Mi salida del clóset como crítica del género

atenea acevedo
May 10, 2019 · 16 min read

Traducción al español del artículo I’m coming out — as a gender critic, de Bea Jaspert

Soy lo que denominan “crítica del género”.

Si no has participado del “debate” en torno de los derechos de las mujeres y los derechos de las personas trans, probablemente piensas que estas merecen el reconocimiento de sus derechos humanos y que cualquiera que discrepe incurre en prejuicios y transfobia.

Estamos de acuerdo. La cuestión es que no estamos debatiendo si las personas trans merecen tener derechos. Lo que estamos debatiendo es si los derechos de las personas trans habrían de conculcar las actuales garantías y derechos de las mujeres basados en el sexo,[1] conquistados con enormes esfuerzos, que hoy velan por adultas y niñas, y si debiéramos dejar de lado la tarea de amparar a la infancia a fin de acelerar el proceso de transición de quienes creen ser trans o se identifican como tales.

A la gente que apoya la preservación de los derechos y las garantías con base en la diferencia sexual, y que cuestiona, desafía o se opone a lo que se conoce popularmente como “el enfoque afirmativo” hacia menores que se identifican como trans se nos denomina personas críticas del género.

Si apenas has empezado a incursionar en este debate, es muy probable que tengas la impresión de que la mayoría de las personas críticas del género son mujeres, particularmente feministas de cierta edad que odian a la gente trans y están “amargadas” porque la generación más joven, progresista y alivianada, usurpó su movimiento.

Tienes razón en pensar que la mayoría somos mujeres. Muchas somos mujeres mayores que recordamos cómo eran las cosas antes de que el feminismo de la década de 1970 lograra el reconocimiento de algunos de nuestros derechos. Todo lo demás es producto de la desinformación.

Me llamo Bea Jaspert y soy crítica del género. Soy una mujer mayor y soy feminista. Mi intención al escribir este artículo es explicar por qué el posicionamiento crítico del género es la única postura legítima que la gente liberal de izquierda, interesada en la igualdad y los derechos humanos, puede asumir.

Las personas críticas del género rechazamos las restricciones y las normas socialmente fabricadas e impuestas a los dos sexos: el sexo masculino y el sexo femenino. Además, apoyamos los derechos y las garantías de adultas y niñas con base en la diferencia sexual, y cuestionamos la noción de que el sexo sea un sentimiento o una esencia adscribible o renunciable, y no un hecho biológico.

Lejos de lo difundido mediante mitos y calumnias, las personas críticas del género concordamos en que las personas trans, como todo ser humano, merecen el reconocimiento de sus derechos humanos y garantías individuales, incluido el derecho a la igualdad de oportunidades y a no sufrir discriminación.

Las personas críticas del género:

-NO nos oponemos a los derechos de las personas trans

-NO odiamos ni tememos a las personas trans

-NO negamos la existencia de personas trans

-NO anulamos las “identidades” de las personas trans

No somos fascistas, intolerantes, cristianas fundamentalistas ni fanáticas de ultraderecha.

Estamos denunciando un asunto de interés público y llamando la atención al ataque ideológico concertado contra los derechos, el bienestar y la seguridad de las mujeres y los menores.

Como crítica del género, por supuesto que me siento afligida, pero no amargada por estar vieja o pasada de moda. Resiento la forma en que gente liberal y progresista permite o se suma a los perversos ataques misóginos contra las mujeres que defienden su sexo. Me decepciona la manera en que gente con escaso o nulo entendimiento de lo que está en juego se asume apta para desdeñar nuestras preocupaciones y etiquetarlas como “mierda tránsfoba”. Estoy harta de los exabruptos basados en supuestos infundados, me siento frustrada y enojada por la adopción sumisa y la repetición ciega de calumnias e insultos, y escandalizada por la desconsideración de la protección que debemos a la infancia y la preservación de los derechos y las garantías legales con base en la diferencia sexual.

Por eso soy crítica del género.

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Abrí mi cuenta en Twitter en 2014.

Suelo tuitear sobre temas relacionados con el abuso de poder que afecta a grupos vulnerables y destaco el uso de insultos y acusaciones contra las víctimas, por ejemplo inmigrantes, minorías étnicas y víctimas/sobrevivientes de violencia sexual infantil y violencia machista. Sigo y me siguen muchas personas sobrevivientes y defensoras de estas causas, así como organizaciones y personas izquierdistas y progresistas.

Hace más o menos un año, mis menciones en Twitter empezaron a llenarse de (mayormente) mujeres que se manifestaban contra algo llamado “transactivismo” y se quejaban, en especial, de la misoginia en cuentas de gente progresista, izquierdista y miembros o simpatizantes del partido laborista en el Reino Unido.

Al principio debatí con ellas, pues creía, ingenuamente, que no podía haber misoginia en la izquierda, e insistí en la ausencia de conflicto entre los derechos de las personas trans y los derechos de las mujeres y menores.

Sin embargo, advertí que entre quienes protestaban había gente que admiro y respeto, como Harriet Wistrich, promotora de la justicia para mujeres presas; Meghan Murphy, activista feminista; Julie Bindel, activista lesbiana y periodista; Karen Ingala Smith, defensora de víctimas de violencia machista; Richard Garside, promotor de la reforma carcelaria, y activistas de izquierda como Pilgrim Tucker y Helen Steel.

No estaba lista para desdeñar sus inquietudes sin investigar un poco, así que busqué información y leí artículos publicados en medios dominantes y alternativos, estudios científicos y médicos, blogs y sitios web de activistas, y me aseguré de revisar constantemente los argumentos de ambos lados.

En cuanto a activistas trans, leí a Judith Butler, Julia Serrano, Juno Roche y Shon Faye, y consulté muchas otras fuentes, como Stonewall, Pride, Pink News, Allsorts y Mermaids.

Del lado crítico del género, además de leer a Julie Bindel y Meghan Murphy, leí fuentes como Woman’s Place, Fairplay for Women, la Dra. Jane Clare Jones, TransgenderTrend, la Dra. Kathleen Stock y Rebecca Reilly Cooper, y leí muchísimos textos de mujeres trans críticas del género, como Debbie Hayton y Kristina Harrison.

No me quedaba claro por qué había gente quejándose, sobre todo mujeres inteligentes, progresistas, liberales y feministas, pero decidí prestar atención y seguir informándome.

No es cierto que me haya convertido, de la noche en la mañana, en una intolerante que odia a la gente disconforme con el género y que se opone al reconocimiento de sus derechos humanos. He investigado y estudiado mucho hasta captar el sentido de esta compleja y difícil discusión. Estoy preparada para respaldar mis opiniones y argumentos con ejemplos y evidencias. Y quiero que se me escuche.

No es válido descartar las voces de organizaciones dedicadas a contrarrestar la violencia machista, sobrevivientes de abuso, mujeres presas y defensoras de las reformas carcelarias, deportistas, académicas, científicas, activistas, personas arrepentidas de haber iniciado un proceso de transición y personas transgénero, así como miles y miles de mujeres sin plataforma pública que son madres, hijas o abuelas.

Estamos siendo malinterpretadas, pero es necesario que la gente nos escuche.

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El mantra del transactivismo es “las mujeres trans son mujeres”.

Las organizaciones LGBT como Stonewall y Pink News nos dicen que cuestionar el mantra es transfóbico y una manifestación de odio; hay ayuntamientos, oficinas de gobierno, cuerpos policíacos, organizaciones no lucrativas y organizaciones como Amnistía Internacional y la Marcha de las Mujeres que coinciden con esa postura.

El objetivo del mantra “las mujeres trans son mujeres” es señalar que no hay diferencia entre las mujeres trans y las mujeres.

Gente bienintencionada que aplaude la diversidad y se enorgullece de ser tolerante e incluyente lo interpreta así: las mujeres trans no son menos valiosas que las mujeres en tanto seres humanos, merecen el mismo respeto y reconocimiento de sus derechos humanos y garantías individuales, merecen igualdad de oportunidades y vivir sin discriminación.

Tal cual, es verdad. No obstante, las mujeres trans son objetiva, material, científica y físicamente diferentes de las mujeres en un aspecto clave. Más allá de su raza, adscripción étnica, religión, capacidades o discapacidades, clase económica, orientación sexual, etc., todas las mujeres tienen algo en común: pertenecen al sexo femenino como categoría biológica.

La misma gente bienintencionada, tolerante e incluyente que se suma al cántico del mantra “las mujeres trans son mujeres” parece olvidar las implicaciones de hacer caso omiso de la diferencia biológica entre el sexo masculino y el sexo femenino.

Sin embargo, la diferencia sexual humana tiene una enorme relevancia política, ya que las personas del sexo femenino, es decir, 52% de la población mundial, siguen siendo sometidas, explotadas, esclavizadas, traficadas, violentadas, violadas y asesinadas por pertenecer a la categoría sexual femenina, es decir, por ser mujeres.

Es imposible luchar por los derechos y las garantías de las personas del sexo femenino si negamos la diferencia sexual o minimizamos su importancia, peor aún si insistimos en que la definición misma de la palabra “mujer” ha de ser rescrita para incluir a las personas de sexo masculino.

Hay quienes creen que el sexismo ya no es un problema y que las mujeres gozan de igualdad. Absolutamente falso.

En Occidente, la brecha salarial “por género” (sic), el techo de cristal, la carga del trabajo de los cuidados, la subestimación de los trabajos realizados por mujeres no solo en términos de compensación económica, sino de reconocimiento y prestigio social, la subrepresentación de las mujeres en la política y en cargos de toma de decisiones e influencia en general (en los medios, las empresas, las ciencias y la medicina) es un claro ejemplo de la persistencia de la discriminación sexual.

El movimiento #MeToo dejó al descubierto la ubicuidad de la violencia sexual masculina contra las mujeres de todos los estratos sociales. Lo mismo revelan las horrorosas estadísticas de violación y agresiones sexuales: 99% de los perpetradores son personas del sexo masculino y 84% de las víctimas son personas del sexo femenino. Las víctimas de violencia machista tienden a ser, con enorme diferencia, mujeres, mientras que los perpetradores son hombres. Y 77% de las víctimas de trata de menores son niñas.

En el mundo en desarrollo y en los países islámicos la situación es mucho peor. El infanticidio femenino, la mutilación genital femenina, los matrimonios forzados, los embarazos forzados, las llamadas “muertes por dote” y los ataques con ácido afectan a las mujeres, no a personas del sexo masculino que “se identifican” con lo femenino. La sharía o ley islámica que contempla la lapidación hasta la muerte de mujeres violadas o adúlteras, que prohíbe a las mujeres conducir un vehículo y las excluye de la política, la medicina, la docencia y el derecho, se refiere claramente a personas que pertenecen a la categoría sexual biológica mujer.

Da igual cómo “se identifique” una persona: si es mujer, no es considerada igual. En algunos casos ni siquiera es considerada plenamente humana.

El derecho internacional reconoce que las mujeres son violentadas debido a su sexo, por eso el sexo es una característica protegida en las leyes, por eso las garantías y los derechos basados en el sexo cuentan con protección legal en los instrumentos internacionales.

No obstante, se pretende echarlo todo por la borda en nombre del supuesto progresismo, la tolerancia y el espíritu incluyente. Las cárceles de mujeres reciben a presos que “se identifican” como mujeres, aun después de haber violado a mujeres y menores. Los refugios para mujeres que sufren violencia machista acogen a agresores machistas que “se identifican” como mujeres. Los hombres ganan torneos femeninos de ciclismo. Los hombres encabezan la Marcha de las Mujeres. Los hombres son figuras destacadas del mes de Amnistía Internacional dedicado a la historia de las mujeres.

Basta ya.

La violencia contra las mujeres y la discriminación por su pertenencia al sexo femenino no han dejado de existir. Las mujeres necesitamos espacios propios, espacios separados y servicios diferenciados. Las mujeres que han logrado salir de relaciones violentas y las mujeres que han sido violadas sufren de constante estrés postraumático, un trastorno que muchas veces resulta incapacitante.

Si se les pregunta, las sobrevivientes repiten una y otra vez, para no dejar duda, que no quieren hombres en los refugios y albergues que les tienden la mano, sin importar cómo “se identifiquen” en cuestión de “género”.

Se calcula que 54% de las mujeres presas son sobrevivientes de violencia machista. Muchas más son sobrevivientes de violencia sexual en la infancia o en la etapa adulta. Casi todas las agresiones sexuales tipificadas como graves (99%) son perpetradas por personas de sexo masculino. Las presas obligadas a vivir con hombres no tienen escapatoria: el sistema las fuerza a convivir estrechamente con hombres, violadores y pedófilos incluidos. Se trata de una flagrante violación de los derechos humanos de las mujeres, personas de sexo femenino.

La tarea de recopilar datos precisos sobre delitos sexuales, crímenes violentos y violencia machista se vuelve imposible si descartamos la categoría del sexo; pese a ello, algunas instituciones gubernamentales ya están obviando la Ley de igualdad al consentir que los delincuentes sentenciados “se autodefinan” como mujeres, de manera que sus fechorías son difundidas en los medios y archivadas oficialmente como delitos cometidos por mujeres.

Los datos sobre salud, brecha salarial, participación de las mujeres en la política y la igualdad de oportunidades carecerán de toda relevancia para la protección de las personas de sexo femenino si no tienen en cuenta la diferencia sexual y clasifican a los hombres que “se identifiquen” como mujeres en la misma categoría que a las mujeres.

Permitir la participación masculina en los deportes femeninos perjudica profundamente las aspiraciones y los logros de las mujeres. Los deportes femeninos ya están, de por sí, desigualmente financiados y subvaluados. Las mujeres, adultas y niñas, desarrollan una serie de complejos relacionados con su cuerpo, exacerbados por la cultura de la pornografía y la generación de los selfies. Los deportes representan, para jóvenes y adultas, la posibilidad de saberse potentes y la oportunidad de sentirse orgullosas por las capacidades y la fuerza que entraña su cuerpo.

Este potencial se ve amenazado porque las personas de sexo masculino tienen ventajas naturales sobre las personas de sexo femenino en los deportes; sin embargo, se permite a mujeres trans competir contra las mujeres y cosechar todos los triunfos.

Martina Navratilova y muchas otras deportistas se han manifestado al respecto. Todas ellas han sido etiquetadas como “transfóbicas”. Martina fue destituida del Consejo de Athlete Ally, pero Rachel McKinnon, ciclista trans que derrotó a sus rivales y escribió en un tuit que toda la gente “cis” (no trans) debería “morir en una sartén ardiendo” aún pertenece al mismo Consejo.

Las cuotas femeninas, por ejemplo en el partido Laborista, fueron creadas para atender el hecho de que las mujeres apenas conforman un pequeñísimo porcentaje del total de miembros del parlamento. Sin embargo, los hombres pueden ocupar esos espacios si “se identifican” como mujeres. De igual manera, los premios para mujeres, concebidos para dar paso a la oportunidad de corregir el desequilibrio de poder entre hombres y mujeres, perderán todo sentido si los hombres tienen posibilidades de obtenerlos.

Las garantías y los derechos de las personas homosexuales ya se ven seriamente afectados, especialmente, como era de esperarse, las garantías y los derechos de las mujeres lesbianas.

La homosexualidad es la atracción por personas de nuestro sexo; no obstante, las mismas organizaciones que lucharon por la igualdad de derechos (al matrimonio, a la pensión, a la paternidad y la libre expresión afectiva entre personas del mismo sexo) son las que ahora acusan a la atracción por personas del mismo sexo de transfobia y afirman que las mujeres únicamente atraídas por mujeres son “ginocéntricas” y están “obsesionadas con los genitales”.

La imagen principal del mes que Amnistía Internacional dedicó a la historia de las mujeres fue una mujer trans. Al frente de la Marcha de las Mujeres en Londres caminó una mujer trans. Las oportunidades para las personas de sexo femenino son, de por sí, sumamente limitadas. Las mujeres hemos sido excluidas de la historia durante demasiado tiempo. Las mujeres tuvieron que luchar por el derecho a votar y ser votadas. Han tenido que firmar sus textos con nombres de hombres para conquistar el éxito literario. Incluso después de ver reconocido el derecho a la educación (al menos en Occidente), nuestras contribuciones al arte y las ciencias han sido ocultadas, secuestradas y negadas. Ahora, gente de izquierda y liberal progresista nos dice que debemos ceder los lugares y espacios conseguidos con tanto esfuerzo a hombres que “se identifican” como mujeres.

Es inaceptable, tanto como lo es llamarnos tránsfobas por señalar una injusticia o silenciarnos o negarnos la palabra en espacios públicos y calumniarnos al llamarnos nazis. Tampoco es aceptable desentenderse del tema.

Es perfectamente posible apoyar los derechos de las personas trans sin echar por la borda las garantías y los derechos de las personas de sexo femenino. De hecho, es imposible respaldar el bienestar de las personas trans si sus derechos se estipulan en conflicto con los derechos de las mujeres y si la salud y seguridad de las infancias trans se ve amenazada por el silenciamiento de especialistas en disforia de género y profesionales de la salud que manifiestan su preocupación ante la presión para medicar a menores que creen que pudieran ser trans o se identifican como tales.

Como muchas personas trans, especialmente mujeres trans, han señalado, nada de esto vela por los intereses de la comunidad trans. Vela, por el contrario, por una agenda de hostigamiento, misoginia, homofobia y misopedia.

La Ley de igualdad protege jurídicamente a todas las personas de la discriminación; lista nueve características protegidas y una de ellas es el SEXO, pues reconoce el hecho de que las mujeres sufren discriminación con base en las características de su sexo biológico. La reasignación de género es una característica protegida aparte que se refiere a la discriminación de las personas transgénero.

La ley estipula que la discriminación con base en el sexo y la discriminación con base en la reasignación de género son distintas:

Si usted sufre discriminación por ser transgénero, se trata de discriminación ilegal por reasignación de género. No constituye discriminación por sexo.

— Citizen’s Advice (Oficina de asesoría jurídica para la ciudadanía en el Reino Unido)

Existen excepciones legales por sexo que permiten espacios exclusivos para mujeres, instalaciones y servicios que excluyen a hombres, sin importar su “identidad de género”.

Hay una razón que lo explica: la ley reconoce la necesidad de espacios y servicios exclusivos para mujeres en determinadas situaciones.

La ley no ha cambiado a pesar de los denodados esfuerzos del lobby transactivista por eliminar dichas excepciones. Sin embargo, defender la Ley de igualdad equivale a ser denunciada como tránsfoba que nada en odio.

De igual manera, defender la protección de la infancia, noción que incluye abordar de manera abierta el bienestar, la salud y la seguridad de menores que se identifican como trans, está fuera de toda discusión para los transactivistas.

Hay organizaciones transactivistas con acceso irrestricto a colegios y espacio en la currícula que le dicen a los escolares que es muy probable que sean “trans” si no se ajustan a los retrógradas estereotipos de género.

Las estudiantes que manifiestan su incomodidad por la presencia de chicos en sus vestidores o en los deportes que practican solo reciben un mensaje: supérenlo. El profesorado no puede cuestionar la agenda trans ni expresar preocupación alguna so pena de ser objeto de desaprobación e incluso arriesgar su empleo y sustento. Se presiona al personal sanitario para ratificar los dichos de menores que se identifican como trans sin realizar las evaluaciones pertinentes ni brindarles apoyo.

Se hace caso omiso de los riesgos conocidos de la suministración de hormonas y agentes bloqueadores de la pubertad, como la medicación de por vida y la infertilidad.

Se aconseja a niñas que se fajen los pechos y a madres y padres que compren sucedáneos de “penes infantiles” para sus hijas que se identifican como trans.

A pesar de lo que sabemos sobre terribles redes de abuso infantil, el caso del pederasta Jimmy Savile y el acceso de hombres depredadores a menores vulnerables, las Guías Scouts ahora aceptan a hombres, adultos incluidos, en actividades que incluyen pernoctar, siempre y cuando “se identifiquen” como mujeres o niñas.

Solo se permite a grupos y organizaciones transactivistas brindar asesoría; las evaluaciones de los riesgos son desdeñadas y las personas que denunciamos lo que está sucediendo como un tema de interés público estamos siendo censuradas o bloqueadas del debate.

¿Debemos guardar silencio?

Se está asfixiando al rigor académico y se está hostigando a quienes, en las universidades, dedican sus investigaciones a temas relacionados con el transgenerismo.

En una carta de protesta enviada a The Guardian, 54 académicas y académicos señalan:

Nos preocupa la supresión de un análisis académico y un debate apropiado sobre el fenómeno social del transgenerismo, así como sus múltiples causas y efectos. Algunos miembros de nuestro grupo han sido objeto de protestas y hostigamiento en nuestros campus, la prensa ha pedido su despido, han sido víctimas de conspiraciones para propiciar su despido, sus voces han sido excluidas de actos académicos y ha habido intentos por censurar sus investigaciones y publicaciones académicas.

Se ha puesto freno a importantes investigaciones, incluidos trabajos que podrían ayudar a las personas trans y a menores que se identifican como tales. Como escribió Julian Vigo en Quilette:

El transactivismo ha desautorizado el trabajo de profesionales de la medicina clínica y la investigación que se han dedicado a estudiar la disforia de género. Quizás no haya otra área del comportamiento humano donde diversos actores, movidos por una ideología, hayan conseguido con tanto éxito crear callejones sin salida efectiva para la academia… e incluso para los propios hechos.

No hay nada progresista en ello y sí mucho de reaccionario y opresor.

Hay que decirlo y hay que ponerle un alto.

No dejaré de hablar del tema ni dejaré que la incomprensión o la indiferencia me desanimen, ni que las calumnias, insultos o ataques personales me amilanen. Si hay una causa que vale la pena, esa es la causa de los derechos humanos. Y los derechos humanos son de todos los seres humanos: ningún grupo tiene la potestad de exigir que otro grupo renuncie a sus derechos y garantías para dar cabida o satisfacer sus necesidades y deseos.

Además, sinceramente, los hombres homofóbicos, misóginos, agresivos y que se arrogan todo tipo de atribuciones son las últimas personas a las que deberíamos confiar el mango de la sartén de los derechos humanos.

Los derechos de las personas trans son derechos humanos.

Los derechos de las adultas y niñas, derivados del reconocimiento de la diferencia sexual, también son derechos humanos.

Los derechos de los menores también son derechos humanos.

Hay dos posturas posibles y excluyentes entre sí: estar a favor de los derechos o en contra de los derechos.

No sea indiferente y súmese a la protesta, sea una persona crítica del género.

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[1] La noción jurídica de los derechos de las mujeres está asentada en la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (1979), cuyo primer artículo señala “la expresión ‘discriminación contra la mujer’ denotará toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y la mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o en cualquier otra esfera.” De ahí la expresión “sex-based rights of women and girls”, retomada por la iniciativa Global Declaration on Women Sex-Based Rights en 2019, aquí traducida como “derechos de las mujeres y niñas basados en su sexo” a fin de observar el espíritu de la Convención de 1979, aunque una traducción más precisa, incluso más afortunada desde un punto de vista lingüístico, sería “derechos de las mujeres y niñas con base en el reconocimiento de la diferencia sexual”. N. de la T.

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