La Década de la Desinformación II

EL ADVENIMIENTO DE LAS REDES SOCIALES

En el post anterior hablábamos de cómo las nuevas formas de creación, difusión y consumo de contenido propiciaron, desde finales de siglo, la decadencia inicial y actual fase moribunda de lo que antes conocíamos como periodismo. Situamos la muerte, o principio de esa enfermedad mortal, del periodismo, como inicio de esta década turbulenta, brutal en la que nos encontramos, pero a esa muerte, consecuencia y raíz fundamental del tema que nos ocupa, se le pueden buscar numerosos culpables. Y uno de los principales culpables, sin duda, son las Redes Sociales y el uso que, por un lado, nosotros hemos hecho de ellas, pero, sobre todo, el uso que ellas han hecho de nosotros y de nuestros datos.

Hablar de “Social Media” es hablar de Facebook, claro, primer portal en su especie y germen de todo el movimiento posterior. Todos conocemos hoy la historia vital de Facebook y de su fundador, el robótico y aterrador Mark Zuckerberg, gracias a la película de David Fincher. Fundada en 2004, por este joven “genio” de Harvard, en apenas dos años se extiende por todo Estados Unidos y parte del extranjero, llegando hasta el millón de usuarios y constituyéndose en un auténtico fenómeno social en todo el mundo, allá por 2008. Hasta ese momento, ni siquiera Amazon se atrevía a hacerle sombra a la omnipresente Google, tuvo que llegar este “genio”, algo ladrón y de tez de un dorado mecánico, para usurpar esa situación de imperturbable dominancia que la empresa de Page y Brin ostentaba desde mediados de los noventa. Ese es el año en que Facebook llega a países como España, por cierto. Y aunque aquí ya habíamos experimentado este fenómeno social de la mano de Tuenti, una imitación bastante fiel y completa del gigante de Zuckerberg, la llegada de Facebook, como en el resto del mundo, o casi, lo cambió todo.

Facebook lo cambió todo y con ella da comienzo el verdadero principio del fin, es el pistoletazo de salida para un nuevo modelo social basado en la hiperexposición. Hiperexposición de todo. Exposición sin precedentes y sin mesura de nuestra persona, de nuestra vida y todo lo que la rodea. Exposición sin fin al bombardeo masivo de información, desde cualquier punto, cualquier individuo, medio o empresa. Facebook lo cambió todo, nos cambió a todos, nos ha cambiado a todos, y solo desde hace poco estamos empezando a sentir y darnos cuenta de las consecuencias de ese cambio.

La idea es primitiva. El concepto de Facebook en sí explota una de las pulsiones más elementales del ser humano, como es la de saber lo que hacen sus semejantes. La curiosidad, el cotilleo, la necesidad de compararnos, de imitar, de sentir incluidos, de sentirnos mejores, de comprobar que tenemos una vida mejor, o peor… Las Redes Sociales se valen de cuestiones casi instintivas para atraparnos y estimularnos hasta el agotamiento. Eso ha hecho Facebook, crecer hasta el agotamiento, el suyo y el nuestro. Porque, sí, es una red que se resiente ya de su longevidad (longevidad en términos digitales, claro está) y de un modelo surgido sin más, engordado sin pensar, que ha agotado las vías “legales” de crecimiento y juega ahora con lo ilegal o alegal, para seguir cebando el secreto de su éxito.

Hiperexposición. Nos hemos vuelto exhibicionistas profesionales. Nos hemos vuelto adictos al contenido inmediato y fácil, facilísimo. Y con ello, nos hemos vueltos fáciles de manejar. No estábamos preparados para entregar de esta forma tanto de nosotros, de nuestra vida en datos, nadie nos había enseñado lo que significaba (poca gente era realmente consciente de ello), lo que podrían hacer con ellos. Y mientras nosotros nos entregábamos a esa vorágine del ocio que han supuesto las Redes Sociales, Facebook y el resto de sus imitadores (Twitter, Pinterest, SnapChat, Instagram, por hablar de las más populares) engordaban como batracios con la tonelada de datos que les proporcionábamos, ingenuos, descarados, encantados también, disfrutando de una nueva libertad por enseñarlo todo, por verlo todo de todos; y todo eso, toda esa potencia monetaria expansible sin fin, totalmente gratis. Ninguna red se salva, todas son empresas, y toda empresa tiene que ser rentable, por encima de todo, y el dinero, la rentabilidad, está en los datos. Todas tienen un único fin: maximizar (monetizar) el uso que hacen de tus datos, y el único límite son las exiguos y avejentados mecanismos legales de cada país. Y en uno como el nuestro, de natural vetusto en casi todo, el daño, creo, ha sido casi peor.

Así, aupadas por una legislación anticuada y anquilosada, artrítica e incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, han conseguido crear un ecosistema falaz y sibilino en el que nada es casual, y en el que lo que vemos, lo que, ávidos y sonrientes, consumimos, está determinado por el mismo y viejo sistema de “aquí gana quién tiene más dinero”. ¿Podemos culpar a Facebook y al resto de sus corpúsculos de esto, se someternos, de aprovecharse? No estoy seguro. Como Frankenstein, ni ellos eran conscientes el leviatán que estaban despertando. ¿Cómo culparles de algo de lo que no había realmente un precedente? Poca voces se alzaron realmente en su contra, pocas hubo que nos advirtieran de lo que podía ocurrir, y casi nadie escuchó. Quizá no sean culpables, culpables es algo muy fuerte, pero sí son, seguro, responsables. Responsables de haber creado este ecosistema enfermo y acotado. Responsables también de habernos forzado a exponer la vida de todos, de haber acumulado y haberse aprovechado de ella después, no solo para hacer negocio —lo que no es tan grave en estos tiempos, aunque moralmente, humanamente, pueda ser cuestionable—, sino, lo que es más doloroso, para convertirnos en cobayas al servicio de sus clientes, gracias a ese dominio taimado de nuestro codiciado “Big Data”.

Sí. Está bien, yo también creo que los últimos responsables seremos siempre nosotros, los individuos, puesto que somos lo que alimentamos la bestia durante años. Y seguimos haciéndolo, lo que es peor (lo hago mientras escribo), con cada click, con cada pequeño gesto que ejecutamos en nuestro terminal móvil, con cada visita a cada web del mundo. Somos nosotros los que pudimos no haberlo hecho, pero como en el caso de los fundadores, ¿quién iba a decir que todo acabaría así? Hacer negocio es una cosa, promover un sistema en el que la información se ha degradado hasta límites insospechados, sin hacer nada por remediarlo, riéndose por el camino, es un daño que alcanza cotas casi metafísicas. Y todos participamos de la culpa, pero los últimos responsables son Zuckerberg, sus empleados y demás acólitos, degradando una forma de vivir, por el simple hecho de engatusar, atrapar y, como siempre, inexorablemente, ganar mucho más dinero.

Las Redes Sociales no solo han cambiado lo que vemos y cómo lo vemos, también han cambiado la forma en que nos relacionamos, y lo han hecho de forma dramática (dramática, de forma determinante, que han marcado una época, pero también creando drama, por qué no). En esa degradación que han abanderado, también entra una depresión fundamental de nuestra capacidad social. ¿Es el nuevo mundo lo que vemos y tenemos que aceptarlo? ¿Hay, pues, progreso malo? Si hay progreso, no es malo, la propia palabra lo indica, hay que saber evaluar mejor lo que es progreso y lo que no. Las Redes Sociales, como su nombre indica, deberían haber supuesto un progreso social, y puede que en sus inicios lo supusieran, muy al principio, pero ya no. Al contrario, suponen un retroceso, o ni eso, porque no hay lugar al que retroceder, ¿qué suponen entonces? Suponen un error, un tiro mal dado, una mal ejemplo de lo que no debiéramos haber permitido. No es todo malo en ellos, de acuerdo. Su concepto en sí no tiene por qué ser malo, es cierto, han tenido o tienen algunas cosas buenas, como es el facilitar la comunicación o la capacidad para conectar gentes distintas de lugares lejanos, haciéndonos más conscientes de nuestra globalidad por el camino, mezclándonos más, pero todo eso se diluyó en el momento en que todo pasó a ser parte de un ciclo de ingresos sin final y sin barreras. Vendieron todo en pos de un utilitarismo galopante, marca de nuestra era (hay que ganar dinero, esa es la última excusa de nuestra civilización), y si hubo un ideal en algún momento —algo que dudo, conociendo al personaje en cuestión—, se ha perdido por completo. Lo bueno que tenían o pudieran tener lo han enterrado bajo pilas de materialismo y estrategias subrepticias articuladas en torno a su poder sobre los datos. En mi opinión, las Redes Sociales no son malas, pero el uso que hemos hecho de ellas sí que lo es; el uso que nosotros hicimos de ellas, para empezar, adictos sin remedio a la vida de los otros, pero, sobre todo, el uso que de ellas han hecho y hacen los Zuckerberg, Twitter, Tinder y compañía.

Gracias a ellos, hoy somos más fácilmente manejables, menos exigentes y de una homogeneidad preocupante, y que va en aumento, amenazando la razón de ser de nuestra propia y valiosa identidad individual. Una identidad que se ve degradada en la falsa perfecta proyección a la que nos obliga la Red Social; en la desesperación y ansiedad que producen esas falsas vidas perfectas; en la comunicación deformada y limitada a unos cuantos símbolos tecleados con los dedos o en la creación de un yo digital particular que se atreve con todo y con todos, crea en ello o no, sepa de algo o no, atacando, mordiendo, muriendo por un “like” si hace falta. En resumen, una identidad violada, que hemos dejado violar, y que queda sometida a la voraz rapiña de empresas, charlatanes y personajes varios, próceres del nuevo vacío.

Pero aquí no acaba todo, cómo si no… Detrás de estas redes de desinformación y deformación social existe un poso de innovación malsana que ha supuesto una gran inspiración y ha abierto los ojos a otros elementos, todavía menos fiables y con el colmillo mucho más afilado. Inspiración sobre cómo aprovechar esos datos y esas técnicas en su propio beneficio, y así, para su regocijo, hundirnos todavía más en este consumismo alienante. Y de esto es hablaremos en siguientes posts, más en detalle, que todavía nos queda un oscuro camino que recorrer.

(Sí, resultará paradójico que esto sea dicho a través de una Red Social, pero qué remedio nos queda, la única manera de cambiar el sistema es hacerlo desde dentro).

Imagen de entrada por: Pawel Kuczynski