Punk Murderer en mi habitación

¿Acaso seducir no es jugar al TEG?


Creo que soñé con él, y digo que creo no porque no lo recuerde si no porque directamente no lo sé. Es tanto lo que me calienta que nunca sé si sueño o si nunca termino por dormirme y entonces sigo pensando en lo que le haría. Lo que más me gusta es pensar cómo lo haríamos, cómo nos acercaríamos a empezar a hacernos cosas y claro, todo lo que me dejaría hacer por él.
Me toman mucho tiempo y energía del día estas imágenes que no busco, que vienen solas, espontáneas, imprevistas. Su sexualidad es trovadora en mi rutina e irrumpe en mi cuerpo de manera indomable.
Es enriquecedor, es aterrador.
Antes de irme a dormir habíamos hablado un poco, un poco como siempre, nunca hablamos demasiado. No somos ni muy íntimos ni muy incendiarios. Estamos en la instancia de “conociéndonos” hace meses, creo que estos tiempos que corren se mantienen por siempre en ese punto. Dicho eso, supongo que hay pudores, limitaciones, responsabilidades, contextos. Enumero así una lista espantosa de situaciones posibles para justificar porque no me dice cosas que, percibo, sabe que quiero oír pero igual se las guarda.
Sí, quiero que me diga lo grosero y que me lleve al lugar común. Su fiereza lo convertiría en un acto perfecto de romance, que no es por eso romántico sino más bien animal.
Me parece maquiavélico y me excita más. Me gustaría que se excite imaginando que me doy cuenta de algunos de sus movimientos.
¿Acaso seducir no es jugar al TEG?
Lo veo convirtiéndolo todo en un incendio, como el guerrero que sabe bien que la carne de algunos arde para que la carnalidad de otros se alimente.
Hace noches que mi garganta predice el estallido del volcán. Quiero decirle simplemente “me calentás”. Parece heroico, prostituto, entregado pero no, esconde una ternura inconmensurable, un deseo de verlo a la mañana despertar desnudo con mis tetas sobre su pecho.
Para que un “me calentás” no amerite un exilio tiene que ser siempre correspondido.
No sé si le gusto, si le provoco un pensamiento, si se tocó pensándome, escuchándome, eso no lo sé pero sé algo más grande. Mi corazón, mi cabeza, mi boca y mi vagina saben que él y yo seríamos carne ardiendo y carnalidad. Por eso nos unió en verano, por eso nos demora. Puede ser bello y fatal que él me penetre y yo ser su penetrada.
Lo pienso y me levanto de la cama. Voy al baño pero en realidad sigo de largo a la cocina por inercia, pongo la pava para hacer café y pienso en las dos tazas, en yo sirviéndonos y él atacándome de atrás. Vuelvo al baño y me miro en espejo. Me digo: “¿Qué hacés vos preguntándote eso?”. O mejor dicho, me lo dice la voz de la tortura. Y sí, como siempre, tiene razón. No soy de las que planean, soy de las que van y, llegado el caso, se hacen de nuevo.
Me lavo la cara con el agua helada. Me da escalofrío y lo llamo “sincericidio”, acto seguido le doy la bienvenida al pánico.
No pánico por él ni a su indiferencia a mi posible decir “me calentás”. Sí pánico al amor y al no amor de él, al amor que pueda sentir por otra. Peor aún, lo imagino como un vampiro yendo de cuerpo en cuerpo. Estoy segura de que su narcisismo no vive de una sola aventura, y que por eso se demora, y también porque le basta simplemente saberme en celo.
La desgracia es que cuando empezamos a querer evitar el amor y lo persuadimos o cuando minimizamos al otro y ninguneamos, ni hablar cuando agredimos o ignoramos estratégicamente, es porque ya estamos sintiéndolo. Cuando uno habla de no querer enamorarse de alguien es porque el amor ya está ahí en algunas de sus formas desbastadoras. La pasión que no se vive es el peor desastre natural que el humano puede presenciar.
Hablo de fiereza, de pánico y de estar caliente. Soy Ann Darrow en la mano de King Kong (él) viendo el amor en los ojos de la bestia, arrasada de atracción, mojada y florecida, vulnerada con toda la ciudad a mis pies y solamente queriéndome empapar en esa palma.
Paso por mi café y vuelvo a la habitación. El café como escudo de pánicos.
Son más de las 4am y jamás pensé en hacerme un té de tilo. Claro que no. Estoy en mi hábitat natural, en tetas en la cama, con una torre de libros en la mesa de luz, el ventanal de par a par abierto, el viento escandaloso y la computadora dándole color al espacio.
Releo algunas de nuestras charlas. Creo que conversamos rozando cierto nivel de hermosura. Gusto de lo que veo.
Aprovecho mi poca ropa y el sabor fuerte del café para mojarme el dedo con mi saliva, juego mientras leo con mi pezón derecho.
Busco un tema, intento hacer casual lo que ya claramente no es. Cuando empieza uno a coquetearse es porque va a conquistarse. Elijo un tema que tranquilamente podría estar escuchándolo él de estar despierto en su cama.
Sigo con el movimiento de mis dedos, con mi lengua y los sabores mezclados de mi bebida y lo bebible en mí.
En algún momento me cubre algo sombrío para hacerme sentir paradisíaca.
Entra por la puerta y se queda ahí. Lo miro y le sonrío: “llegó la madrugada en que Punk Murderer está en mi habitación”.
Se sonríe, camina pausado como toda bestia y se sienta en la punta de mi cama. Arranca sin suavidad las sábanas y me agarra los pies fuertes. Los masajea, les pasa su lengua, el ímpetu con el que lo hace alinea mis chakras. Avanza sobre mis piernas como quien cruza una ruta, sube y descubre que mis dedos lo estaban esperando.
Pienso para mi adentro “ojalá no los saque, ojala se una”. Los agarra con su mano y mete sus dedos junto a los míos por debajo de mi bombacha desde un lateral, del otro lateral irrumpe su lengua.
Sucede.
Todo mi cuerpo desnudo desparramado y acostado sobre el suyo, desprolijos y desorganizados, como recién llegados de un safari que arrancó a las 6am pasándonos a buscar por un hostel de mala muerte y nos depositó ahí mismo antes de caer la noche, extasiados de salvajismo. El momento posterior al sexo tiene algo de eso, de hacer inmenso lo que un rato antes no tenía demasiado sentido de ser concretado porque nos creíamos conformes con lo visto, con lo conquistado. ¿Pero quién se niega a un safari, por cuánto tiempo uno puedo evitar enfrentar a la selva que nos habita?
Bendigo que nos chupó el riesgo.
Me siento despeinada y toco mi pelo endurecido. Celebro los rastros que me quedan en el cuerpo. Lo huelo. Dudo de bañarme. Quisiera vestirme y llevármelo puesto para que se intensifique con el calor de la ciudad, como el asfalto bajo el sol densificándonos el oxígeno.
Él sigue durmiendo desplomado, me tienta su lomo y me subo. No puedo volver a ese estado anulado en el que estaba sin cabalgarlo. Me gusta tocarlo, pellizcarlo, morderlo, lamerlo, respirarlo, acariciarlo como si le sacase la fibra y pudiera también tragarla porque no quiero que nada de él quede afuera de mí. Y entonces voy yo hacia sus pies haciendo el recorrido habitual. Lo despierto apoyando mi lengua en los extremos de su pierna, rozando su hombría expuesta a mi paladar, clavándosela como para que sienta que está sucediendo, que es real, que lo hicimos, que no podemos volver atrás.
Me muerdo el labio inferior apretándolo fuerte para tomar conciencia.
Lo logro.
La boca chorrea energías fluidas y no la enjuago.
La boca como altar avisándonos que de los destinos bellos y fatales no se puede escapar.

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