A mordiscos

Ella va sola, a pesar de las tormentas
 y no entiende que brilla,
 que se la nota en sus pisadas,
 los truenos los lleva ella
 caminando silenciosa por una tierra
 que le es ajena, que la mira extrañada.

Ella va sola, y sola se pregunta,
 como nadie más se pregunta,
 y duda, porque solo los más altos,
 las más grandes, las que viven
 en sus pasiones anidadas,
 bañándolas con el frío de las flores.

Ella te mire, y a veces muerde,
 se rebela contra los cielos grises
 que para ella prepararon;
 a veces llora, y calla, sola,
 pero en el fondo grita que
 es de rabia y de fuerza,

mujer, alta como la espuma,
 terrible pozo abierto de ternura,
 de inteligencia, efervescente
 y rubia noción de la esperanza
 que en ella habita y bulle,
 lleva en volandas la última,

la siempre oculta forma viva
 de la alegría, del sentido,
 los colores, como de sus ojos,
 listos, de su boca surge
 como un hálito de verbos
 su voz azul al mundo endurecido.

Ella va sola, y te pregunta,
 porque nadie sabe qué hacer
 bien con esta vida inquebrantable,
 ni siquiera ella, pero intentamos,
 y nos respondemos como si bailando
 que no hay más secreto que mirarse,

fuerte, que dejarse los besos
 y las caricias, suaves, fuertes,
 afiladas y dulces; que no hay más
 en esta vida que concordarse en vivirla,
 eso, así, suave, fuerte, a mordiscos
 y besos, a caricias y a llantos.

Ella va sola y vive como nadie,
 que no es más,
 que no es poco.


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