Democracia y religión.

(Reflexiones sobre lectura diálogo entre Ratzinger y Habermas)

Desde hace un tiempo, una de las grandes inquietudes que he venido teniendo fue sobre cómo mantener mi identidad de cristiano católico en el ámbito del debate sobre cuestiones de carácter público. Es bien sabido que hoy la corriente dominante, intenta recluir la dimensión religiosa al ámbito privado de las personas, expulsando del ámbito público cualquier manifestación con referencia a las creencias religiosas.

La primera observación que me atrevería a hacer es que tanto la visión religiosa, en sus distintas expresiones, así como la secular, son cosmovisiones igualmente válidas ya que todas son intentos por entender una realidad que está fuera del alcance de la ciencia. La ciencia no puede, hasta hoy, responder sobre el valor de la vida humana, sobre las fuentes de la dignidad de las personas, entre otros temas valóricos; para abordar estos problemas, el hombre necesariamente debe recurrir a la filosofía o la teología. Por ende, en estas y otras cuestiones, no existen motivos para un imposición del lenguaje laicista sobre el lenguaje y el pensamiento religioso, pues ambas tienen su posibilidad de verdad.

Probablemente uno de los mayores logros del poder dominante ha sido instalar este falso antagonismo. A esto se suma la respuesta reactiva y poco razonada de los religiosos, quienes muchas veces han caído en el intento de cerrar las ventanas a la luz de la razón a fin de evitar modificar sus posiciones sobre diversos aspectos. Quizás por esta postura equivocada ante la ciencia, los religiosos se ganaron el mote de irracionales y se generó un errado debate entre la razón y la fe, dando a entender que la fe no es razonable.

Debe reconocerse, tal como lo hizo el entonces Cardenal Ratzinger, "que en la religión hay patologías altamente peligrosas que hacen necesario considerar la luz divina de la razón como una especie de órgano de control por el que la religión debe dejarse purificar y regular una y otra vez", que los nuevos conocimientos emanados de la ciencia terminaron modificando la configuración de visiones religiosas, y que por ende la religión ha venido evolucionando, y en consecuencia perfeccionándose.

Tal hecho podría parecer una claudicación de la religión a su pretensión de posesión de la verdad revelada, sin embargo, al menos en el cristianismo, la misma pretensión es considerada como un error, ya que en las mismas escritura se deja testimonio de las continuas equivocaciones de los propios discípulos sobre la verdad revelada. La interpretación del mensaje cristiano se va perfeccionando y por ende, su lectura se vuelve cada vez más fiel al mensaje verdadero.

En otros términos, la razón y la ciencia nos ayuda a comprender mejor el mensaje de Cristo. Esto "ya lo pensaban los padres de la iglesia" y gracias a esta conciencia, los monjes benedictinos cimentaron las bases de la actual civilización occidental, transcribiendo y estudiando textos de clásicos en una época de oscurantismo total. Gracias a dicha labor, hoy podemos leer a los filósofos griegos y los grandes pensadores romanos, entre otros textos previos a la caída del imperio romano.

De la misma manera, la razón tiene sus límites. Basta recordar el "gobierno del terror" posterior a la revolución francesa, en donde en nombre de la razón y la libertad, se estrenó la guillotina y se masificaron las decapitaciones en una vorágine que terminó por decapitar incluso a los decapitadores al son de la música de la razón interpretada por Robespierre y otros. podríamos citar una gran cantidad de ejemplos, tales como los crímenes cometidos por el comunismo en la Unión Soviética, carente de referencias morales más que la razón y la maximización de la calidad de vida medida en términos materiales, en donde en nombre del pueblo se exterminaron masas, entre otras atrocidades

Citando nuevamente a Ratzinger, "también hay patologías de la razón, que no son menos peligrosas; más aún, si se considera su efectividad potencial es todavía mucho más amenazadora: la bomba atómica, el ser humano entendido como producto. Por eso también a la razón se le debe exigir a su vez que reconozca sus límites y que aprenda a escuchar a las grandes tradiciones religiosas de la humanidad"

Ante todo esto, tanto Habermas como Ratzinger están de acuerdo en que razón y fe son complementarias y pueden aprender la una de la otra. De este reconocimiento, debe surgir la tolerancia entre estas distintas posiciones ante la vida.

"De la conciencia laica, se espera que se ejercite a sí misma en un trato reflexivo con los límites de la ilustración. El concepto de tolerancia en sociedades pluralistas concebidas liberalmente no sólo considera que los creyentes, en su trato con los no creyentes y con creyentes de distinta confesión, son capaces de reconocer que lógicamente siempre va a existir cierto tipo de disenso, sino que por otro lado también se espera la misma capacidad de reconocimiento -en el marco de una cultura política liberal- de los no creyentes" (Jünger Habermas)

Pero esta tolerancia no se limita a no ejercer juicios al respecto, es decir, no se contenta con no juzgar a quien piensa diferente; sino que implica permitir y respetar las demás expresiones religiosas, sean creyentes o no creyentes. Ni los religiosos, ni los seculares tienen el derecho de imponer su visión del mundo sobre los demás.

Nuevamente citando a Habermas: La neutralidad del poder Estatal, que garantiza las mismas libertades éticas para todos los ciudadanos es incompatible con la generalización política del mundo laicista. Los ciudadanos secularizados, en tanto que actúan en su papel de ciudadanos del Estado, no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones en lenguaje religioso a las discusiones públicas"

Precisamente, este es el gran valor de la democracia: una forma de sociedad política que permite que personas con opiniones distintas puedan convivir pacíficamente, y puedan contribuir al bien común cada uno desde su posición. La democracia no consiste en anular las diferencias y quedar con el factor común, sino más bien enriquecer el debate con aportaciones de diferentes posturas y visiones. Lo bello de la democracia es que no busca eliminar las identidades, sino que a partir de ella, construye consensos verdaderos, lo cual hace que las normas del derecho sean aceptadas por todos y que todos, en sus distintas identidades y culturas, se sientan incluidos y representados .