A mí me lo digo

Duerme todo lo que puedas,
 siempre que puedas.
 Pierde el tiempo, constantemente,
 no te dé miedo;
 si alguien piensa que la vida
 tiene más propósito
 que el de vivirla,
 se equivoca.
 Olvídate del dinero,
 necesitarás lo que necesites,
 pero que no se vuelva una ofrenda,
 que no te marque las venas de hierro.
 No caigas en las trampas del éxito.
 No quieras ser perfecto,
 ni constante,
 ni preciso,
 no quieras ser una persona eficiente;
 mejor ser eficiente siendo persona.
 Al que te llame profesional,
 envíale flores,
 y al que quiera enseñarte a ser productivo,
 enséñale las mañanas;
 bastante tienes con ser tu mismo,
 como para ponerte a producir del esperpento.
 Trabaja, pero no demasiado;
 no tienes más papel en la sociedad
 que el más importante:
 el tuyo,
 el que más te cuesta,
 pero el más brillante,
 el que está empedrado
 con las manos, las miradas, el beso,
 la risa, el ritmo, el color y las voces de quienes te encuentran.
 No quieras, por favor, ni se te ocurra,
 por lo que más quieras,
 triunfar en la vida,
 hazlo por ti.
 Si buscas un propósito, disfruta,
 y al disfrutar date un premio,
 un nobel cada semana si hace falta,
 “el primer premio anual Montogmery Burns por logros destacados en el campo de la alegría”;
 siéntete triunfador cada día
 que puedas hablarle a la muerte cara a cara.
 Despierta, siempre,
 pero no dejes de soñar despierto,
 báñate de ideas,
 y sobre todo, imagina,
 como si nada hubiera inventado,
 como si el futuro,
 que está por atardecer,
 en realidad te perteneciera.

Recuerda reír cuando haga frío
 salir cuando llueva,
 dormir destapado,
 raspar el fondo de la cazuelas,
 olvida que olvidaste perder peso.
 Recuerda recordar,
 cada momento,
 con el detalle irreal y preciosos
 que sólo se muestra en la memoria.
 Recuerda vivir, y punto.

Ah, sí, y por las furias,
 olvídate del telediario,
 y de los políticos,
 y de los bancos,
 y de la vida que te impongan.
 Y cada noche, diminuto, humilde,
 súbete al monte, aun en sueños,
 y curioso, mira al cielo.


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