Estás escondida tú, Susana

Por: Gustavo Aréchiga (Grupo Reforma 2003)

Y casi todas las tardes de jueves, Juan Rulfo, o el fantasma de Juan Rulfo, vestía con un suéter bordado, corbata, un pantalón de casimir negro y zapatos recién boleados. Quizá, para 1931, algún habitante de San Gabriel, en el llano jalisciense, lo podía mirar ahí, a la vuelta de la esquina de una calle empedrada, esperando la señal de la maestra de primaria Emilia Trujillo para que asistiera a la cita prohibida. El entonces adolescente Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno (el ahora Rulfo), salía de su casa frente al Curato del pueblo para visitar, a escondidas, a la niña Aurora Arámbula y a sus ojos azul aguamarina, que más tarde se convertirían en la inspiración del personaje de Susana San Juan en “Pedro Páramo”. Tenían que transcurrir 25 años para que se leyera aquella tinta húmeda del 27 de marzo de 1955, año en que la novela salió de la imprenta. Pero antes eran otros tiempos: de meriendas de familia hacendada en El Ocotito, con cubetas de latón atestadas de frijoles y rajas, para celebrar el santo de alguno con tacos de camarón traído desde Colima. Chile de tomate y queso. Vasos de pulque para ahogar las horas. El San Gabriel de entonces era un valle con clamores de campo fértil y papalotes de papel de china en el cielo. Las festividades convocaban, la agricultura en apogeo, las haciendas, el maíz, los plantíos de algodón y fruta, las tortillerías oliendo a masa, alguna fábrica de jabón y tallarines. Mango, aguacate, melón. El pueblo era templado, no como el llano, árido, donde los huizaches le temían a la tierra siempre reseca. Este era el panorama de Juan Rulfo y Aurora Arámbula; del escritor en germen y el sueño de ojos azules en el que ella se convertiría con los años.

La estrategia del viento

“Miraba caer las gotas iluminadas por los relámpagos, y cada que respiraba suspiraba, y cada vez que pensaba, pensaba en ti, Susana”. Para la visita prohibida Juan escudriñaba entre sus bolsillos, tratando de encontrar 10 centavos de plata para dárselos a Jorge Arámbula, hermano de Aurora, con la premisa de que hiciera mutis como chambelán y fuera su cómplice. La tarifa ascendía a 50 centavos del mismo metal si Jorge buscaba una foto de su hermana en casa, para que Rulfo la pusiera en un relicario de metal, como antes, para traer la imagen consigo. “Yo me acuerdo, se les veía muy empelotados. Cuando se fue Juan para Guadalajara fue de a puro llorar con mi hermana. Cada quien agarró su rumbo pero ella nunca lo olvidó. Fueron sus primeros noviazgos”, recuerda Jorge, tantos años después. “Juan llegaba todos los días, como a las siete de la noche y se quedaba en la esquina. Entonces llegaba yo y él me daba 10 centavos por llevarle una cartita. Era de casi todos los días”. Cuando la ansiedad lo ameritaba, cuando había unos segundos de calle desierta en un pueblo en donde todo se sabía, Juan vagaba por la casa de Aurora, afuera, para pegar el ojo sobre una ventana cerrada de madera vieja. Tal vez llegaba Aurora. Y ahí se miraban. Adentro, un cuarto amplio y oscuro de casa antigua, por donde las miradas de la calle y del interior se sumergían en el olor a roble. Por esos resquicios que dejaba la madera de la ventana iban las miradas de Rulfo y Arámbula. Nadie se enteraba. Secreto. Silencio. “Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan”, escribiría Rulfo de aquellos encuentros furtivos en “Pedro Páramo”, pletórico de evocaciones. También, cuando el tiempo era de excursiones para parvadas de niños y el temporal de vientos se dejaba soplar, Juan y Aurora se encontraban en la Loma Verde, un paraje elevado donde los papalotes tenían tiempo de surcar el cielo. “Eran nuestros juguetes. Se hacían a mano, con papel de china de colores que conseguían en la droguería del pueblo. La estructura era de palos de carrizo, amarrados con hilo, cordoncillo, unidos, con una cola de trapos para que no “variara” tanto el papalote”, precisa Jorge Arámbula, quien entonces tenía 5 ó 6 años. “Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento. ‘Ayúdame, Susana’. Y unas manos suaves apretaban nuestras manos. ‘Suelta más hilo’”, le decía Rulfo en un pasaje de su novela a Aurora, o al fantasma de Aurora. “Los papalotes se empezaban a elevar y se hacían chiquitos de la distancia a la que se iban. A veces le poníamos a la cola del papalote, una navaja filosa para cortar los hilos de otros papalotes, y que se perdieran”, recuerda Arámbula. “Y allá arriba, el pájaro de papel caía en maromas arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de la tierra”, contesta la obra, única y magna, de “Pedro Páramo”. Pocos meses después de Loma Verde, cuando ella tenía 12 años y él 15, las circunstancias obligaron al desencuentro. Todos los 3 mil habitantes de San Gabriel, y los papalotes, y las citas furtivas, y la mirada a través de la ventana de madera vieja se perdieron. Juan Rulfo tuvo que partir para Guadalajara hacia la mitad de la década de los 30. “Se dejaron de ver cuando Juan se fue de San Gabriel. Al principio él le escribía cartas y versos también, que después fueron quemados. Eran cartas muy bonitas que la hacían soñar, pero fueron guardadas muy lejos, en el fuego. Aurora nunca nos las quiso enseñar”, asegura Arámbula. “Fue la última vez que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso que está en la vereda y te llevaste con tu aire las últimas hojas. Luego desapareciste. Te dije: ‘¡Regresa, Susana!’”, contesta Rulfo en la novela.

Aurora San Juan

Con los mismos ojos azules de siempre, Aurora Arámbula (San Gabriel, 1921) murió el 11 de septiembre de este año, en Guadalajara. Antes la habían entrevistado los hijos de Rulfo para rescatar contextos de la obra de su padre. “Lo recordaba todo el tiempo. Se acordaba de las cartas”, asegura Jorge. Nunca se volvieron a ver y pareciera que los papalotes y los encuentros furtivos se hubieran quedado tan sólo en la memoria, fuente de la que brotó “Pedro Páramo”. “A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, estás escondida tú, Susana. Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde yo no pude alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis palabras”.

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