Un sábado cualquiera

Esta es la historia de un sábado cualquiera; uno de esos días donde la esperanza corre junto a la brisa mañanera que nos acaricia el rostro, donde el sol envuelve la piel con su cálido abrazo, iluminando las calles pueblerinas.

Este sábado es hermoso desde el amanecer. Al norte y al sur las montañas azules se erigen imponentes y rodean el valle; sus picos enuncian el poder de una naturaleza vasta y generosa.

La mañana avanza poco a poco y hay que comenzar las diligencias. Ya es hora de adentrarse en la feria del agricultor y adquirir los bondadosos alimentos que nos ofrece el arduo fruto del trabajo de nuestros campesinos. El olor a tierra y a verduras frescas nos recuerdan que la vida es más que una acción en continuo movimiento: es una energía que se puede sentir, respirar, admirar y abrazar.

En una esquina, bajo la sombra, está un ebanista ofreciendo sillas, bancos, perezosas y escaleras. Este artesano es de los pocos que quedan, y su trabajo es impecable.

En la acera del frente, por la escuela, una madre va con sus dos pequeños a clases de fútbol. Ella los motiva a ir calentando y pegarse “carreritas” para demostrar que el esfuerzo es genuino y de corazón.

Mientras tanto me distraigo un segundo. Es un saludo de algunos vecinos mayores que me extienden su mano acompañada de un “¡Adiós! ¿Cómo le va? ¡Me alegro de saludarla! Saludos a sus papás”. Y tras de eso no puedo dejar de pensar que ¡qué bonita es la gente educada!

Regreso a mi camino y me topo con un muchacho de aspecto de malas pulgas, pero en un instante más bien me inspira ternura: anda paseando con su pequeño cachorro, quien trota feliz al descubrir una nueva ruta.

Mientras tanto, en la radio -sí en la radio, porque es los sábados cuando la escucho- suena una canción animosa que pareciera ser el fondo musical perfecto para este día. “Azul Sabina” me deleita con sus acordes y me termina de llevar a un estado de alegría infinitesimal.

Por la tarde el clima enfría y se pone un poco oscuro, pero eso no es impedimento para ir a misa y meditar un poco. La revelación, no obstante, llega cuando una chiquita desconocida fue a darme la paz, con abrazo y beso incluidos, tan sólo porque nos vimos y nos sonreímos mutuamente en varias ocasiones. Eso es una demostración de bondad y sinceridad puras, una lección para no olvidar.

Y al llegar la noche, pues bien, me encuentro con la satisfacción de haber disfrutado un día hermoso, y contemplo una luna que tranquiliza y que inspira a seguir viviendo, a seguir soñando.

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