La eterna emergencia

¿En qué lugar emerge el valor? Ni el tiempo ni el espacio mencionado nos parecen fáciles de hallar. Drogas legales como un inocente caballito de tequila parecen darnos valor para expresar el alma de la audiencia. La cruda realidad es que el bienestar y el malestar se complementan entre sí. ¿Será que el valor reside en todo aquello que no vimos?

Hace muchos, muchos años, el valor consistía simplemente en enfrentar a una bestia. Después la cosa se fue complicando. Pero tal vez, detrás de todas estas aparentes apariencias, todo sigue siendo igual. Si creemos el principio como católicos “el hombre sabe lo que sabe” (la diferencia cualitativa entre hombres y animales) nos quedamos en el viaje tautológico. Creyendo un poco más en el rollo de Charles Darwin, podría emerger una sorpresita.

En el mundo científico, pareciera que todo se reduce a tener hijos. Todo ser vivo: nace, crece, se reproduce y muere.

A ese dicho resta preguntarle: ¿Muere si se reproduce?

Teóricamente (por la entropía) todo tiende a morir. Entonces la reproducción se parece más a la vida. Pero el argumento ecológico de que el mundo es finito y no debes tener muchos hijos alcanza a interponerse en forma de intercondón.

El principio del placer parece estar bien arraigado. Un comercial puede llegar a sugerir que no tengas tantos chilpayates, pero no que disfrutes menos de la vida. Y sin embargo hay un himno del estado de México que refiere a sus hijos como sufridos y estoicos en tiempos de pena.

Vulgarmente se entiende la palabra eternidad en la idea de vivir por siempre. Hay algo tal vez inexacto en esa percepción popular.

Rubén Bonifaz Nuño dice:

“La existencia del hombre transcurre en el tiempo. Pero puede suponerse un orden superior de la duración, en el cual las cosas que existen en el tiempo existen también; la existencia sin término de cada uno de los instantes del tiempo, sería la eternidad.” (Tiempo y eternidad en Virgilio. La Eneida, libros I-VI)

Si el hombre pierde el tiempo, no es problema de Dios. El problema es percibir al diablo como el adversario eterno. Él es un adversario temporal. Una vez resuelto el problema, que no era de Dios, el tiempo puede transcurrir sin preocupación, pues no hay un antes y un después sino solamente un ya. Difícil es perdonar al diablo, pues se burla de nosotros la mayor parte del tiempo. Si al fin nos percatamos de lo estrictamente necesario esas cosas aparentemente diabólicas serán una parte aceptable del mundo, puesto que el mal no dependerá de nosotros ya nunca.

Sabemos (casi) a ciencia cierta que se nos acaba el tiempo. Por eso el demonio está vinculado con lo temporal y lo temporal es el maligno mismo. En otro canal, sin embargo, Heráclito nos habla campantemente con los pies en el río. Siddhartha Gautama, quienquiera que sea, parece haber entrado al mismo río que Heráclito, en otro momento.

Desde la perspectiva de Alan Watts, orientalista inglés, sí, mi amigo, no hay perspectiva de “tú”. El yo es todo lo que hay y por eso se le considera panteísta. Panteísta es el que ve el mundo como Dios y que no distingue entre aquello “mayor de lo cual nada puede ser pensado” (San Anselmo) y la “creatura” (una niña).

Volviendo al tema del valor, necesité algún valor para escribir esto. Veamos de dónde salió.

Cuando yo era niño amaba tirarme en el pasto y me gustaban los libros de zoología y documentales de Nat Geo. Por eso se dice que amo la naturaleza. Ideas preferidas: viajar al África donde todo sigue siendo salvaje, donde pervive el Serengueti, la sabana (que no sábana), los cheetas y las gacelas, los elefantes y los leones. Viendo la dificultad y especialmente el costo de realizar semejante viaje preferí contenerme en mi propio continente Americano. Ni siquiera he hecho grandes esfuerzos por salir de mi país, ya no se diga de mi cama.

Pero volviendo al tema del valor, en África aparentemente sacan diamantes de los ríos. No tengo evidencia y aunque hubiera visto la película Diamante de Sangre, no tendría certeza de lo que pasa allá. No digo todas estas cosas con el afán de ser exiliado, puesto que estoy bien en el colchón de mis padres. Pero sí tal vez con el (afán) de que alguien me demuestre la afirmación.

Vi una revista donde un artista sacaba a colación lugares donde hay minas sin escarbar. Costaba $60 y no la compré porque me daría flojera ser minero. Dicen que se derrocha mucha agua en el negocio y no veo como controlaría la ambición de tantas personas.

No recuerdo en dónde vi que Karl Marx dijo que el oro nunca se pagaría a su precio real. Probablemente en El capital mismo. Eso parece indicar que el oro vale mucho, pero no nos dejemos engañar. Hay un punto ahí sobre la inmutabilidad del valor sin embargo. Hay quienes dicen que el valor es subjetivo. Me cae que no.

El hecho de que yo te venda una tijera que pesa X y mide Y al precio que me quieras pagar nos conduce a la eterna discusión de la distinción entre valor “de uso” y valor “de cambio”.

En esa discusión el “valor de cambio” me vale madres. Descartando esa estulticia, podremos movernos hacia la terra incognita de la serendipia (o chiripa) y del mundo real.

Desde que todo lo que percibo es YO (como dijo Alan), el valor es eso que sirve. Para mí.

La clave de la “redistribución de la riqueza” (i.e. del valor) está en saber que no soy el único individuo sino que hay toda una plétora de apariencias que se pueden beneficiar de lo que “a mí no me sirve”.

He ahí cómo perdonar al non serviam, simplemente viendo lo importante de una mota de polvo (en lo que te convertirás). Siendo el diablo el factor de la mentira, hay que ver cómo quitarlo de en medio. Parece que lo primero es borrar ese factor de la memoria interna. Alguien dijo que el pecado es todo aquello que se quiere ocultar, pero no, el pecado es ocultarlo. Porque todo hombre parece desear el Paraíso, y ese edén solamente llegaría de estar el hombre desnudo, y la mujer también.

Claro que esto suena a lugar común y que no está en ninguna parte, pero acaso no cometemos ¿doble negación? Dice Taleb que si caminas mientras hablas por teléfono te falta algo, pero no recuerdo qué. Digamos que valor.

El Valor es la Razón, la proporción, los tamaños para ser a la imagen y semejanza de Dios. No necesitar nada, ser autónomo y estar fuera del infierno de la mentira y la agitación mental. Quizá es eso en lo que coinciden tantas religiones. El no matarás parece aún más crucial que el rollo del falso testimonio, pero van tan ligados como el Sila, el Samadhi y el Panna. ¿Cómo tanta gente pudo llegar a ver tanto valor en la cara de Nezahualcóyotl, de Gauss o de Juárez? Hoy en día que los diputados aparecen sin dar mucho rostro, parecen burlarse de esos memes llamados billetes.

Y ¿por qué nadie se debe burlar del Himno Nacional, como lo hizo el director de Jumanji, si no es que el productor? ¿por qué dice Ikram Antaki que las reglas están para romperse y por qué a varios “intelectuales” la única superioridad que les importa es la moral? ¿por qué David Alfaro Siqueiros fue a la cárcel y su biografía la tuvo un nazi?

Esas cosas que sabemos “desde kinder” ¿por qué nadie las revisa? ¿por qué los libros infantiles son más caros que los adultiles? ¿hasta dónde llega la censura? Los límites de la censura son asombrosamente ambiguos.

Como casi todo se queda en la autocensura, no le cuesta mucho a nadie ejercerla. Y lo hace, pero inconscientemente. Censura por etimología (creo) es pensar. La gente piensa, pero rara vez su pensamiento va más allá de lo censurable. La ambigüedad no es censurable. La verdad…

Es la ambigüedad un fenómeno muy curioso. Un código de barras (o debiéramos decir “el” código) está encadenado al mundo. No es el mundo (o eso se dice), sino lo que representa. Es como esos libros en latín en los cuales no hay espacios entre las palabras y sin embargo se puede leer y descifrar.

No sé si los pájaros sean alarmas, aunque algunos ciertamente lo parecen. Cuando un pájaro canta es difícil determinar si es electrónico, pero desde que Dios es lo mayor de lo cual nada puede ser pensado, Silicon Valley atrae mucha idolatría.