¿De qué “género” es la división social que sufrimos?

La última gran manifestación del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, hizo visibles dos realidades contrapuestas, una de cal y otra de arena. Por un lado, un enorme número de personas se acercó a los colectivos feministas a interiorizarse de las ideas, reivindicaciones y propuestas desde el punto de vista de los miembros de estos colectivos: desde personas ajenas a cualquier militancia, pasando por políticos de partidos conservadores, hasta personalidades de televisión sin participación conocida en movimientos sociales, de alguna manera se hicieron presentes y ora escucharon, ora apoyaron abiertamente muchos postulados que, vale decir, fueron más allá de lo “feminista” y pasaron a la calificación de “derechos humanos” mínimos. Por otro lado, los sectores conservadores tradicionalmente a favor del status quo y en contra de la evolución social y colectiva se radicalizaron, cerrándose a escuchar las propuestas generales, maximizando las singularidades con las que dicen no estar de acuerdo, y profundizando lo que estos grupos consideran sus “razones” para no apoyar ninguna reivindicación que busque cambiar la realidad de muchas personas de sexo femenino, de orientación homosexual o de identidad transexual.

Uno de los cuestionamientos más intensamente observados por los grupos conservadores es la “ideología de género”. Desde su punto de vista, las ideas que proponen que el género es una construcción social y no biológica (y por ende los roles son construidos socialmente, no son ni genéticos, ni evolutivos, ni hereditarios) pretenden en realidad “imponer” cuestiones que consideran contra natura: que el sexo biológico determina el género, la identidad sexual y la orientación sexual, y por ende también determina los roles de género, debido a que estos fueron asumidos por los humanos a través de (lo que ellos entienden como) la evolución.

Estos dos puntos de vista contrapuestos y en abierta confrontación no consideran varias cuestiones fundamentales, que son necesarias para poder establecer una mesa con factores reconocidos por todos los colectivos que tienen algo que decir en el tema, de manera a que los hechos objetivos y las proyecciones lo más objetivamente construidas sean los pilares que apuntalen opiniones e intenciones, más que el odio y el resentimiento.

Uno de los puntos que muchas veces olvidamos es la realidad de muchas personas, hombres, mujeres, niñas y niños, que sufren las consecuencias de no mirarlos como seres humanos sino sexuales meramente. Casos de niñas y adolescentes abusadas, casos de varones violados, de índices de situaciones difíciles que son mayores en varones (suicidios, adicciones, pérdida de patria potestad, involucramiento en crímenes violentos) y en mujeres (violaciones, discriminación y acoso laboral, mayor número de víctimas en delitos sexuales y violentos que tengan que ver con lo afectivo) suelen ser olvidadas radicalmente por ambas partes. Esto acarrea la idea de que precisamente son los roles de género los que han sido impuestos al punto en que producen sufrimiento en los que lo padecen: las mujeres, como sexualidad y afecto, y los varones como esfuerzo y agresividad. Aquí se impone una urgencia: ¿no es hora de relativizar y apuntar a la eliminación de los roles de género, en lugar de re-clasificarlos? Considerando que las actividades no tienen sexo, sexualidad ni género (quehaceres domésticos, autodefensa, actividades de cooperación, actividades de competencia), ¿no estamos en el momento ideal para separar abiertamente las actividades de la calidad humana? ¿No es circunstancia perfecta para defender sin tapujos que la sexualidad es independiente al respeto, a la honestidad, a la solidaridad, a valores que son universalmente válidos para la humanidad en su conjunto?

Otra cuestión que es pasada por alto es que son excepciones los casos en que la “identidad” de género no condice con la sexual. En España recientemente circuló un bus que expresaba una idea contraria a otra que está en boga en dicho país. La idea normalmente aceptada es que “hay niños con vulva y niñas con pene”, mientras que el bus proponía lo opuesto. La decisión de la sociedad española de “sexizar” la infancia sin muchos argumentos a favor, y muy probablemente extrapolando a “generalidad” una situación que muy posiblemente es escasa cuantitativamente, así como tal vez confundiendo “feminidad” o “masculinidad” con deseo de realizar tal o cual actividad (que, como hemos propuesto en el párrafo anterior, deberían considerarse en todo momento como asexuadas) denotan el espíritu de confrontación que ambas partes quieren perpetuar.

Un punto que también es hecho a un lado en los análisis sobre “género” es la tremenda insensibilización a la que caímos como sociedad. Asesinatos de mujeres que son víctimas de ex parejas, mayoría de varones sindicados como “motochorros”, muertes violentas en enorme número tanto para un sexo como para otro pero por causas igualmente distintas para uno y para otro, asesinato de personas travestis o transexuales sin resolver… son cuestiones que últimamente son tomadas por la sociedad como “normales”, volcando su furia, sin embargo, en los colectivos que denuncias estas enormes desigualdades (que bien puede concluirse, sin temor a caer en errores, que son impuestas por los reforzados “roles de género”). La relativización de la figura jurídica del “feminicidio”, la trivialización del altísimo número de varones caídos en adicciones, la falta de análisis de la conversión de la sexualidad en mercancía y de la rápida iniciación sexual de las últimas generaciones reflejan una notable y preocupante deshumanización y deterioro acelerado del mero sentido común en los últimos tiempos, donde las consecuencias son atacadas pero las causas son defendidas, produciéndose un corte en la lógica objetiva de las cosas.

Otra de las cuestiones que es usada como eje central en muchas discusiones, pero cuyas características y situación actual objetivamente hablando son barridas bajo la alfombra es la familia. Mientras los conservadores afirman rabiosamente “defender la familia”, nunca mencionan el dolor que es producido por las consideradas “virtudes medulares” de la sociedad contemporánea, apoyada por el conservadurismo: la hipocresía de la infidelidad privada pero la fidelidad pública, el materialismo a ultranza, el hedonismo irrestricto y omnipresente, la conversión del cuerpo femenino en mercancía y el “derecho” masculino a acceder sin barreras a este “producto”, la negativa a discutir sobre los roles del hombre y de la mujer en la familia contemporánea, donde lo común es que ambos trabajen fuera de la casa y que ambos colaboren en los quehaceres domésticos (y donde se considera que los hijos y las hijas son responsabilidad de ambos progenitores, casi sin excepciones a esta regla). Asimismo, los progresistas suelen eliminar de sus postulados la importancia de los roles tradicionales de la familia, de manera independiente (esto, con toda lógica) a la forma de dicha estructura social: hablamos de la nutrición (provisión de alimento, vestido, casa, bienes materiales) por un lado, y de la protección (física y sicológica) por el otro. La familia ha pasado a ser un escollo en la concepción individualista de “progreso” y “liberación”, y poco y nada se propone que un hombre asuma sus responsabilidades, y tan solo se pone el foco en la desconexión de responsabilidades familiares por parte de la mujer (emancipación).

Vale aclarar que estos puntos de vista se basan en todas las reacciones que pululan, cual burbujas de agua hirviendo, en este caldero social en el que vivimos. Si bien tanto progresistas como conservadores pueden rebatir estas ideas con sus respectivos teóricos, no pueden negar que las consecuencias de sus formas respectivas de actuar producen estas ideas. Negarlo es como el padre o la madre que reniega de sus hijos aunque siga teniendo relaciones sexuales de manera irrestricta y sin protección: mientras sigamos enfrascados en producir las mismas causas, nunca obtendríamos consecuencias diferentes.

Por ello, en nombre de una filosofía centrada en el ser humano, en todas sus dimensiones y con todos sus sueños, esperanzas y temores, es momento de que todas las partes que desean dar su opinión sobre el “género” sienten bases para un debate basado en cuestiones objetivas, humanas y reconociendo las falencias propias tanto como hacen esfuerzo en señalar las extrañas. Sólo de esta manera podríamos apuntar verdaderamente a reducir el sufrimiento de tantas personas cuyo único “delito” es ser quienes son.

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