Parte 1: Historia
Tras los experimentos del movimiento futurista en los años 10 y 20 en el desarrollo de nuevas formas de expresión musical a través de máquinas electrónicas como los Theremin, el Ondes Martenot o el Trautonium, la tecnología musical electrónica primitiva desembocó en el órgano Hammond en los años 30 y finalmente en el sintetizador modular a lo largo de los años 50 y 60 de la mano de los pioneros Don Buchla y Robert Moog. Fue este último, sin embargo, el responsable del desarrollo del instrumento electrónico que cambió la música popular para siempre, inaugurando la era del pop electrónico. El Minimoog tenía la virtud de condensar en poco espacio los módulos fundamentales del sintetizador, convirtiéndolo en un instrumento portátil, relativamente asequible y sobre todo sencillo de comprender frente a los inmensos armarios modulares cableados de forma insondable.

A finales de los años 70 y primeros 80 numerosos modelos monofónicos se unieron al éxito del Minimoog y su concepto de instrumento integrado. Muchos de ellos están hoy en el podio de los sintetizadores más apreciados, cada uno aportando su propia textura sónica y personalidad: desde América los Sequential Pro One, el Oberheim SEM, el ARP Odissey, el EML 101 y la saga Moog Micromoog/Polymoog/Rogue/Prodigy. Pronto contraatacó la emergente industria japonesa con sus diseños monofónicos más baratos, fiables y precisos: la serie CS de Yamaha, los SH de Roland y los primeros Korg mono asequibles: Maxikorg, Minikorg, MS-10 y el superventas MS-20.
La polifonía a finales de los 70 era un lujo muy caro reservado a los artistas millonarios del rock progresivo con los exuberantes Yamaha CS-80, Oberheim Four Voice y OB-X y más notablemente el Sequential Prophet-5, presentado en el 78, que además añadía memorias en un producto que intentaba acercar la magia polifónica a un gran número de músicos pero que a un precio de $4500 se mantenía fuera del alcance de la mayoría.

Era el turno de los japoneses y Roland fue el primero en romper barreras con el Jupiter 4 a $1750 en el año 79. Un VCO (oscilador analógico controlado por voltaje) por voz para un total de cuatro y un diseño rechoncho con aspecto de órgano que solo atrajo a los más enterados, entre ellos a unos jovencísimos The Human League. Tras un intento de parafonía limitada con el Mono/Poly, Korg se fijó en los diseños americanos e ideó un sinte que retuviera las virtudes el aclamado Prophet-5 en un formato más compacto, portable y económico. El Polysix se puso a la venta en 1981 a un precio que rebasaba ligeramente la barrera psicológica de los $1000, ofreciendo una polifonía más que adecuada para su precio con 6 voces, 32 memorias de almacenamiento y una unidad de efectos analógica. Era un paquete muy atractivo para el músico que se iniciaba y así lo reflejan las formaciones proto-tecnopop (Aviador Dro), EBM (Front 242), new wave (Tears for Fears) y post-punk de principios de los 80 donde era un habitual.

Al mismo tiempo Roland se apuntaba a la euforia polifónica económica con su Juno-6, de diseño moderno e innovadores DCOs (osciladores analógicos controlados digitalmente) estables en afinación pero algo precisos y estáticos al dispararse siempre en fase — lo que podía ser compensado engordando el sonido con su célebre chorus integrado — arpegiador y seis voces a precio asequible pero algo superior al marcado por Korg. En comparación el Polysix era mejor elección: memorias, grosor, carácter y algo más de flexibilidad. Las ventas del Juno-6 se resintieron hasta el punto en que Roland tuvo que volver a diseñar su modelo y presentarlo mejorado apenas siete meses más tarde. El Juno-60 añadía lo necesario para competir: 56 memorias y DCB (el MIDI propietario de Roland) pero sobre todo sonaba brillante, impactante y genuinamente moderno, como una bofetada a los añejos analógicos con VCOs. Con este instrumento Roland ganó el favor de las bandas synthpop de principios de los 80 convirtiéndose en seña de identidad para prácticamente todas las formaciones que usaban un sinte en un escenario.

Korg por su parte terminó la producción del Polysix en 1982 tras vender la nada desdeñable cifra de 22000 unidades a lo largo de sus escuetos dos años de vida. Tal fue el culto a su sonido que años después del cese de su fabricación Korg ofrecía a sus propietarios, empecinados en aferrarse a la máquina, la posibilidad de instalar un kit MIDI opcional. Su sucesor, el Poly-61, fue un sinte de doble DCO famélico y sin magia en comparación, con un complejo sistema digital de manejo poco intuitivo y parámetros excesivamente cuantizados (resonancia de apenas siete pasos, por ejemplo) basado en combinaciones de botones en un intento superficial de modernidad. Murió aplastado por el éxito de los joviales y sencillos Juno primero y por el Yamaha DX7 después, un fracaso del que Korg no se repuso hasta la llegada del M1.
A mediados de los 90 con el renacimiento de la música electrónica las sonoridades orgánicas del Polysix fueron retomadas por héroes de la escena como Massive Attack o Chemical Brothers, mientras que sus pads sedosos eran sampleados habitualmente en la naciente esfera del drum’n bass. Actualmente con el movimiento synthwave retorna a una nueva edad de oro con su omnipresente bajo unison como seña de identidad en muchas producciones.

En su contexto histórico el Korg Polysix destilaba el sonido del cambio de una era: el paso del disco y el funk al pop y el new wave descarado y juvenil, pasando por la rebeldía punk, EBM e industrial. Suena a las máquinas de cuerdas añejas de una banda sonora de terror serie B; a guerra fría y futurismo apocalíptico e imperfecto presagiado en Blade Runner y Terminator; a videoclub de barrio y skate sobre tablas Sancheski; a los alaridos contraculturales de la clase obrera que encuentran una vía de escape en el género EBM. Recientemente escuché que el Juno-60 y el Polysix eran como dos hermanos separados al nacer: el primero educado en una familia adinerada para ir a las mejores escuelas; el segundo, una bala perdida de barrio suburbano con un futuro incierto.
Es el sintetizador del cambio generacional, con un pie en los añejos 70 y el otro en los prometedores 80, donde el brillante futuro esperaba con aires renovados de libertad expresiva. En definitiva, es una herramienta significativa que explica la historia de la música electrónica y una máquina digna de reverencia.