Hasta que el enojo se vuelva paz

Desde chica, cualquier alusión a un abuso me generaba algo en el cuerpo. Más allá del asco que cualquier persona sensible pudiera sentir ante ese tema, yo lo tenía encima, pegado en mi, como un contact que alguna vez me habían puesto y no me podía sacar, repleto de esos globitos de aire que de vez en cuando me dejaban respirar. Llegué a pensar que quizás me había pasado algo y mi memoria lo había reprimido, pero sabía que no era así, que había algo más.

El año pasado, mientras tomaba unos mates con mi mamá y una amiga de ella, un globito reventó. En la tele salió una entrevista sobre el colectivo Ni Una Menos, y su amiga contó como una vez, cuando todavía era una nena, en el campo paraguayo, un tipo la persiguió y la quiso violar. La empatía por la semejanza fue quizás el pie que necesitaba mi mamá para empezar su relato. “Esto nunca lo conté, pero una vez…”, dijo.

Un amigo de su familia, hijo de militares, la llevó al cuarto de la caldera y la manoseó. Ese fue el verbo que usó. Estupefacta, no pude preguntarle nada. Solo me senté ahí, con el rabillo de cada ojo hacia atrás, como me pasa siempre que me enojo. “Todavía me acuerdo de la camisita blanca y azul a rayas que tenía puesta”, añadió mientras cebaba. Cuando pasó, mi mamá tenía ocho años; él, diez más. Le pregunté por qué no lo había contado, y me dijo que le daba vergüenza, que todavía se preguntaba qué era lo que ella había hecho para que le pase eso. Si el mate hubiera sido de vidrio, habría explotado en mi mano.

Ese día, que ya era noche, lo único que pude hacer es ir al cine sola, sentarme a comer sola, y después volver a mi casa sola para quedarme mirando sola el techo. Cincuenta y dos años viviendo con eso encima; cincuenta y dos años que se transformaron en ochenta, si le sumamos los veintiocho que tenía yo cuando me enteré.

Hoy el contact ya no está sobre mi cuerpo, sino que lo usé para forrar un cuaderno en el que, entre otras cosas, se encuentra el siguiente fragmento.

*

Me acuerdo de la confusión con la que actuaba cuando yo tenía la misma edad que ella en su relato. La vergüenza que le daba que me preguntaran si tenía un noviecito, la preocupación al buscarme marcas en el cuerpo, la insistencia en acompañarme a todos lados, la culpa al interrumpir el juego con chicos más grandes.

Pero yo era rebelde, y no tenía un novio, sino dos, y cada uno me esperaba abajo de una mesa diferente del Pumper Nic para darnos unos besos. Si me buscaba marcas, en una especie de “aca tá”, le ponía mis manos sobre los ojos para que no puediera ver. Cuando se distraía, me escapaba y me encerraba en el ascensor; y si se aparecía de repente en un juego, yo me sacaba la remera y, entre risas, se la revoleaba a la cara.

Había algo en toda esa rebeldía y esa furia — no por nada me llamaban “la india” — que se quería convertir en un gesto tierno, en una caricia a su pelo que le dijera que no se preocupara, que yo era valiente, que era fuerte, que ninguna situación me daba miedo porque, a través de su secreto, la sombra del abuso ya estaba proyectada sobre mi, y si ella estaba viva, ¿qué era lo peor que podía pasar?

Tardé mi tiempo para encontrar la manera de convencerla con un toque, otro toque distinto a ese que sufrió cuando era chica, que el problema eran los otros y no lo que una nena de ocho años pudiera hacer. Tardé veinte años, pero lo logré.

*

Soy la hija de una bruja que no llegaste a empalar.

#LaPutaQueTeParó