuenta de cómo toda esa situación hacía ecos con otros dolores más profundos, con la vergüenza acumulada, con la angustia, con cargar un peso que no era mío. Subí varios kilos, se me empezó a caer el pelo y hubo meses en los que fue incluso difícil salir de casa. Yo sólo quería trabajar, leer, escribir, editar libros, ¿por qué si eso ya es bastante complicado además tenía que lidiar con todas esas cosas? ¿Por qué yo y no él, que había cometido esa falta?

En el libro Diario de un incesto, la autora, anónima, cuenta que lo peor no fue el inicio de lo que sucedió con su padre. Lo peor vino después. Todas las veces que estuvo en riesgo, todos los momentos en que dudó de sí misma, todas esas ocasiones en las que sintió que había algo malo en ella; algo que se accionaba en ella, pero que al mismo tiempo no le pertenecía.

Yo también quiero quitarme la carga de lo que no me corresponde. Los daños por los abusos de mi padre, de quienes me han maltratado y de quienes me han acosado. Ya no quiero sentir la vergüenza de encontrármelos y que mi cuerpo sufra por eso. Yo sólo quiero que nos dejen trabajar, leer, escribir y editar libros en paz. Lo único que hice en su momento fue no denunciarlos. Pero no me quiero sentir así ni tengo por qué sentirlo. Así como las mujeres de todas edades no tienen por qué cargar con cosas que no son suyas ni es su culpa que hayan tenido que cargar con ellas. El silencio a veces es la única manera de lidiar con el dolor. Pero también, a veces, poco a poco, las mujeres aprendemos a hablar, a decir lo que nos ha lastimado. No es sencillo. Por eso, a quienes están en ese proceso, les escribo también, no están solas. Sigamos construyendo una red para estar ahí cuando nos necesitemos.

Astrid López Méndez