churro no. 28

bárbara nita
Nov 2 · 3 min read
“Field Flowers”, tela para tapizado de Liberty & Co. (London, 1910).

Un tubo de luz succionaba plantas y flores en medio de un bosque. Las de una charca cercana también. Ascendían inertes, sometidas a un poder superior. La luz quemaba como la lejía, dejando expuesto el matrix de la naturaleza sin más color que un tono azul-verdoso de tanta clorofila y metamorfosis. Los árboles resistían, agarrándose a la tierra con la fuerza de las tormentas fantasma, aquellas cuyos rayos caían en el bosque y no lograban salir. Quedaban errando a la velocidad de la luz entre los árboles como bestias azules y eléctricas, sedientas de un canal de conducción a tierra. Aunque pudiera pensarse, el bosque no las recibía como una amenaza. Apenas se percibían de rápido que iban, especialmente en contraste con la realidad temporal mucho más lenta de los árboles. Se sabía que andaban merodeando por la zona porque algunas hojas aparecían por la mañana con los bordes quemados. Eran criaturas nocturnas. Más allá de estos pequeños signos, su existencia se desarrollaba en un plano prácticamente fuera de la consciencia del bosque. Salvo en caso de emergencia, como esta noche. Cuando los árboles se sentía en peligro, bajaban de golpe todo el agua que contenían a las raíces. Se creaban unos charcos temporales que hacían de portales conductores a tierra para estos perros-relámpago. Acudían como flechas. Su descarga o transición al otro lado del charco liberaba una energía en el agua, ahora disponible para que el árbol anclase sus raíces más profundamente con la fuerza de todo esos relámpagos errantes. Alguien hizo sonar una caracola de emergencia en algún lugar y la tierra empezó a vibrar. Interfería con el espectáculo de luz como cortes oblicuos que exponían brevemente los colores originales de las flores en ascensión. Algunas plantas se paralizaban, sus colores intermitentes. Otras caían, como si se hubiese desactivado un imán. Unas encima de otras, hacían un montón de flora despertándose de un mal sueño. La vibración del suelo se intensificaba y a la caracola se sumaban aullidos, bramidos y seseos procedentes de la negrura del bosque. Miles de ramas se agitaban en un gran murmullo, innvocando a los espíritus del montón de flora, que iba ganando volumen y consciencia. También iba ganando ramas: el jardín vertical iba adoptando la forma de un árbol gigante. Con el brote de la última rama, se impuso el silencio. Un golpe seco propulsó el crecimiento del tronco como una garra hasta atrapar la fuente de luz, más allá de las nubes. Se hizo la oscuridad. Los testigos más cercanos podían percibir luz naranja a través de las finas grietas en la estructura de plantas, como brasas. Una vez más, el bosque logró neutralizar este mal. Así sentía Silvia el mal de amores, el corazón como un bosque en mitad de una noche muy oscura, muchos perros eléctricos atrapados e inquietos, quemando los bordes de las cosas.

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