Samaín

Oigo tu voz perdida entre los pasos,
 y me huele el barro a esas otras calles;
 veo tu frío armarse con la risa,
 y una chispa enciende entre los pecados;
 armas labios en corrientes de fuego,
 y el vacío vuelve a nuestro favor,
 escudándonos, congelando errantes
 a los que, inmortales, se nos crecieron.

Oigo la piel crujiente de tus brazos,
 el binario surgir de tus miradas
 iluminando laderas de cieno;
 me rehago antes de saber que importo,
 y en la obsecuencia de lo impenetrable
 mecerme dejo ser de tu silencio…

y el niño del estilete que corre
 travieso entre las sombras, de memoria,
 reabre remiendos en las costuras
 que mojan telas aún por cerrarse.

Oigo tu boca colgada del beso,
 de la última vocal de la belleza,
 y el tiemblo al desvanecerse los dedos;
 oigo tu pelo creciendo, doliendo,
 la fuerza eléctrica coagulada
 de no alcanzar a verse en la ventisca,
 de no encontrar algaba al samaín
 entre el fluido silíceo del tiempo,
 en los fondos del espacio viscoso:
 baile libre en lo profano del cuerpo,
 sencillo sabor en los humedales
 que nos haga brillar contra pupilas,
 que nos deje temblar como si solos;
 y volver a empezar, como si niños,
 y aplacar, piel con piel, la sed y el hambre.

Y el niño del estilete que juega
 a que no lamenta nada del miedo,
 y de memoria duerme en la antinomia
 de no cuadrar pasados ni presentes.

Imagen por: Ner-Tamin


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