Quedándose viva

Cenobita de los minúsculos objetos idos
 que en corrientes se acumulan de tu voz,
 en la héctica manía de verme persistente
 y a los presentidos fríos hacerse desconchados,
 como un vuelo a ras, apretando los dientes,
 pequeños montes sobre la piel que se aclara
 en la distancia inmensa de no verse;
 resentidos órganos del tacto y la razón
 que no acepta de las emociones asiento,
 hierven entonces los arañazos del momento,
 de la escritura sobre fuego, desnudas las manos,
 y fulmínea cruza la sombra entre las palabras
 sibilantes, bramantes, eco penitente
 de las pasiones en dulces sabores aupadas.
 Caminante de los espacios que ni se piensan,
 hasta el oriente crepuscular de tus defectos
 la descarga acuosa de tus saldos aromas
 me trae y me lleva, me descarga al final del mundo,
 en las cataratas donde bailan los monstruos
 de la rutina y la muerte, del olvido,
 pero floto en tus alientos de espuma,
 y todo lo demás cae, y mantengo
 la cruzada en un pequeño punto de luz
 que sigue orbitando elíptico en tus ojos,
 y en la nada soy taranto, rotura del final;
 y tú, púlsar acompasado en la negritud del secreto
 último que se esconde en los extremos del contacto;
 un despertar, una colección de humedades compartidas,
 la voracidad del silencio, la traición de la distancia,
 un sólo recuerdo bárbaro en el crepitar inevitable
 de la memoria volviéndose sola, quedándose viva.


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