Ojalá te enamores

Besos y pulseadas


No me puedo acordar el año exacto pero fue arrancando los 90s que mi abuelo llenó su cocina de aceites por ganar pulseadas en la tele y que por eso yo tuve un coqueteo fugaz con un ignoto Ricky Martin.

Mi abuelo era un Sub Comisario retirado. Creo que antes de decir su nombre decía su cargo subrayando el “retirado” y explicando que nunca se dejaba de ser policía, que se daba paso a las nuevas generaciones.

Como todo policía old school había llegado ahí por vocación, o eso decía él respecto a los de su época. Varias veces lo escuché, y a sus amigos también, hacer la comparación con los soldados de EEUU. Bueno.

Yo iba mucho a la casa de mis abuelos, hablar bien de ellos sería un cliché pero realmente eran muy amigos de sus nietos.

Mi abuela era una especie de Papisa, muy madre de todos. Fue docente de primario en escuelas de la provincia de Buenos Aires y poeta encubierta. Discutíamos mucho de política y fútbol, era de Boca.

Las diferencias ideológicas las revelaré de este modo: gracias a Dios no llegó a ver a De La Rúa huir en un helicóptero porque eso la hubiese matado de la desilusión. O no, con los radicales nunca se sabe hasta donde están conscientes de lo que sucede pero confío que ella en ese momento sí se hubiera dado cuenta. Hasta el día de su muerte cada vez que aparecía Alfonsín en la tele se le caían las lágrimas de emoción. También hasta el día de su muerte fumó a escondidas y siempre que escuchaba el himno se ponía de pie con una mano en el corazón, no importaba dónde ni cómo, lo hacía.

Dos frases inolvidables de mi abuela. Mi predilecta: “en boca cerrada no entran moscas y en piernas abiertas con cuidado no entran marmotas, aunque siempre uno se cuela y no está mal. Algún marmota hay que tener” ¡Es muy genial! Me la dijo por primera vez a mis 14 años. Hoy con 36 sé que la carne tira y se terminan colando “varios” pero, como en una curva estadística, llegado el momento comienza la depuración. Y lo mejor es que se logra. La otra cita inolvidable es “siempre hay que tener la bombacha limpia y medias bien por si te pasa algo, para no hacer quedar mal a la a familia”. En esos tiempos no había computadora si no me juego lo que sea que hoy sumaría a esa convicción casi mántrica algo al respecto, la imagino diciéndome “antes de salir dejá limpio el chat”. Nuestros historiales y descargas nunca van a estar limpios pero bueno, podemos compensarlo con la ropa interior reluciente. Y en cuanto al valor familiar, ¡nuestros padres están en las redes, nuestros jefes, compañeros, amigos, docentes, tíos, abuelos! ¿Hay alguien que no tenga un historial hoy? Si hay un ámbito que nos hace a todos iguales, es internet. También es fácil caretearla, pero esa posibilidad también es de todos y por eso es obvia.

Las frases de mi abuelo que recuerdo son pocas pero puedo replicarlas y revivir su misma intensidad. Decía cada dos segundos “me cago en diez” y apretaba el puño haciendo que todas sus venas se marquen. También usaba mucho la expresión “para un roto siempre hay un descosido”, por lo general la usaba de advertencia como la de “nada peor que un negro con plata, que seguro tiene un abogado judío”. Aunque sus momentos de éxtasis venían con este remate: “hay que llevarlos a todos a un mismo lugar y pasarle los tanques por arriba”. Ese espíritu cabía perfecto para hablar de ladrones, violadores, peronistas, almaceneros que no tenían cambio para el vuelto, cucarachas, palomas que le cagaban el auto, maestras que no aprobaban o retaban a sus nietos, etc. Todo terminaba así y juro que era sonoro. Hermosamente sonoro. Y real, muy real.

Finalizando los 80s dejaron atrás el PH antiguo de Av. Chiclana 3160 donde pasé las mejores Navidades y Años Nuevos de mi vida, la mayoría de los recuerdos familiares más hermosos están ahí incluyendo el festejo del Mundial del ’86 en la calle.

Se mudaron a un departamento en Pavón, entre La Rioja y Dean Funes, a diez cuadras de TELEFE. El canal estrenaba “las tres pelotas” y los domingos a la noche el rating llegaba a Dios con La noche del domingo, esa joyita creada y exprimida al máximo por Gerardo Sofovich.

A mi abuelo le encantaba caminar, maniáticamente caminaba todos los días un par de horas. Pasando varias veces por la puerta del canal se reencontró con algunos custodios que conocía y restableció relación con ellos. No sé bien cómo pero en algún momento lo invitaron a que vaya a La noche del domingo. A partir de eso él empieza a frecuentar el programa y a tener cierta relación de empatía con Sofovich.

Uno de los entretenimientos que se proponía era un concurso de pulseadas. Se hacían varios enfrentamientos y los que iban ganando pasaban al domingo siguiente, así sucesivamente enfrentándose entre sí hasta quedar uno solo. Ese solo que quedaba llegaba a una pulseada final que la jugaba con Arévalo, un tipo estilo los luchadores de Karadagián (tal vez tenía algo que ver, ahora no lo sé). No recuerdo el premio grande pero sí me acuerdo latente que por pasar de un domingo al siguiente les regalaban botellones de aceite.

Una noche mi abuelo me pidió que lo acompañara y eso hice. Fui con él con toda la timidez adolescente de no tener ganas de pasar por ciertos momentos y que, pasando lista luego, sucedieron todos. Me presentaba como Bárbara García Pistoia, primera nieta y ahijada. Omitía mi segundo nombre peronista, Eva, y le agregaba su apellido, el de mi madre, García, que no está anotado en mi DNI y que en esa época no era habitual llevarlo.

Me senté en unas escalinatas a un costado, bastante alejada de las gradas principales para el público. Estar cerca de la puerta me daba la tranquilidad de poder escaparme si a mi abuelo se le ocurría hacerme pasar papelones mayores.

Un bloque anterior al momento de la pulseada le avisan a Gerardo que uno de los concursantes no había llegado. Del carácter de Sofovich no voy a hablar, es conocido, se imaginan su reacción. Lo que yo no me imaginaba era que mi abuelo con sus 60 y pico de años iba a postularse para “salvar las papas del fuego”.

Una de las novedades que también tenía el programa era que para ir a cada corte, El Ruso pedía cuantas propagandas poner. “Dame dos” decía, y dicho y hecho, entre ese bloque y el siguiente solo había dos publicidades, un poco solventado por la cantidad de chivos que durante el transcurso de estar al aire iban tirando, pero ese es otro tema.

Confirmado mi abuelo como parte del desafío, se pide el corte, lo preparan y a pulsear.

Yo, atónita.

Gerardo lo presenta, él saluda y hace chistes. Showman total con una musculosa que le prestaron ahí para improvisar cuenta también que lo acompañaba yo, entonces la cámara gira y me busca pero no me encuentra. Sigue haciendo chistes y todos lo festejan.

Arranca la pulseada enfrentado a un pendejito musculoso, el pelo con trencitas como brasileras, aritos, típico de gimnasio con la piel aceitada y color bronceado de cama solar, vincha fluo y cadenas de cordón. Hoy puedo decir que estaba estallado de anabólicos y de “cultura 90s”.

Yo estaba en un pasillo bastante desesperada, solamente pensaba en mi abuela que estaría viendo la tele y de repente ve a su marido enfrentarse a un pibe todo duro que en un “toc” le rompe un brazo, la imaginaba preocupada y lista para salir corriendo hacia una guardia. No, no había celulares en esa época, ni mil locutorios por cuadra y los teléfonos públicos, en pleno barrio del sur porteño, brillaban por su ausencia o por sus partes despedazadas.

La cosa es que el “toc” se lo da mi abuelo al pendejo. Sí, batacazo. Ganó el viejo. No le duró ni un segundo. Cuando caminábamos las diez cuadras al departamento me dijo “me mandaron uno con trenzas y aritos porque me vieron viejo, ya les pedí para el domingo que viene que me hagan pulsear con hombres, no con maricas. Si me rompen, que me rompa el mejor.”

Y ganó una, ganó dos, ganó tres pulseadas y quedó entonces clasificado para seguir participando, y seguir, y seguir… Prácticamente participó todo el año.

Entrabas a la cocina en el departamento y había un mueble de varios estantes todo cubierto de aceites, salías al lavadero y había otras cajas con aceite. Recuerdo de las repartidas familiares de botellones y que durante muchos meses no hizo falta comprar. En algún momento pasó igual con paquetes de yerba, supongo que al cambiar el anunciante tuvieron que cambiar el premio.

Yo lo acompañé dos veces más.

En una cayó de visita “sorpresa” Carlos Menem. Me saludó con un beso y mi abuelo me pidió que no lo contara para no avergonzarlo y que no me tenga que avergonzar yo después “ya vas a ver”, me dijo. Esto más que anti peronista fue predictivo porque en ese momento saludar a Menem era como tocarle la panza a un Buda.

Y la siguiente vez que fuí, como siempre yo me iba al pasillo y ahí me quedaba evitando incomodidades. Esa noche salgo y veo que estaba Ricky Martin saludando a un montón de chicas, rodeado de un par de asistentes pero todo muy relajado. Todas le pedían picos y él iba repartiéndolos, una por una. Yo estaba en la puerta del estudio al que él tenía que entrar. Ese Ricky es “El Ricky” de “Fuego contra fuego”, el primero que apenas conocimos. Un año antes había terminado de darse por Canal 13 la novela Muñecos de papel pero sin éxito.Con un grupo de chicas de las que mejor me llevaba en el colegio la veíamos. Todas moríamos por él, obvio. Cuando pasó por adelante mío siguió con la inercia de besos y me dio un chupón — sí, algo un poco más intenso que un pico pero sin lengua- y me regaló una postal promocional de su disco. Luego uno de los asistentes que estaban ahí repartió unas invitaciones para un encuentro “íntimo” en FM Hit.

La mañana siguiente en el colegio fue la primera vez que conté que mi abuelo estaba pulseando en el programa de Sofovich, y desplegué mi talento para transitar la delgada línea sensual de cómo contar una casualidad de modo tal que parezca una batalla ganada. Ese lunes todo el colegio supo antes de las 9am que yo me había apretado a Ricky Martin y que me había invitado, él con su gente, a verlo en la radio.

Sí, “apretado”. Todavía no habíamos llegado al “transar” pero ya habíamos salido del “besarnos”. Y yo todavía no cruzaba la calle diciéndole a los que me tiran el coche encima “ojalá te enamores”, como lo hago ahora con intenciones malditas y sabiendo que si me pasa algo lo más mugroso que van a encontrar en mi historial es que todavía creo fuertemente en las historias de amor.

Y si bien todas las historias son de deseo, el deseo mayor siempre es el amor. Probablemente sea por eso, y solamente por eso, que lleve siempre mi ropa interior impecable y el recuerdo de mi abuelo diciendo que lo dejen pulsear con los mejores. Yo, como él, también quiero que si me van a romper, me rompa el mejor.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.