Niño Perdido

Tengo cinco años, y por alguna razón estoy saliendo de la escuela una hora antes. Mi casa está del otro lado del mundo. Cruzo el portón de la escuela y me paro en la banqueta. Miro a ambos lados y me quedo paralizado por varios minutos. Nunca he estado en el mundo solo. No tengo idea de cómo llegar a mi casa y aunque la tuviera ¿cómo llega un niño de 5 años al otro lado del mundo?

Sigo paralizado por un rato y decido que lo mejor será darle una vuelta a la manzana. Camino. Le doy una segunda vuelta. A la tercera vuelta me empiezo a dar cuenta de que no se qué hacer, y el miedo empieza a aumentar. Le doy una cuarta vuelta con los ojos llorosos. A la quinta vuelta me siento en la banqueta, atrás de la escuela, a llorar.

Unos tenis sucios se paran frente a mí. Levanto la vista y veo que es alguien grande, de unos diez años, y que ha dejado su bicicleta acostada en la orilla de la calle, al lado de sus cinco o seis amigos grandes de unos diez años y con bicicletas. Me pregunta por qué lloro, le explico que no sé como llegar a mi casa, que está bien lejos, que mis papás no saben que salí temprano de la escuela.

La pandilla de adultos decide darme un aventón. Me preguntan dónde vivo y yo sólo sé que en la esquina de mi casa hay un taller de máquinas para sembrar, frente a unas parcelas. Uno de ellos grita “yo sé dónde es”, y me dice que me suba “en los diablos”.

Me trepo en la bicicleta y durante más de una hora recorremos la colonia. Damos vueltas, perdemos el camino, desandamos lo andado y tomamos nuevas calles en lo que es ya más una aventura que un aventón a casa. Hasta se me olvidan los grandes problemas que tenía hace un rato.

Por fin, en una vuelta, reconozco mi casa a lo lejos. Les grito que ahí es, y me dejan en la puerta. Cuando entro a la casa encuentro a mis papás con cara de susto: ella después de irme a buscar a la escuela, y él después de salirse del trabajo ante las llamadas histéricas acerca de un hijo perdido. Han pasado dos horas después de mi hora de salida habitual. Gritan regaños mientras me abrazan con alivio. En cuanto puedo les cuento de mis salvadores, pero estos ya hace rato desaparecieron.


Texto escrito originalmente para El Taller Sabatino en 2012, republicado aquí con ligeros cambios.

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