Hemos aprendido a no prometer


I.

Existen todavía algunas calles hermosas. Aquellas pavimentadas con concreto, donde las construcciones que las acompañan se visten de cantera y ladrillo. Caminos de adoquín interrumpidos cada cuanto por frondosos árboles, que parecen ser casi inmutables a la erosión y al desgaste causado por el uso, dejándonos esa sensación de pertenencia a todos los acontecimientos y cambios de los que han sido testigo a lo largo de los años.

Pero las hay también de asfalto. Son esas que al ser víctimas de la presión se deforman, se encharcan; van perdiendo partículas de petróleo y poco a poco se vuelven más frágiles, se agrietan. Cada vez es más común este tipo de carpeteo, que contamina al colocarse y no puede ser reparado bajo ciertas temperaturas, pero que resulta más económico en su construcción inicial y nos brinda mayor comodidad al transitar sobre él. Sin embargo, sin el debido mantenimiento su vida útil se acorta.

II.

Dicen que China creció industrialmente a la par de su venta de antidepresivos.

Nuestras emociones están también siguiendo esta lógica de construcción; los lazos humanos en los que antes nos apoyábamos van perdiendo peso en nuestra lista de prioridades, y las demás distracciones que nos sirven para ocupar el resto del tiempo, como el trabajo o la fama, se convierten en la única prueba de éxito con validez.

¿Qué no lo efímero es seguramente bello?

III.

Primero fueron pueblos, después villas, luego ciudades. Como si este tipo de progreso fuera a llenar nuestro vacío cultural y emocional. ¿Pero qué tanto es suficiente?

Todo es herida; el compromiso es herida, la entrega es herida, la confianza es herida. Parece que preferimos refugiarnos en el pensamiento de que todo es temporal para evitar el desconsuelo. Estamos todos, y al mismo tiempo no hay nadie. Nuestros vínculos con las personas se debilitan y vuelven quebradizos. No se parecen a las montañas.

Éstas han estado ahí siempre. Todos los ríos mayores nacen en áreas montañosas y más de la mitad de la humanidad depende del agua de las montañas. Son construcciones que sin importar que se origine un impacto sobre ellas se mantienen tenaces a la intemperie.

El hombre siempre ha vuelto a las laderas de las montañas.

IV.

Están los que piensan en el amor como las alas de un pájaro, y quienes lo piensan como un nido al cual poder volver en busca de un refugio. Los primeros creen que privarse de beneficios por alguien es un sacrificio. Creo que hay libertades que importan más que otras.

V.

Me pregunto cuál es el mérito de dar algo cuando nos sobra.