Contra el feminicidio en Colima

Zapatos rojos. Elina Chauvet.

Un hombre asesina a una joven y se dispone a matar a otra. La muchacha que está a punto de morir, ajena a su fatal futuro inmediato, vive y se pelea con la vida, indefensa, confusa, aturdida. Mientras, la madre de la futura víctima presiente, casi espera, el inevitable golpe de la fatalidad, el hachazo que segará los 16 años de su hija. Un poeta extraviado conoce la identidad del feminicida y se plantea la posibilidad de cobrar una vida para salvar otra. Una dramaturga, guiada por el fantasma de Antígona, escribe una obra sobre la desaparición y muerte de la joven, quiere entender los motivos del feminicida, quiere humanizarlo, detenerlo.

Todo esto sucede en una caja negra, en un escenario de siete por nueve metros. Es una obra de teatro (“Antígona, una oración que nos defienda”) escrita y dirigida por la manzanillense Raisa Robles. Los personajes son interpretados por seis o siete adolescentes, actores aún en formación. No obstante, al ver su trabajo teatral, el espectador entiende que estos jóvenes están haciendo más de lo que son capaces de hacer nuestros gobernantes en el tema de inseguridad. Vaya, ahora mismo están haciendo más que nosotros (los ciudadanos con edad para votar) sobre un problema social que no dimensionamos. La violencia en las calles ya se salió de toda proporción. Y tan acostumbrados estamos a las muertes brutales y al miedo, que dejamos de lado la indignación, las acciones solidarias, la exigencia de justicia para las víctimas. Los actores, dirigidos por Raisa Robles, asumen con su trabajo que se debe hablar, reflexionar, poner en perspectiva, dar un poco de consuelo. Será porque todos tenemos algún familiar, un amigo o un conocido a quien le ha tocado vivir, directa o indirectamente, alguna situación violenta emanada de esta guerra. De algún modo, todos somos víctimas colaterales.

Y uno quisiera que el asunto abordado en el teatro por este puñado de jóvenes fuera mera ficción. Pero no: los feminicidios están, suceden, acontecen. En reciente nota (30 de marzo), el periodista Pedro Zamora consigna que, en el primer trimestre del año, más de diez mujeres han sido asesinadas en Colima. Y, según cifras del Centro de Apoyo a la Mujer, en el 2016 fueron casi cincuenta los feminicidios. ¿Qué se ha hecho? Mucho, pero casi nada. Desde hace mas de dos años, diversas instancias han solicitado a la Segob que emita declaratoria de la Alerta de Violencia de Género para Colima. La Alerta permitiría tratar la situación como una emergencia y compromete a las instancias de gobierno, en especial al Estatal, a realizar acciones concretas para prevenir, combatir y erradicar la violencia de género. Al mismo tiempo, y esto es indefectible, la Alerta declarada causaría estragos es la imagen política de un gobierno estatal ya de por sí dañada. Porque la gran cantidad de asesinatos en Colima va más allá del género y la edad, y muy raras veces se detiene a los culpables. Por eso mismo dice mucho (y mal), que un gobernante se tome el tiempo para ofrece una rueda de prensa en la que anuncia la preparación de un ceviche y, en cambio, olvida condolerse, pronunciarse y poner empeño en atender las desapariciones, en resolver los homicidios. La indiferencia institucional hacia las víctimas y su familiares, que muchas veces son criminalizados (“si les pasó tal cosa fue porque andaban en malos pasos”, mascullan), nos habla de la poca empatía que un funcionario tienen con los ciudadanos. La canallada de un gobernante, rebasado por la inseguridad, es que no quiera o no sepa dar consuelo. No saben acompañar en el trance social a una ciudad que se duerme con la noticia de la desaparición de una mujer, y despierta con el hecho de que encontraron su cadáver en un lote baldío.

No es extraño, por eso, que los ciudadanos empiecen a detestar al gobernante indolente. Y es lo peor que puede pasar con la sociedad civil: odiar como desfogue y desquite, como si fuera una manifestación de su impotencia. Como si nos rindiéramos.

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