Masa gruesa y mucho queso

¿Alguna vez comieron algo pensando que les iba a caer mal? Una amiga llama a esto “comer con idea”, y es el efecto que genera en la digestión nuestra mala predisposición al plato que tenemos adelante. Es que una comida puede estar bien… tan “bien” como eso que comemos cuando acabamos de salir de una gripe y pensamos que nuestro cuerpo, asqueado de Ibuprofeno y Tafirol, ya no puede aguantar ni una cosa más. Entonces, nos cocinamos unos fideos con manteca horribles e insulsos y, en lugar de estar mandándonos una regia pizza napolitana, sufrimos y nos comemos la fuente de fideos entera, incluso sabiendo que, por esta cosa de no poder convivir con la ansiedad, los sacamos de la olla casi crudos y con la manteca sin derretir.

Damos un primer bocado y aseguramos que no están “tan mal”, al mismo tiempo que afirmamos que nos van a hacer un agujero en el estómago. Es curioso, ¿no?, que muchas veces, lo que nos cae mal no sea un señor asado, con molleja y chori, sino una galletita de agua y lo que nuestro cuerpo hace de ella.

En el 2016 me enamoré. Lo que más recuerdo del momento en que conocí a Nicolás es que yo tenía miedo, un miedo paralizante a sufrir, terror a que todo lo que yo conocía quede impregnado de él hasta provocarme una indigestión, terminando empachada y vomitando bilis. Empezamos a salir; yo me devoré la historia entera entre dos panes, con él como aderezo. Poco tiempo después, cansado de que yo le hincara el diente, se sentó a la mesa en la cocina de mi casa para decirme que no quería sufrir, que no quería estar conmigo, en fin, que no me quería. Después de todo, lo nuestro era fideos con manteca, y si bien el miedo es un delicioso queso rallado, ¿quién va a elegir eso sobre una pizza con muzzarella chorreante?

La desconfianza a la hora de conocer a otras personas, el miedo a quererlas y a involucrarse con ellas, viene del pánico a perderse, a que uno no pueda volver a ser el mismo después su paso por nuestra vida. Nos mentimos y creemos que eso es posible, aunque sea algo inevitable. El amor es a nosotros lo que el maestro pizzero a la masa: nos agarra, nos mezcla, nos pega, todo eso para volvernos una sola cosa, que se podrá transformar en otra, pero nunca podrá volver a ser un poco de harina, agua y sal.

En enero, un mes y medio después de esa tirada de cuero, decidí finalmente comerme la pizza entera y mudarme a Berlín. Sentí el mismo horror, pero esta vez, el dolor dado por la patada al hígado valió la pena.

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