Si me mata la muerte

Sepan que yo siempre pienso en ella. No porque me sienta amenazada, sino porque es ineludible, inapelable. Para una mujer que siempre está pensando en el final, o sea, yo, la muerte es una sombra: una suma entre dos caracteres, un conjunto de propiedades, luz y oscuridad. En los ensayos que fabrico en mi cabeza, es tema cotidiano y recurrente. Siempre pienso que me voy a morir hoy, mañana, o pasado. Pienso en cómo, en cuando, y si me daré cuenta. Pienso, no de ese modo romántico que nos ilustran de jóvenes cuando nos dicen que vivamos la vida como si fuéramos a morir mañana. No así. Pienso como pensaba Piglia, que todo lo que hago me parece que lo hago por última vez. El modo en el que yo vivo mis días trae consigo dosis de angustia, de drama. Pienso en las decisiones volátiles que tengo que tomar, procuro no soslayar digresiones bien pensadas, elaboro opciones con esmero, tomo consideraciones importunas. Hay estrés. No es que disfrute la vida como lo sugieren los místicos; la disfruto porque merece la pena, no porque amerite el gusto. Y el tipo de muerte que me viene, es lo de menos, en lo que medito es en lo que sucederá luego. Pienso en mi seguro de vida, en mis hijas creciendo sin mí, en mi marido, en mis letras, en mis letras, en mis letras y en mis libros. No pienso si ella, la muerte, será justa o brutal. Pienso en las mil caras que tiene: el árbol que cae después de una tormenta, el sismo, la inundación, el crimen, el cáncer, la enfermedad, los ataques al corazón. La muerte nunca es justa, pienso, a menos, que se le libere de toda responsabilidad. Cuando pienso en ella, le imploro que me deje ser libro, no libre, quiero ser dos o tres, por favor, o seis. Trascender, hija, le dije a la mayor el otro día, es la egoísta resolución que le doy a mi existencia. Quiero dejarles algo, quiero quedarme con ustedes cuando me vaya. Y predomina, en todo momento, la confusión de que si el miedo que tengo es a vivir y no a morir. Le temo a las últimas horas de vida, esas que todavía son vida pero que lentamente transitan a otra cosa que se convierte en nada. En donde se está vivo pero también un poco muerto. Mi miedo, ese, es enorme. Tengo miedo de vivir. Y le tengo miedo al miedo. ¿De qué moriré?, insisto, es lo de menos. Un día, cuando morí, y viví la muerte de todos, no sólo la mía, la de todas las cosas, la del multiverso, sufrí el dolor que sufre la existencia latente en todas las cosas, en sus estertores diarios. Existo, para que cuando la muerte venga, no se lleve mi vida. No será mi vida lo que se lleve. Se llevará mi miedo, y a cambio dejará un misterio, presente en todas las cosas y en todos los seres a los que amo. ¿En dónde está Tania? ¿Adónde se fue? ¿La volveré a ver? ¿Fue justa su muerte? ¿Ésta era su hora? Es el precio que pide la condenada. Un misterio que no se revela nunca por completo, uno que nos confronta a todos, que nos pone en disyuntiva, en la paradoja de la verdad. Que si tiene alguna razón de ser, que si no tiene ninguna, que si fue homicidio, suicidio, femicidio, genocidio o accidente. Uno se muere un poco todos los días. O nos matan poco a poco, o nos suicidamos lentamente, o se nos arrebata el aliento de manera burda. Si me mata la muerte, sepan que yo siempre pensé en ella.